jueves, 29 de noviembre de 2012

Escupiendo Rabia- El Cultureta, el Pedante o como quieran ustedes llamarlo



Voy a deciros algo que igual os sorprende. Es posible que incluso vosotros lo pensaseis en su debido momento y que, por el motivo que fuese, optaseis por callaros. Sabéis que yo no, así que ahí va.
¿Preparados?
Venga, ahí va:
En el mundillo de las letras hay mucho gilipollas.

Sí, esto es lo que pienso. No sé hasta qué punto es verdad porque no me he puesto a sacar una estadística, pero mi percepción de este nido de víboras de gente que (dice que) escribe es esa. Un gilipollas más y esto se hunde como la puta Atlántida.
Vengo pensando en esto desde que me acordé el otro día de un post que escribió un amigo hará cosa de un año, en el que denunciaba esto mismo. En el que él mismo comentaba cómo hay gente que (reproduzco libremente) se cree mierda y no llega ni a pedo por el simple hecho de escribir. Ya no hablo de publicar, ojo (que sí, que algunos en el momento en que ven su nombre en una librería ya parecen creerse los reyes del Mambo, que también los hay, y a patadas), sino por el hecho de plantar sus huevos en un texto y hacer que de ahí salga algo.
Escuchas a más de uno y parece que lo ha cagado el mismísimo Apolo.

Y es que esto es un poco como lo que comenté en un post anterior acerca del mundo de los frikis: está el que tiene una inquietud, lo que es muy honrado, y la persigue del modo más decente posible, y está el payaso que tiene que convertir toda puta cosa que hace en una declaración de intenciones. En una causa que abanderar. En un sistema de creencias por el cual juzgar al de al lado. Como decía un sabio amigo (al que creo que cité con anterioridad), "el tonto de turno al que le daban hostias en el colegio y que, al crecer, no lo ha superado: se ha encerrado en una burbujita de cristal desde la que despreciar a todo lo que se menea".
La clase de seres que antes de mataban a pajas pensando en Lara Croft, y ahora lo hacen con Sylvia Plath.

Aquí, Lara Croft.
Aquí, Sylvia Plath.



De leer comentarios de gente que se piensa que esto de leer o escribir es como formar parte de una Élite de Elegidos. De que el Autor es diferente a cualquier otro ser humano, que no come, SE INSPIRA. No caga, CREA. No folla...
...
Vale, con respecto a esto último no tengo nada que decir.

Lo peor de este tipo de actitudes es que el ser humano, además de ser (según mi criterio) soplapollas por naturaleza, es gregario como él solo. Si viviésemos en una sociedad medianamente inteligente, a criaturas así no se les haría ni puto caso; todo lo más, ni siquiera se les tomaría mucho en serio. En una sociedad de culto al cretino lo que se hace es fundar camarillas donde lo que tenemos es chupapollismo mutuo. Verdaderos meapilas le conceden el beneficio a otros meapilas de honrarles con su presencia. Tras un par de mamadas verbales (no entro en las físicas, cada uno desfoga como le da la gana), entran en simbiosis y se dedican a ver a todos los demás como "inferiores". Como "esos", que no dan la talla. Que no han leído las obras completas de Alfred Cipoteski. ¡Por Dios! ¿Cómo es posible semejante blasfemia? ¿Cómo se puede ir por la vida sin haber leído a semejante genio?
No importa que a semejante genio no lo conozca ni su puta madre y que sea un lector de minorías. En realidad, eso es lo que estos seres buscan, sentirse DIFERENTES, aunque eso suponga tratarse un tostón macabeo que no le gustaba ni a la señora de Cipoteski.

Testimonio de la señora de Cipoteski: "¿Mi marido? Mi marido era un puto plomo, cuando tenía insomnio le pedía que me leyese sus ensayos sobre la naturaleza humana para dormirme".


Este, amiguitos Distópicos, es uno de los quids de la cuestión: el de sentirse DIFERENTES y propagarlo como una puta gonorrea. No basta con serlo sino de que todo el mundo se entere. No es suficiente que te guste una cosa rara, tienes que recordarle a los demás lo especial que eres por amarla y reírte de ellos, ya no por no compartir tus gustos (¡Herejía!), sino por no conocerla siquiera.
Pongo el caso de cierto profesor que tuve. Un profesor que, académicamente, era muy bueno, pero en el plano humano pecaba de eso a lo bestia. Del que te llegaba diciendo "Esto se ve claramente en tal película del año 31", y luego hacer un comentario snob del tipo "Pero vosotros qué vais a saber". Entre paréntesis, "Porque sois todos una tanda de incultos anormales que no tenéis interés en las cosas buenas" ("=las que me gustan a mí y no otras")
Pongo el caso de caballeros que miden a los demás autores en función de lo que hayan publicado... pero obviando el hecho de que ellos mismos lo mismo no han publicado más de un libro o dos, y quedando a la altura del betún en comparación con otros que han sacado al mercado ya casi media docena de libros y que, ya no es que no alardeen de ello: es que ni te enteras de que lo hayan hecho a menos que les preguntes.
Una actitud respetuosa y digna, donde las haya. Llamadme radical, pero mi concepto de cualquier persona con un mínimo de educación, si ve que está hablando de algo y tiene al personal perdido (no es tan raro si tienes aficiones poco comunes) es bajarte del pedestal y decirle al personal: "Venga, os pongo en materia: esta peli del 31 va de esto, de esto y de lo otro". No cuesta nada, puedes captar el interés del interlocutor (la comunicación va precisamente de eso, en que tu mensaje se haga entender) y de paso te las apañas para llevarte bien con otros humanos, que no cuesta tanto, coño.
Pero no.
El objetivo de la comunicación en situaciones de pedantería absoluta no es usar tu información y compartirla con otros, al tiempo que absorbes información de otros. Lo que se tiene como meta aquí es (metafóricamente) sacarte la picha y alardear de lo grande que la tienes, esperando que los demás hagan una O con la boca y se la meneen pensando en ti, mientras piensan que ojalá alcanzasen solo unas migajas de tu conocimiento.

"¡SE HA DIGNADO A SALUDARME! Eso quiere decir que estoy más cerca de formar parte de su Elitista Círculo Personal, ¡Ya puedo irme a la cama contento!"


Y, ¿qué pasa si no casas con ese credo? ¿Qué sucede si no eres digno de la atención de esos seres? Pues lo típico que sucede en cualquier colectivo minoritario que basa su ideología en detestar al vulgar mundo que no les entiende, apoya o les lame el culo: ignorancia, ostracismo, desprecio.
Una contradicción curiosa, considerando que podríamos pensar que el Cultureta aspira a que todos tengan los mismos gustos que él.
Ni de coña, porque si lo hicieran, sería una tendencia mainstream, poco alternativa. Y hay que ser diferente por putos cojones.
Así es como está el patio: unos viven en su Matrix, mirando por encima del hombro a todo lo que se les pone por delante, pensando que no existe nada por encima de Ellos. Que han alcanzado el puto Olimpo, pero que en el fondo, no deja de ser un complejo de Peter Pan que igual se hubiera curado a tiempo con un par de bofetadas bien dadas.
Puede que alguno incluso se las llevase, ahora que lo pienso.
El ser humano, como digo, tiende a ser gilipollas por naturaleza y, en lugar de espabilar como un perro de Pavlov ante un estímulo, lo que hace es justo lo contrario.
Sí.
Volverse más gilipollas aún y usar esa bofetada como excusa para trabar venganza.
"Por la bofetada que recibí, me pienso volver más pedante aún. Pobre del que me encuentre".
Como en aquella canción de Rosendo, se convierten en chicos impertinentes y se les tiene que notar, mucho más.

Qué queréis que os diga, amiguitos: yo estoy ya de esta actitud hasta los mismísimos. De que un tío te mire como si fueras mierda porque no has visto ni una película de cine conceptual de Karajistán... pero  luego resulte que tú le hables del Smoke on the Water y no tenga ni puta idea de lo que es. En otras palabras, que lo suyo SÍ es cultura y todo lo que a él no le guste, son paridas insignificantes.
Payasos que se creen con derecho a adueñarse del concepto de arte.
Cretinos redomados que encima tienen los cojones de establecer todo un baremo y una escala social en base a lo que ellos molan y a la escoria insignificante que son los que le rodean.
Gente que se cree mejor porque han leído más, como si eso fuese automáticamente un signo de inteligencia (leer más no te vuelve más listo, que se lo digan a los seguidores de Dan Brown: son millones en el mundo y dudo que TODOS sean condenadamente inteligentes) o de sabiduría (claro que sí, si te lees el Mein Kampf y sacas ideas de él este teorema queda totalmente demostrado), o incluso de categoría moral: "Si la gente leyese sería mejor persona".
Los cojones.
Los putos cojones.
El que es un hijo de la gran puta lo va a seguir siendo, se lea lo que se lea. Echad un vistazo en universidades y demás y haced un cálculo de la valía moral de profesores, doctores y otros seres. Lo mismo os echáis las manos a la cabeza.
Lo mismo resulta que el nivel cultural de cada uno no tiene absolutamente nada que ver con su calidad humana.

Expresión típica del Homo Pedantis Vulgaris.
Algunas de las frases que le reconocen:
"Yo no veo tele, no quiero contaminarme de la cultura de masas"
"Como decía (inserte aquí tío muerto)..."
"Esto no es arte, por tanto es mierda".


No hay nada como despreciar al prójimo, amigos Distópicos, y ya no solo en el mundo literario (lo he mencionado para tener un círculo en el que centrarme, pero el ser humano en cierta medida es así, siempre y cuando tenga un conocimiento del que alardear: se ve en todos los contextos artísticos, filosóficos o académicos). Meted la cabeza por ahí y echar una mirada, que podéis flipar.
En despreciarlo, en medirlo y en ponerlo en nuestro rasero personal: puteemos a los que no les gusta leer, venga. Llamémosles incultos y gilipollas, que a lo mejor ellos nos dan lecciones en base a los documentales que hayan visto (eso también es cultura, a ver si espabilamos), las obras de teatro que hayan ido a ver o incluso las películas que se hayan tragado.
Insultemos a aquellos que no siguen la cultura de minorías (cuanto más minoritarias y marginales, mejor), y asumamos que absolutamente toda la cultura popular es insulsa y mala, aunque no hayamos visto una película recién estrenada en veinte putos años.
Discriminemos géneros por no ser lo bastante artístico, como ha venido sucediendo desde el mundo académico y crítico con la fantasía y la ciencia-ficción, tratados como los "hermanos tontos" de la literatura, y riámonos de autores que escriben sus obras enmarcándose en ellos.
Ofendamos a los otros por sus gustos porque, según muchos de estos pseudo intelectuales, si te gusta leer no te puede gustar el fútbol (¡PROHIBIDO!), ni los videojuegos ni nada que no sea estrictamente ultra-cultural (o cultureta, mejor dicho).
Practiquemos el noble arte de la masturbación a base de mirarnos al espejo o a nuestra biblioteca y riámonos de los que no han tenido la suerte o el dinero de buscar todo lo que hemos buscado nosotros. Escudémonos, pues, en nuestro propio sentimiento de inferioridad y revistámoslo de esa superioridad condescendiente. Miremos a los demás agarrándonos la picha y pensando en el último poema de Chupapoyanski que nos hemos comprado por Internet. Incluso podemos hacer oscurísimas referencias en nuestras conversaciones para demostrar que tenemos el conocimiento y que lo usamos simplemente para sentirnos superiores. Que no somos como las demás cucarachas que viven en la ignorancia.
Incluso podemos crear nuestro propio colectivo, llamándonos hipsters, gafapastas, gamers o demás términos mamarrachiles; vayamos con el rollito retro, pensando que hemos inventado algo. Compremos vinilos por dar por culo e ir de diferentes, ya que hace veinte años que dejó de ser un formato comercial, y además argumentemos que es que como "nos gusta la música de verdad la apreciamos como se merece". Compremos pósters de pelis que no hemos visto pero que son "iconos". O de pelis icónicas que sí hemos visto, que en el fondo nos parecen una puta mierda, pero que no podemos reconocerlo, vaya a ser que nuestra imagen de cultureta se vaya a hacer gárgaras.
Pongámonos adjetivos contradictorios tales como "No soy capaz de encontrar una palabra para definirme", pero vistamos todos con las mismas pintas de retro-capullo sacado de una cadena de montaje.
Filosofemos en modo tertuliano de Garci, aunque en el fondo no tengamos ni una opinión definida, pero hablando de tíos que llevan muertos doscientos años; no nos olvidemos de citarlos constantemente, que se tiene que notar que somos cultos.
Puteemos a todo recién llegado al mundillo, diciendo que "No encaja" o que "Pretende ser uno de los nuestros, pero que se ve a la legua que no es más que una pose" (claro que sí, todo el mundo se muere por ser gamer, no te jode), que "Están en esto por la moda".
Y tú no.
Ya.

La imagen que aquí se muestra en realidad no ha sido idea mía. He visto la descripción en otro blog y me ha parecido que cuadra perfectamente con lo que quiero decir. Gracias a su autora.

No nos olvidemos de decir que nuestros gustos personales (TODOS) son de una calidad excelsa, que rehuímos de las convenciones sociales y que todo lo que está más allá de nuestros muros es mierda. Zafio. Una simple bagatela.
La imagen que menciona una amiga en un post tangencialmente relacionado con esto, de un tío que se pasa el día bebiendo con su martini y su aceitunita, se me forma en la cabeza al pensar en esta clase de seres.
Seamos así de sabios y encontremos un modo así de elevado de sentirnos felices y de darle sentido a nuestras vidas.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Spanish Bizarro- Fiestas Bizarras



Hace ya varios años, durante un curso de inglés de gestión que hice un verano, me comentaron una iniciativa que por lo visto era bastante positiva para filólogos y demás seres raros que intentan mejorar su manejo en eso de los idiomas.
Hablo de los clubs de intercambio de idiomas. Repito estas dos últimas palabras porque, aunque no os lo creáis, el ser humano es malpensado de cojones y siempre (os lo juro) hace la pregunta: "¿Intercambio de qué?"
Creo que si fuese con la intención de intercambiar otra cosa que no fuese idiomas (por ejemplo fluidos, o traduciendo, abrir de patas a un puñado de rubias) resultaría patético poner carteles en las escuelas donde estudian. Si a vosotros también os lo parece y conocéis a alguien que trabaje en un sitio de estos, decídselo de mi parte, por favor. Igual a vosotros os creen más que a mí.
Yo lo intenté durante varios años y nada.

La profesora del curso me comentó un poco cómo funcionan esas cosas y me dije "Pues oye, suena bien".
En realidad es una cosa muy simple sobre el papel: pones una dirección de correo o un teléfono. Los extranjeros te llaman, quedas con ellos, charlas en inglés o español, te tomas algo con ellos y haces nuevos amiguitos. Lo normal es que ni pagues ni cobres, salvando (claro está) lo que te vayas a tomar por ahí.

Cogí a un par de fulanos de confianza de mi carrera (no me apetecía fundar un grupo con intenciones tan claras para meter a un par de gañanes que fuesen única y exclusivamente a restregar cebolleta) y fundé un grupillo para conversar con extranjeros los fines de semana. Nos inflamos de poner carteles en las academias de español para extranjeros de mi ciudad (teniendo que soportar, dicho sea de paso, las indirectas de la gente que trabajaba allí, que por algún momento parecían pensar que nos íbamos a dedicar a convertir las reuniones en algo parecido a las que montaban en Eyes Wide Shut). Tras el jodido esfuerzo que supuso conseguir que las Protectoras de la Virginidad de las Estudiantes de la Academia (ja, ja) se acostumbrasen a nuestra regular presencia y dejasen de arrancar nuestros carteles, llegaron los primeros estudiantes.

El primero de ellos fue lo que podríamos llamar un especimen...
Bueno, digamos que la única palabra que me viene a la cabeza para definirlo sería "alucinante".
Aparentemente normal, este tío me llamó un buen día. Había visto mi cartel en una residencia en la que, para variar, causé una relativa buena impresión: curiosamente, me habían dejado entrar, no quisieron echarme cuando dije lo del cartel (no es coña, no es la primera vez que me han dicho que me largue de alguna de las academias SOLO por poner un cartel de este tipo) y tampoco me hicieron demasiadas preguntas acerca de las actividades que teníamos previstas.
En otros sitios les faltaba interrogarme en un cuarto oscuro con una lamparita.

"¡Confiesa! ¿Cuántas veces os pensáis reunir por semana? ¿Cuánto tiempo se va a hablar en inglés y cuánto tiempo en español?"


Este tío no me causó una impresión demasiado rara el primer día, para qué engañarnos: vino solo y se mostró amable en todo momento, sin nada digno de mención.
Más adelante, cuando se uniesen mis compañeros, empezaría el show... y quedaría claro que, cuando me equivoco, me equivoco a lo bestia.
Por ejemplo, como cuando nos comentó que estaba pensando en regatearle el precio del alquiler al dueño de la residencia porque le parecía demasiado caro. Yo me lo imaginé yéndose para éste, como el que está en un zoco y quiere negociar que le rebajen tres piastras por la compra de unas babuchas de esparto. Aquello resultaba tan rocambolesco que empecé pensando que estaba de cachondeo.
Ojalá.
Según nos contó este personaje, ante la obvia negativa, decidió mudarse, no sin antes llevar a cabo la técnica de la estrella del rock: sí, amigos Distópicos. El muy cafre nos confesó que dejó la habitación hecha unos zorros. Cuando le preguntamos a qué vino aquello, se encogió de hombros e hizo un gesto como diciendo "Sufrí una enajenación mental transitoria".
Fue ahí cuando empecé a pensar que, pese a las apariencias, este tío estaba como una puta cabra.

Este mismo ser nos presentó un día a su grupo de amigos de la escuela en la que estudiaba (tras cosa de un mes de promesas vacías acerca de llamar a otros extranjeros, lo que hacía que el asunto del intercambio de idiomas quedase pelín descompensado): un puñado de gente, en su mayoría proveniente de Francia y algunos de Alemania, que tenían un concepto un poco extraño de "ir en grupo". Paso a explicar por qué, y de paso dejaré claro que lo de "equivocarme a lo bestia" se aplicaba ya, no solo a él, sino a todo lo que le rodeaba.
Esta, quizás, fue la primera noche absurda entre unas pocas a lo largo de mi período coordinando grupos de extranjeros.

Nos habíamos metido en un bareto (eufemismo que uso para no decir "puto antro"), en el que se suponía que había una actuación de flamenco. Hasta aquí bien, algo natural llevarse a los extranjeros a un sitio donde se ofrezca la música típica local.
Lo chungo fue cuando nos enteramos de que la actuación de flamenco se había cancelado aquella noche por un motivo y, en su lugar, nos pusieron...
Bueno, nos pusieron otra cosa.
No me atrevo muy bien a definirlo, así que tendréis que contentaros con una descripción de lo que vi. O presencié. O sufrí, más bien.
Se trataba de una señora que tendría, no sé... unos sesenta y muchos años. Puede que setenta. Iba vestida de viuda, con un vestido largo y un velo de encaje sobre la cabeza. Tocaba el clarinete, acompañada por un señor (no sé qué relación tenía con él, si eran amigos, familiares, amantes o se habían criado en el mismo manicomio) que tocaba la guitarra. La actuación, si es que se le puede llamar así, era un cruce entre un bolo musical de corte bohemio (por llamarlo de alguna manera) y un monólogo supuestamente humorístico.
Cuando la señora salió de una puertecilla vestida de viuda y simulando (bastante mal, por cierto) llorar por la pérdida de "Su marío", yo no podía reírme. Estaba flipando.

Y no en el buen sentido  de la expresión, precisamente...


Ni que decir tiene que la sensación general ante diez minutos presenciando aquello fue la de querer salir echando hostias de allí para no volver. Algo parecido a como si Caracuero te persigue motosierra en mano, solo que amenazando con cantarte una versión alternativa del "Clavelitos".
Se ve que la idea que tuvimos los españoles que íbamos no fue un caso aislado. Fue darnos media vuelta y descubrir que los franceses que (supuestamente) venían con nosotros ya no estaban. Algo en plan Expediente X, para entendernos: están ahí, detrás de ti y, cuando te vas a dar la vuelta, lo que tienes es un puñado de aire.
Llamadlo abducción.
Para mí aquello tuvo una explicación diferente, pero igualmente alucinante: los muy cabrones se habían largado sin decir ni mu.
Ahora entendía lo que significaba una "despedida a la francesa".

El primer extranjero seguía con nosotros les llamó y éstos respondieron como media hora más tarde: se habían ido a otro bar a ver un concierto reggae y que, si queríamos, podíamos ir con ellos. Imaginad lo sencillo que fue imaginarnos que fuesen a jugárnosla otra vez, así que nos volvimos para nuestra puñetera casa, con la idea de buscarnos otro grupo.

Así lo hicimos, formando un primer grupo (estable) de extranjeros bastante tranquilo, salvando uno de ellos.
Un tío que me llegó, diciendo que era "fotógrafo", pero que en realidad quería decir que era un auténtico pervertido: no bromeo con esto ni hago juicios prematuros. Aparte de mirar a todo bicho viviente con totete entre las patas como si estuviese a punto de sacarse la pirula allí mismo, el tío tenía una filia de lo más rara por el tema extremo/bizarro/fetichista. Un día se pone a hablarme de una fiesta a la que quiere ir, allá en su país. Me enseña el cartel, una especie de horterada amarilla de la que recuerdo solo tres palabras: Hardcore, Fetish y Bondage.
Ahí es nada.
Y no queda ahí la cosa, ya que había una lista abajo con las cosas que permitían. Era más larga que un post de Rumbo a la Distopía, aunque sin fotos a pie de página. Algunas de ellas, yo no sabía ni que existían hasta entonces. Creo que he olvidado más de la mitad. Mi limitada mente no da para cosas tan exóticas.
Si me pongo a pensar en ello, no exagero al decir que habrían acabado antes diciendo lo que no toleraban. Como seis o siete renglones en aquel flyer, tíos.
Hay medicamentos con menos palabras raras en sus prospectos.

Aparte, más anécdotas con este fulano, como fantasmadas en las que sostenía (sin conocerme de mucho, por cierto) haber hecho una sesión fotográfica a la novia de un amigo en la que ésta se despelotaba o (mi favorita) que tenía pensado irse a África algún día.
- ¿A hacer fotos?- le pregunté yo, porque solía hablar de los paisajes africanos como de una especie de paraíso para tíos que llevaban una Canon colgando del pescuezo.
Inocente de mí.
El tío quería abrir un puticlub.
- Y si te vienes a visitarme, te dejo alguna tía gratis- añadió.
No es coña, eso fue lo que me dijo.

"Pero si apenas me conoces. ¿A qué viene eso, tío?"


Una vez superado este traumático prólogo, pasamos al segundo año, que es famoso por noches de lo más absurdas. Tras el regreso a casa del primer grupo (o tras haber echado a patadas al pervertido antes de que empezase a acosar a alguna de las miembros que teníamos por aquel entonces), seguimos buscando más extranjeros con los que entrar en contacto. Fue así como se formó un segundo grupo, en el que conocí a grandes amigos, con muchos de los cuales sigo en contacto y a los que echo muchísimo de menos.

Esta segunda generación era algo más marchosa que la primera; las situaciones, por tanto, aumentaban en absurdo.
Pongo el caso de una noche en que una amiga del grupo nos dijo que un amigo suyo daba una fiesta a la noche siguiente. Amablemente, nos invitó a pasarnos, cosa que nos pareció bien.

Total, que nos plantamos en el punto de encuentro a la noche siguiente. Con mi socio de aquel entonces venía además una chica sueca, que también se había apuntado la noche anterior. Todo parecía apuntar a una fiesta en la que, además de pasarlo bien, tal vez podríamos encontrar más gente dispuesta a practicar idiomas...
Pero la cosa no salió tan sencilla.
Como media hora antes de llegar, ya en el autobús tirando para allá, recibo un mensaje: la amiga que nos había invitado nos dice que no puede ir, pero nos dice que han quedado frente a la Catedral y nos dice que su amigo es un chico japonés. Nos dice el nombre y que nos presentemos.
Esto ya empieza a pintar raro.
Más raro aún es el hecho de que, de unos cinco millones y pico de suecos, nuestra amiga tiene que ser la única impuntual, apareciendo como cuarenta minutos más tarde. En ese tiempo de espera nos ha parecido ver al japonés llevándose a un puñado de colegas al piso donde debían tener las base de operaciones. No nos hemos atrevido a decirles nada, para empezar porque no sabíamos si eran ellos (en mi ciudad hay bastantes extranjeros), lo que nos hace pensar en lo escasa que ha sido la cantidad de información, ahora que nos fijamos; en segundo lugar, nuestra amiga todavía tiene que venir y no queda muy fino dejarla tirada la segunda o tercera vez que hemos quedado con ella. Por eso, allí nos quedamos: habría sido curioso que dos recién llegados y perfectos desconocidos retrasasen a los que estaban allí más de media hora sin una razón del todo convincente...

Así que así nos quedamos, mi colega y yo plantados como dos pasmarotes delante de la puerta de la Catedral hasta que a nuestra amiga nórdica le dio por aparecer. Le comentamos el percal, diciéndole que sospechamos que se han largado sin nosotros.
- Pero bueno- digo yo-, no pasa nada: tú sabes donde es, ¿no?
- ¡NO!- responde ella, que resulta no conocer a ninguno de los pavos que han quedado esa noche.
Nota para mí mismo: no todos los estudiantes extranjeros se conocen entre sí.
Posdata para la nota: So gilipollas.



Escena silenciosa de nosotros tres, plantados allí en medio, como tres auténticos capullos.
Llamo a la que nos invitó y le digo que por favor nos dé la dirección del piso. Si su pareja está por allí, al menos conoceremos a alguien. Me la manda por mensaje y allá que vamos.

Llegamos al piso, justo en el momento en que encontramos al japonés saliendo del portal, yendo vete a saber dónde. Demasiada coincidencia ya como para confundirlo, así que me presento y le digo que venimos por parte de nuestra amiga. Le damos su nombre, lo que debería ser salvoconducto más que suficiente.

- ¿Eh?- me dice el japonés, un simpático samurai con melenas y rostro sonriente- No conozco a nadie que se llame así.
Nuevo silencio.
Esta vez más violento aún.
Probablemente los tres segundos más largos de mi vida. Y si no lo son, al menos, están en un puesto muy alto en el ranking.
- Pero sí, hay una fiesta en mi casa-añade, como si le importara tres cojones no saber quiénes somos o de dónde hemos salido-. Subid.

El piso era uno de estos del centro, de techos amplios, cuatro habitaciones y patio interior rodeado por toda la casa.
Más gente no podía haber allí dentro, y no exagero. Cuando quise hacer el cálculo aproximado, debíamos ser unos setenta allí dentro. Como un bareto en fin de año, pero sin barra.
Mientras nuestra amiga, jovial como ella sola, nos dice "Bueno, voy a socializarme" (es decir, que hace BAMF y desaparece de nuestra vista), yo me encargo de hablarle al japonés de un chico americano que estaba con nosotros la noche anterior. A este parece que sí lo conoce, lo cual resulta algo menos violento. Eso, sin embargo, no me tranquiliza demasiado, porque cada dos por tres nuestro nuevo amigo nos pregunta si ese chico americano va a venir o no. Yo sin tener ni puta idea de eso.
Por favor, que vengan de una puta vez, me repito a mí mismo.
Tras una incomodísima media hora, nuestros amigos aparecen y el malentendido se soluciona: se conocían, pero de vista. En el momento en que la cosa se arregla, dejo de sentirme como si me hubiese colado en la fiesta y el mojito que me ponen por delante empieza a saberme algo mejor.

En esta clase de movidas te puedes encontrar con toda clase de seres curiosos, y no creáis que lo digo por decir: desde un italiano que parece sacado de una peli porno (es decir, un cachas de gimnasio de cabeza afeitada y embutido en una camisa de cuadros varias tallas más pequeñas, que tiene la costumbre de salir de la ducha en mitad de la fiesta, con solo una toalla) a un sonriente periodista ghanés que, en un pasillo prácticamente a oscuras, es lo más parecido al Gato de Cheshire.



Situaciones tan curiosas como pasarte por la cocina del piso y encontrarte a uno de tus amigos hablando con una chica española que, por algún motivo que no alcanzas a entender, se ha metido como medio kilo de servilletas dentro del sujetador y, a modo de pezones, ha usado dos tapones de botellas de Coca-Cola y pide que le soben las improvisadas prótesis.
Un par de tíos están haciendo cola para ello.

Encontrarte a un alumno del instituto de cuando estabas en prácticas el año anterior y quedarte en plan "¿Se puede saber qué coño haces tú aquí, chaval, que no has llegado todavía a primero de bachiller?"
Y, por supuesto, el constante miedo a que llamasen a la puerta y que fuese la policía a detenernos a todos por escándalo público. De hecho, la primera regla no escrita en un sitio como aquel era "da igual que echen el timbre abajo. NI SE TE OCURRA ABRIR".
Tampoco es que hiciese falta, con el ejército de gente que entraba y salía de allí la puerta estaba casi siempre abierta, hasta el punto de que en un momento dado me llega una chica y, como el que no quiere la cosa, me toca el hombro.

- Perdona- me dice, pensando que probablemente soy uno de los pocos que está sobrio y que, además, habla el idioma local-, ¿has visto al dueño de la casa?
Yo levanto la cabeza y miro la marabunta humana que masifica el pasillo.
Miro a la tipa durante un momento, casi a punto de decirle: "Claro, está ahí metido", pero opto por algo más amable. Al fin y al cabo, me ha venido con educación y con demasiada amabilidad, considerando las circunstancias. Yo en su lugar habría entrado con una ametralladora en la mano y no menos de diez cargadores colgando de un cinturón.
- Puedo buscarle, en un momento dado- respondo yo, alegrándome de saber por lo menos quién es el susodicho. Me juego el cuello a que el noventa por ciento de los que estaban allí habían sido invitados de oídas y no tenían ni puta idea.
- No hace falta- me dice la chica-, tú simplemente dile que ponga un cartel en el portal, porque ya han tocado cuatro o cinco veces en mi casa. Es solo para que la gente que venga sepa dónde tienen que llamar.

Dicho esto, la tía se va y yo me quedo a cuadros, pensando cómo hostias se toma tan bien que haya una puta horda de salvajes alcoholizados en la casa de al lado armando un escándalo que ríete tú de los Maiden en directo.
Todavía sigo pensando en ese misterio.

Vería a nuestro amigo el japonés algunas veces más adelante en el futuro, aunque una de las últimas sería inolvidable: en un reportaje de las noticias de Televisión Española, sobre las Cruces de Mayo, fiestón granadino donde los haya (una especie de botellón, pero con el sellito de "tradicional", con lo cual no está tan mal visto como otros macroeventos de encogorzamiento masivo). Ahí estaba el colega, feliz como una perdiz, con un litro de galimocho en la mano y gritando "'¡ESTO ESTÁ DE PUTA MADREEEE!". Instintivamente, recuerdo que grité el nombre de mi amiguete en la mesa.
No queráis imaginar cómo me las tuve que ingeniar para explicarle a toda mi familia, allí presente, dónde había conocido a semejante elemento.

Este es más o menos el ambiente que se destilaba en aquel piso: un puñado de gente hacinada, como los extras de un concierto de los Metallica dándolo todo.
"¡METAAAAAAALLLL!"


La segunda parte de estas historias, a menudo, consistía en bajar al centro un rato con esta gente, posiblemente para evitar inflamar las iras del vecindario. Supuestamente eso debería resultar menos absurdo, pero no nos confundamos.
Era infinitamente peor.
Imagina un grupo de unos veintitantos (muchos se quedaban en el piso) cafres campando a sus anchas por el centro de la ciudad, cada uno con un bareto favorito. No es de extrañar por tanto, que se produjese una disgregación de la hostia. Algo así como cuando los anglos, los sajones y los jutos invadieron las Islas Británicas, repartiéndose el territorio, solo que sin armas.
A la velocidad a la que se movían estos tíos (imaginad un puñado de Erasmus con extrema avidez por reventarse el hígado y plenamente conscientes de que la priva costaba la mitad que en su país natal y lo entenderéis), como te despistases un momento, ya te podías dar por perdido; suma eso al hecho de que a partir de las dos te cobraban un cojón por meterte en cualquier local. En otras palabras, te arriesgabas a perder cinco o seis pavos, y para colmo meterte en algún bar en que no estuviesen estos tíos. Olvídate además de llamarles al móvil. A ver quién es el guapo que lo escucha dentro de un bar con la música a toda hostia.
Así que no sería la primera vez que acabábamos sentados en mitad de alguna plaza del centro, viendo como algunos salían de algún bar un rato más tarde. Lo que viene siendo un absurdo de cojones.

No todas las noches absurdas eran necesariamente malas, por otra parte. Si no perdías a tu grupo, acababas siendo tratado como un extranjero más (total, cada uno era de un país, el hecho de que fueses nativo se convertía casi en una anécdota) y te podías descojonar de la risa. Es el ejemplo en que nos hicimos buenos amigos de un grupo de chicas escandinavas, con un sentido del humor lo bastante agudo como para merendarse a cualquier chulito piscinas que intentase ligar con ellas. Desde los pobres chavalitos de dieciocho años que se comportaban como si no hubieran visto a una muchacha en su vida (recuerdo el caso de una amiga noruega que lo usó como posavasos, hasta las narices de que el tío no hiciese otra cosa que comérsela con los ojos) hasta la colección de buitres que se limitaban a rodearnos con el vaso pegado al pecho, vigilando al grupo, se fuese a escapar... pasando por el pobre muchacho que intentó ligar con mi amiga finlandesa (una criatura de "encantador" sentido del humor), hablándole de lo más aburrido que se le pudo ocurrir: de trabajo.

Esas noches eran las de pasarlas bien, con situaciones tan descojonantes como hacer cola para entrar en el baño. Típico, una cola para chicos y otra para chicas. Yo en la primera y mi amiga sueca en la segunda. Le entra un tío a ella, y yo contemplando la escena, a ver cómo se desarrolla, con la impresión de que me voy a reír tela.
Se ponen a hablar.
- ¿Y has venido sola?- dice el chico.
- No- responde ella- he venido con él, señalándome a mí, que hasta el momento estaba callado como una puta en cuaresma. El tío se da la vuelta y me ve a mí, sonriente de oreja a oreja y, ligeramente decepcionado, me da la mano. No sabe que le he hecho un favor, porque a mi amiga le iban chicos algo más grandes, de manera que no tenía demasiado interés en él. Le he ahorrado más de media hora de ligoteo absurdo para nada.

"¡Hola, encantado!"


Llega la hora de largarnos, y veo que el grupo se ha desbandado un poco. Dos de las finlandesas me dicen que es hora ya de irse, así que me encargo de entonar lo de "Vengadores, reuníos" (en este caso, sería algo así como "Vikingas, Reuníos") a la par que busco a las demás. La danesa es la primera, que se reúne con las otras; la noruega me dice que se queda con otros amigos suyos; faltan mis dos amigas: la tercera finlandesa y la sueca.
A la primera la encuentro con un satélite orbitando a su alrededor: el chico que le había entrado hablando de curro seguía ahí, dándole la paliza. Ella, sin parecer hacerle demasiado caso, me dice nada más verme: "¿NOS VAMOS YA?". Ante mi respuesta afirmativa, deja allí al otro. No pude salvarle a tiempo como hice con los otros. Este había perdido el tiempo de forma irremisible.
A la sueca la encuentro cerca de donde la dejé, cerca de la puerta del baño, bailando alegremente como si no hubiera un puto mañana. Justo cuando llego, emerge un tío del wáter y a ella le llama atención su camiseta. Como respuesta, el tío dice alguna cosa y aprovecha para pedirle bailar, a lo que ella accede. No porque el fulano en sí le guste, sino porque tiene más marcha en el cuerpo que un capítulo de Fama. El tío no lo ve así y usa la clásica mirada de gato que está mirando a un canario en la jaula.
Si le ves la cara, te da la impresión de que su pensamiento está claro: "Esta noche me pego un homenaje. Un rabo, dos orejas y vuelta al ruedo".
Hasta que llego yo.
Paso el aviso y mi amiga es que ni se lo piensa: ni corta ni perezosa, gira automáticamente sobre sus talones, va a por el abrigo y se viene conmigo (en realidad no se viene conmigo, sino que va a reunirse con el resto del grupo, pero eso él no lo sabe).
El tío me mira y siento cómo su mirada se me clava en el alma.
Puedo entenderlo: el tío no era feo y pensaba que tenía posibilidades de ligar, hasta que llega un monstruito sonriente que abultaba la mitad que él y que, sin mediar más de tres palabras, se lleva a lo que él consideraba su presa.
Llamadme cruel, si queréis, pero todavía me sigo riendo de semejante putada.

La mirada que me lanzó fue más o menos así.


Y es que hubo noches que fueron para el recuerdo, tanto en el buen sentido como en el malo: noches en que, a causa del frío, te encontrabas los bares vacíos y estaba todo estaba tan muerto que en cualquier momento parecía que iba a surgir una horda de zombis desde algún callejón.
Noches en las que tus propios colegas intentaban rellenarte el vaso para ver si de una vez la cogías... verles la jugada y ser ellos los que al final la cogían.
Amigos que se te perdían, que no escuchaban el móvil y de los que volvías a saber, bien al día siguiente, bien a la semana siguiente, informando que nadie había acabado en Urgencias por vete a saber qué.
Seres extraños que se juraban abstemios y que parecían no haber roto un plato en su puta vida, pero que en un inesperado giro de los acontecimientos, soltaban a su Mister Hyde personal, cogían una cogorza de impresión y se ponían a hacer como el que tocaba unos bongos invisibles, haciendo que tus amigas dijesen que parecía que estaba dándole cachetazos en el culo a un mono (frase transcrita textualmente y traducida al castellano de modo literal).
Conocer la gastronomía de otros países, con cenas de pollo asado al microondas con hierbas aromáticas y palomitas, casi en el mismo plato. Tu grupo cenando allí en el piso de una de tus amigos y su compañero de piso, al mismo tiempo, viendo porno con sus colegas a dos metros en el mismo salón como el que está viendo el debate del estado de la nación.
Tíos que más que tíos, son elementos decorativos en un sofá. Tíos que, más que elementos decorativos, son cuerpos tirados en un pasillo. En este último caso, me llegué a plantear si el tío en cuestión del que hablo estaba vivo o, por el contrrio, había muerto meses antes de conocerle y había intentado sacarle conversación a un cadáver.

Esto no es más que un breve resumen de un montón de fiestas y situaciones a lo largo de casi dos años. Anécdotas extrañas.
Gente inusual.
Fiestas bizarras, que forman parte de mi vida.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Escupiendo Rabia- Sobre cultura gratuita y otras patochadas



Estaba yo hace varias noches en la cena del primer aniversario de mi grupo literario, cuando una de nuestras componentes nos contó cómo le está yendo con eso de distribuir tu libro por cierta página web que se encarga de ejercer como editorial. Según nos relataba, la experiencia está siendo bastante buena: la acogida de su novela está siendo fenomenal e incluso nos dio noticias aún mejores, que no reproduciré aquí por razones obvias.

Lo que sí reproduciré fue lo que nos comentó acerca del mundo de la piratería y demás gañanes que pululan alrededor de la industria literaria como rémoras. Sé que está de moda eso de berrear por la cultura gratis y por eso de que libros y pelis sean accesibles a todo el mundo, pero no nos pasemos de listos: el libro de mi amiga está disponible para descargar a 0.99 euros. No cuesta ni un puto euro y parece ser que ha tenido que ponerse en contacto con la distribuidora para que barran del mapa a estos seres que ponen el libro a descargar por la patilla.

Aquí, queridos Distópicos, ya es cuando ese abanderamiento de "la lucha contra los gigantes corporativos y las empresas, que se aprovechan del trabajo del autor" se va por el desagüe del retrete. ¿Por qué? Muy sencillo: porque da la puñetera casualidad de que esa distribuidora en concreto permite al autor establecer el porcentaje de lo que quiere llevarse de cada obra y el precio de ésta. Dicho de otro modo, si tú escribes una novela sobre pepinos alienígenas que atacan la tierra, puedes establecer que dicha obra no llegue a un puto euro y llevarte el máximo porcentaje de cada venta (que, si mis informaciones no me fallan, supera el 50% de esta). Dicho de otro modo, que si compras La Invasión de los Pepinos de Marte por apenas un euro, SABES que la mayor parte de lo que estás pagando va para el autor y no para esos "Malditos estafadores que se aprovechan del lector".
Y sin embargo, mire usted que hay montones de gente que ya se han dedicado al asalto pirata de libros que cuestan un precio de risa.

"Es que yo lo quiero. Lo quiero rápido, lo quiero gratis y lo quiero YA".
"¿Quieres? ¿Y alguna vez has pensado en algo que no sea lo que TÚ quieres?"



Y es que, amigos míos, vamos a quitarnos de una vez la venda de los ojos. Lo he hablado ya con unos cuantos amigos que se dedican profesionalmente (no como un servidor) a esto de la literatura: al personal, la mitad de las veces, lo que les toca las pelotas es eso de pagar por un servicio. Y con tal de justificar esa idea (muy cool, oiga, eso de pedir para todos, aunque lo que se quiera decir realmente es "para uno") se sacan ideas de la manga que son, como poco, discutibles.
En este punto volvemos a la idea de siempre del españolito de a pie (no entro en la mentalidad de otros países porque vivo aquí, me he criado aquí toda mi vida y la sociedad que conozco es la de mi país), en la que se pasa todo el puto día clamando por sus derechos, pero pasándose por la bolsa escrotal lo que son sus responsabilidades o sus deberes. Porque queda de lo más molón eso de alzar puñitos y entonar lemas aprendidos vete a saber dónde para pedir cosas que, así plantificadas sobre el papel, están de putísima madre... pero seamos honestos. No son factibles, y me permito decir que incluso moralmente discutibles.

Analicemos esto.
Eso de la cultura gratis suena bien, sí... pero parece ser que esta es una visión bastante limitada. Lo es si nos ponemos a pensar en el hecho de que con esto, cogemos y nos plantamos con ambos pinreles, pantorrillas, muslos y parte del ojete del culo en la idea de que la cultura es arte.
Bien.
Pero también es un negocio, como lo es la gastronomía (la cual se considera arte en muchos contextos). Supongamos que yo me planto en un restaurante y le pido al camarero un menú. Me lo zampo como un campeón, pido una segunda ración, mojo pan, pido seis botellas de vino del bueno, café, copa y puro... y luego le digo al dueño que no me sale de los cataplines pagar por el servicio (de cocina y de mesa) porque "tengo derecho a comer".
Y claro, ese derecho nuestro, el de comer (o, más relacionado con el caso que menciono aquí, el de leer o el de ver una peli) está por encima de la persona que ha llevado a cabo la obra de arte. Porque parece ser que, como la sociedad nos debe algo siempre, solo importa nuestro derecho a consumir, pero JAMÁS el derecho a la persona que produce a subsistir.
Es para pensarlo.

Justo mientras escribo estas líneas, me comentan un pensamiento que soltó el señor Ortega y Gasset que, con permiso de la persona que me lo ha pasado (y mi más sincero agradecimiento), viene a decir algo tal que así: la sociedad puede entenderse casi como una entidad colectiva, con un pensamiento que podría rozar el Pensamiento Único del que hablaba Orwell. El hombre, por tanto, se puede identificar sin demasiados problemas con lo que Ortega llamaba el Hombre-Masa. En un mundo como en el que vivimos, este Hombre-Masa ha crecido rodeado de bienes de consumo y servicios, llegando al extremo de no cuestionarse siquiera de dónde proceden dichos servicios. Hasta tal punto llega esa carencia de preguntas que acaba por pensar que las cosas de las que ha vivido rodeados son derechos inalienables.
Pensadlo en algo así como un bebé.
Esto que comenta esta persona me recuerda a una clase de filosofía en que la profesora nos decía que no existe criatura sobre la faz de la tierra más egoísta que un bebé: solo vive para sus necesidades y, si no se las dan, berrea hasta obtenerlas.
No somos muy distintos cuando somos adultos, si observamos el tema desde este punto de vista: lo que queremos, lo queremos AHORA, porque nos lo merecemos. Porque la sociedad nos lo debe. Y aquí es cuando todo lo demás nos importa una mierda: ni agradecemos en lo más mínimo a la persona o personas que nos sirven esos "derechos" en bandeja y montamos la de Dios cuando resulta que, ¡Oh, desgracia!, tenemos que pagar por acceder a ellos.

"¿Me estás diciendo que tengo que pagar por entrar al cine?"
"Emmm, pues sí, del mismo modo que tendrías que pagar por subirte a un avión o coger un tren"
"¿PERO CÓMO PUEDES DECIR ESO?"


Esto, además, para mí es un terrible insulto hacia la persona que crea. La de veces que habré oído decir que la cultura debe ser gratis... dando a entender que oiga, como parece ser que parir una obra es algo que puede hacer cualquiera, no merece reconocimiento ni esfuerzo.
Con dos cojones.
Claro que también están los "amantes de la posteridad", que sostienen que el arte es el único pago por el que un artista debería crear, y que será la posteridad la que se lo agradezca.

Muy bien: pues en ese caso, ancha es Castilla, colegas. Cuando vayamos a cualquier sitio y nos toque pagar por un servicio (véase algo tan básico como ponerle gasofa al coche o pagar por ir al Port Aventura a subirte en una de las atracciones) le soltamos al operario de turno que no pasa nada, que el dinero es algo zafio y nimio y que "la posteridad se lo pagará".
Luego si nos lleva a juicio por chorizos, o bien si nos sopla dos guantazos para que nos bajemos de la nube nos parecerá mal... pero joder, es que "la posteridad" no nos va a pagar las facturas.
Eso parece que no lo ve ninguno de estos caballeretes.
Y a los que escribimos, dibujamos o tocamos en un grupo (yo he hecho todas estas cosas, precisamente), nos tiene que parecer bien. Porque si no, ¿alguien sabe lo que nos encontramos? Que nos llaman "peseteros", "vendidos" y demás gilipolleces.

Tócate los huevos con el rollito hippy de tercera división, macho: uno se parte el lomo currando y sí, es un currante, un compañero, un camarada y tal, que tiene derecho ("derecho, derecho, derecho", léase con eco) a un sueldo digno, pagas extras, unas condiciones de trabajo decentes y demás.
Hasta ahí, de acuerdo. No voy a ser yo el que le diga que eso le parece mal, porque creo que es lo justo.
Ahora, bien: cuando decimos que el currante es músico, ilustrador o escritor, es cuando se mira para otro lado. No se le paga la actuación, el dibujo o se piratea su libro porque "la cultura debe ser para todos".
Dicho de otro modo, que todos somos iguales (currantes), pero se ve que unos son más iguales que otros.

Con esto, no digo que ahora TODOS los autores de cualquier pelaje tengan la obligación de cobrar por una obra. Algunos de vosotros recordaréis como yo mismo (leed esto con voz de Troy McClure, de los Simpson) he participado gratis en algunos proyectos benéficos o no benéficos. Lo que yo defiendo no es eso, sino el hecho de que el autor pueda elegir sin que haya una presión social o un entramado de gañanes que se aprovechan del trabajo de unos pocos con un reconocimiento escaso o mínimo de la labor del autor.

"Hola, soy Troy McClure, y a mí también me han piratedo la forma de hablar"


Aquí es cuando salta otra falacia que hace que me descojone de la risa, y es esa que dice que un autor no es nadie sin su público.
Llevaos las manos a la cabeza si queréis, pero para mí eso es una MENTIRA como la copa de un pino.
Existen obras sin público, que son aquellas que un autor crea para sí mismo. Un diario es literatura, nos pongamos como nos pongamos. Recordad en esos artistas muertos cuyas canciones inéditas se han rescatado treinta años después.
Sin público, y sin embargo, existen. Sus autores las crearon, probablemente de un modo mucho más íntimo y personal que cuando componían o escribían para que el mundo conociese lo que habían hecho. Obras sin la autocensura del "Esto no va a gustar a nadie", y que sin embargo, están ahí.

Pero un público que no tiene una obra a la que echar el diente... es simplemente gente. Y eso no hace mover la industria literaria o musical. La "demanda" misma, de la que tanto hablan en este tema, es otra falacia, ya que las propias modas o los pelotazos (best-sellers, exitos de la radio) en gran parte provienen de una campaña publicitaria de las gordas y son pocos, muy pocos, los que sobreviven en un mundo tan jodido como este sin respaldo publicitario.
Pensad en Ken Follet, en Stephenie Meyer, en Queen o en Nirvana si no hubiera habido una campaña detrás de ellos, dándoles a conocer al mundo. La pregunta es: ¿habrían desaparecido? ¿Se habrían negado a crear? Permitidme dudarlo: porque no lo conozcamos no quiere decir que no exista; señores como Kurt Cobain, Freddie Mercury o quien sea, si llevan el arte en las venas, componen o escriben en su casa y acaba por importarles una mierda que el mundo entero les conozca.
Pensad en la cantidad de artistas que pululan solo por lo ancho y largo de nuestro país y a los que no conoce nadie. Que lo mismo no han publicado ni publicarán jamás, y sin embargo tienen obras de lo más prolíficas. Bibliografías y discografías en sus casas a las que solo tienen acceso ellos y poco más.
No, no digáis que el arte no es nada sin un público, porque yo no me lo pienso creer.

Ya lo comenté en su momento cuando hablé del fandom literario: un autor no necesita doscientos millones de seguidores en todo el mundo para ser bueno. Si los tiene, mejor... pero que nadie os diga que una obra es buena porque la ha leído mucha gente.
El público es importante. Muy importante.
Pero no os engañéis: el artista principalmente crea (o debería crear) para sí mismo. Para sacar lo que lleva dentro de las tripas.
Todo lo demás es secundario.
Pero ya que llega a un público, lo mínimo es reconocerle su labor y su mérito... y las palmaditas en la espalda no bastan, nos pongamos como nos pongamos.


Volvamos pues, a esa concepción que tiene nuestra sociedad del arte: como ya he dicho, lo considera un derecho inalienable al que todo el mundo tiene acceso por la cara. Algo así como un derecho sin ningún tipo de retribución, reconocimiento o cualquier otra cosa que suponga agradecer al creador de dicho derecho por ello. Lo más gracioso es que algunos incluso son de los de decir que hoy en día no tenemos acceso al arte a menos que sea pagando.
Para mí eso es una muestra de la más absoluta de las ignorancias: hoy en día, en nuestro amado siglo XXI, no pueden existir más bibliotecas por metro cuadrado (generalmente una por cada barrio). Cines de verano gratuitos. Exposiciones al aire libre. Muestras de música local.
Pero claro, ese no es el debate: el personal lo que quiere conseguir de gratis es el pelotazo. Lo que está ahora mismo de estreno en el cine, el libro que se está leyendo todo el mundo e ir a ver a los putos U2 con pase de backstage sin aflojar un duro. Que se jodan libreros, distribuidores, editores, autores, técnicos de luces, taquilleros y todos los demás, porque aquí lo que importa es que nosotros tengamos algo diver que hacer un fin de semana le cueste al que le cueste. Si hay muchas familias que comen de esto, que les follen a todos, esa es la filosofía. Y si no son muchas y lo que tenemos es un autor que se ha editado a sí mismo, pues también: "¿Qué se ha creído ese tío, que nos va a cobrar por su creación?" es el pensamiento dominante.

"¡SOCORRO! ¡EL HOMBRE-MASA INTENTA ASFIXIAR MIS CUERDAS VOCALES PARA IMPEDIR QUE HABLE!"


Y es que el concepto del autor mismo es algo que a mí me deja pasmado, cuando hablo con gente que no tiene mucho contacto con este mundo. Una vez me llegó un señor argumentando que a él le costaba mucho ganar dinero como para dárselo a un señor que vive en una mansión "solo" por escribir.
No supe si reírme de su inocencia o de su ignorancia.
Probablemente este señor no conocía a ningún escritor. Da la puta casualidad de que yo conozco ya a unos cuantos, y fíjate tú que igual he tenido mala suerte (o igual, horror de los horrores, este señor se equivoca) NINGUNO de ellos es un millonario que vive en una mansión. De hecho, los que conozco en su mayoría son gente que tienen otro trabajo aparte de escribir, viviendo en pisos normales y corrientes, con hipotecas que pagar, o incluso son estudiantes que se las ven y se las desean para llegar a fin de mes. De hecho, si nos ponemos estadísticos, me atrevería a decir que escritores que vivan única y exclusivamente de sus obras y que ganen una pasta... si llegan al 1% de los autores patrios (tampoco creo yo que a nivel mundial cambie demasiado la cosa) me parece que ya estamos exagerando, y a lo bestia.
De ahí que me tuviese que descojonar vivo cuando medio país la emprendió con Lucía Etxeberría cuando dijo lo que dijo de la piratería hará cosa de un año. Que una premio Planeta suelte eso me pareció pelín fuerte, pero digo lo mismo: esto lo dice uno de los autores que acaba de sacar su primera novela y las palmaditas en la espalda vienen por doquier.
O no.
O todavía tenemos que encontrarnos a uno de esos que no ven, o no quieren ver la realidad: de esos que proclaman el lema de "CULTURA GRATIS" ("porque yo lo valgo", como subtítulo) sin pararse a pensar que detrás de cada obra hay un trabajo. Que tras cada libro en papel hay un señor que se ha pegado un tiempo dándole vueltas a una idea (expresada de mejor o peor manera, pero al menos se la ha trabajado lo mejor que ha podido), un librero que te la pone por delante (y al que nadie le ha agradecido nada, porque bien que hubo boycots el año pasado contra las librerías por la subida de precios, como si ellos tuviesen la culpa... luego si cierran porque no pueden sostener el negocio, decimos que es que la cultura se va a la mierda), un distribuidor que te lo trae a tu ciudad (con la actitud de este sector tengo mis reservas, pero reconozco que son otra pieza más de la industria) y con un editor que dice "esto es vendible" y lo edita (otro sector con el que tengo mis reservas, pero digo lo mismo que con los distribuidores: están ahí).

"Pues no, no pago porque no se me pone en el coño. Y si me preguntan, esgrimo argumentos como libertad, igualdad y justicia para todos, que quedan de lo más molones y nadie me los puede rebatir, so pena de convertirse en unos prosistemas vendidos a la industria. Y si fastidio al prójimo, que se joda. Si lo que tenemos que hacer es vivir sin dinero, sin leyes, sin orden. Lo que mola es la ley del 'hago lo que me da la gana, cuando me da la gana y porque me da la gana'. He dicho".


Todo esto a mucha gente le importa tres cojones, y su actitud ante la vida es "¿Para qué pagar 50 céntimos por un libro cuando puedo pagar 0 céntimos?"
Y te lo tienes que comer.
Es más, hasta tiene que parecerte bien y lo tienes que apoyar, porque eso es lo que mola.
"Vamos a joder a la industria, que son unos chorizos"
Claro que sí. Y de paso jodéis al autor.
Luego, cuando veáis que cierren editoriales, que hay libros que no están llegando a vuestras tiendas, o bien que hay libros que se tienen que devolver de la librería (porque la gente no los ha comprado, lo que supone pérdida para el librero) o que hay autores que pasan de vuestro culo y a partir de ahora se van a dedicar a escribir para sus hijos, será cuando llegue la lagrimita. Cuando digáis que la cultura desaparece. Que estamos llegando al puto Apocalipsis.
En ningún momento pensaréis que ha sido vuestra actitud de "Lo quiero y lo quiero YA, y sin aflojar un duro" la que, si bien no ha sido la única responsable del hundimiento de esta industria, ha hecho una cantidad de daño que no es en absoluto fácil de subsanar.
Y no, no miréis para otro lado.
No le echéis la culpa al sistema, ni a la banca, ni a la ley electoral ni a los Reyes Magos.
Vosotros habéis tenido vuestra parte de culpa.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Spanish Bizarro- Crónicas de un profesor particular que está hasta los cojones



Este post bien podría formar parte de la sección que los fans distópicos conocéis como Escupiendo Rabia. Sin embargo, dado el carácter absurdo y rocambolesco de lo que voy a contar por aquí, casi trae más cuenta ubicarlo bajo la sección Spanish Bizarro.

Como muchos de vosotros ya sabéis, ocupo la mayor parte de mi tiempo en el fantástico mundo de las clases particulares, concretamente, de inglés. Llevo en esta situación (a falta de que algún alma cándida me contrate, claro) siete años hasta la fecha y tengo que decir que la experiencia, en general, es bastante buena: me gusta esto de la enseñanza, y tener estudiantes que empiezan prácticamente desde cero y verlos evolucionar hasta tener un dominio más que decente del idioma es una auténtica pasada, para el que no lo sepa.
También he tenido alumnos que ya contaban con un nivel más o menos decentes, a los que he preparado por mi cuenta para que puedan avanzar un poco más del clásico "presente simple-presente continuo-números-colores" al que les tienen acostumbrados en muchos centros educativos.

La relación que he tenido con los padres de mis estudiantes también ha sido bastante buena. Salvando alguna excepción, siempre ha habido buena comunicación entre ellos y yo, lo que ha llevado a un trabajo conjunto más o menos disciplinado en el que cada uno ha cumplido su parte y que ha llegado, la inmensa mayoría de las veces, a buen puerto. O sea, que el chaval o chavala apruebe y que, de paso, aprenda algo útil y sin aburrirse.

Esto, como digo, la mayoría de las ocasiones.
Sin embargo, hay gente que no funciona así y voluntariamente o no (uno nunca termina de estar seguro) te toca los cojones.
Este post está dedicado a la última familia (y casi la única en siete putos años currando) que ha encajado en ese perfil.

Retrocedamos nuestros relojes a unos meses atrás. Principios de mayo, está terminando la semana santa y una noche estoy en el piso de mi hermana, retrepado en un sillón y hablando con ella y mi cuñado de cualquier frikada. Lo que viene siendo lo normal, vaya.
A esto que me suena el teléfono.
Lo cojo y resulta ser una señora que viene por parte de una de las mejores familias para las que he tenido el gusto de trabajar. Esta familia a la que me refiero ha contado con mis servicios durante cinco años ininterrumpidos, y aparte, me ha recomendado (sin exagerar) a más de media docena de alumnos. Lo que podemos llamar gente apañada.

Total, que esta buena mujer me dice que tiene un hijo en segundo de bachiller (amigo de mi alumno, para más señas) que tiene que aprobar en junio, que tiene la selectividad por delante.
Miro la fecha, como el que no quiere la cosa.
Falta algo así como un mes para que se examine.


Mi cara al teléfono fue como la de esta señora.


Por honestidad profesional, no suelo coger alumnos a unas alturas del curso tan avanzadas. Considerando que, por agenda, no puedo dar mucho más de un par de horas por semana, el cálculo es sencillo: de ahí a junio, ese estudiante no daría más de ocho clases hasta que se examine, y eso con mucha suerte. Se lo digo a la madre, pero insiste. Añade además que es consciente de que eso no hay Dios que lo apruebe, pero que quiere hacer todo lo posible para que cuando la cague, no poder decir que no lo ha intentado, al menos.
Visto lo visto, accedo. Más que nada, por venir por parte de la gente por la que han venido. Mi sentido de la responsabilidad me hace pensar que se lo debo a la familia de mis alumnos y lo menos que puedo hacer es aceptar el desafío, con tal de no dejarlos mal.

Así que empiezo a darle clase al chaval (conocido desde entonces como Niñomilagro, por eso de pensar que un profesor particular es una especie de Santo cuya mano cura las posibilidades de suspenso) y, si me habían dicho que hasta hacía muy poco, había tenido una profesora particular, el nivel que tiene me hace pensar un par de cosas: una, que la profesora no se lo había currado demasiado; dos, que por buena que fuese la profesora, con Niñomilagro sus enseñanzas habían caído en saco roto y, tres (mi favorita), que dicha profesora igual ni existía.
Sin problemas, uno es un puto profesional: se arremanga y empieza a darle clase al muchacho aun siendo consciente de que le tendría que comer el potorro a Santa Rita para aprobar en Junio.

En ese tiempo, conozco al resto de la familia: ya he hablado de la madre (me referiré a ella como Madremilagro a partir de ahora); está el padre, que tiene la costumbre de mirarme como si analizase la veracidad de cada una de mis palabras (al que llamaré Papáscanner) y luego un hermano algo más pequeño, que más adelante se convertiría en Niñomilagro II.
Mi contacto con la familia es, como poco, curioso: Madremilagro, pese a ser totalmente consciente de que eso no hay Dios que lo lleve a buen puerto (básicamente porque no hay tiempo suficiente), tiene una especie de mantra que recita casi cada vez que hablo con ella: "Tiene que aprobar, ¡tiene que aprobar!"
Gracias por no presionarme.



"Puedo hacerlo. Soy de la sangre del dragón. Mi cuerpo es un templo. El miedo mata la mente. Fuerte soy por la Fuerza".


Papascanner es harina de otro costal; en conversaciones combinadas no suele hablar, limitándose más bien a analizar la veracidad de lo que digo. Sin embargo, a solas, tiende a preguntar mi valoración del nivel del chaval con frases tan crípticas como "¿En qué nivel consideras que está el niño?"
En momentos como este, echo de menos mis partidas de rol semanal. Lo mismo así podría decirle "Caballero, su hijo es un aprendiz de nivel 1, con un +2 a hacerse la picha un lío con según que frases".
Más alucinante es aún, cuando le digo que al chaval le falta todavía trabajo de base (es decir, estudiar como un cabrón, aparte de las clases que le doy) y me pregunta por "mi método".

- Tal vez lo que tienes que hacer- me dice un día- es dejarle unos esquemas de la teoría.
No respondo directamente a la pregunta. Le digo al muchacho que vaya a su cuarto y que traiga los apuntes que le he hecho. Al enseñarle los folios,en los que he hecho PRECISAMENTE lo que me ha dicho (básicamente mi procedimiento con la teoría es ese), se queda callado. No es que con ello esté reconociendo que estoy haciendo lo correcto, pero se mantiene en un estoico silencio.

Otro día, surge cuando me estoy sentando en clase y me dice:

- Le pones tarea al chico.
- Es lo que hago siempre- respondo yo, sin estar muy seguro de si es una pregunta o una orden.
- Bien.
Con esta palabra, desaparece.

Así, pero de un modo menos luminoso.


Llegamos a Junio. A "petición" de Papascanner, no solo le he metido al chaval el nivel de segundo de bachiller. En la clase semanal que tenemos (amén un montón de sábados y domingos que me ha tocado impartir), me he visto forzado a meterle la mitad del inglés que se supone que debería conocer desde el principio de la secundaria y que, bien lo había olvidado, bien nunca llegó a controlar del todo.
Papascanner me lo había dicho ("Supongo que harás un chequeo del nivel general de la materia"); yo, viendo que ese nivel era básicamente como el mío en matemáticas (jamás me pidáis que os haga una cuenta), no tuve más huevos que hacerlo.
Todo esto en un mes.
Y no, no fue ninguna proeza: para entendernos, esto fue como pegar un jarrón con cola y, antes de que ésta se secase, ponerte el susodicho jarrón bajo el brazo y echar a correr una maratón.
Si el puto jarrón no se te hace papilla en el sobaco sí es una proeza. Todo lo demás es lo esperable.

En mi caso, sucedió lo esperable: Niñomilagro hocicó en Junio, lo que implicó que (contra todo pronóstico) me volviesen a llamar para darle clase en Septiembre. Yo le había dicho que si no veía resultados en mis clases, no me parecía honesto por mi parte esperar que me volviese a llamar.
Pese a todo, lo hizo.

Cuando lo hizo, Madremilagro me llamó con un interesantísimo mensaje de paz y amor para todos los hombres de buena voluntad:

- Tienes que cobrarme lo mismo que le cobras a la familia que nos recomendó.
3 pavos de diferencia, nada menos.
Mi respuesta fue bastante clara: esa familia de la que hablaba eran de mis primeros alumnos, a los que les respeté el precio durante años. Joder, en cinco cursos que dí con ellos me localizaron a unos siete alumnos. Solo les subí el precio una vez en todo ese tiempo, y porque ya veía que el autobús estaba subiendo demasiado.
A Familiamilagro los conocía desde hacía apenas un mes.

En siete años que llevo dando clases jamás he hecho rebaja alguna de precio a nadie, lo cual no ha supuesto jamás discusión con nadie: la gente pregunta mi tarifa, les digo lo que llevo y ellos se apañan con lo que hay; si he tenido que hacer alguna subida de precio, ha sido siempre a un año o dos, mínimo, desde que empecé a dar clases con ellos. Tampoco ha habido quejas.
Accedo a rebajar un euro a mi tarifa con esta familia, porque "la cosa está muy mala". Yo no tengo clases ese verano, así que es mejor eso a no tener ningún tipo de ingresos. Además, voy a dar más de una hora a la semana. Esa rebaja parece (relativamente) razonable, si se tiene en cuenta que mi precio YA estaba rebajado desde el principio.
Llamadlo negociación.

"No discutas. No es profesional"
Claro, León. Tú llevas pistolas y armas hasta en el ojo del culo. Así cualquiera te tose.


Vuelta a empezar: esta vez, mis clases pasaron a por la mañana, durante un par de mesecitos. El chico, pese a tener el nivel que tenía se esforzaba, y hacía todas las tareas que le encargaba. Me dijo que iba a muerte y que quería aprobar.
Madremilagro volvía con su mantra. Lo mismo pensaba que a fuerza de repetirlo la cosa saldría. También me comenta que el chaval que le da matemáticas a Niñomilagro lleva tres euros menos que yo (casualidades de la vida, oiga).
Yo no cedo. Con la rebaja ya les he hecho dos favores, en menos de seis meses de clase (recordad lo de coger un alumno a finales de curso).

Tras todo un verano currando varias mañanas por semana, el chico se examina de selectividad en septiembre. Aprueba, aunque yo no me entero de la nota hasta prácticamente mediados-finales de septiembre. Esta información me llega cuando Madremilagro me llama para que le dé clase al hermano (a éste lo había visto en alguna ocasión: era una especie de muchachote callado que entraba en casa, pasaba por delante de sus padres y de mí y que parecía tener algunos problemas para decir un puto "Hola").
Yo tengo un día libre en mi horario, así que le digo lo que tengo. La madre accede y me planto en Casamilagro una vez más.
Me pregunta si le voy a cobrar lo mismo que le cobré durante el verano.
Ya es que ni me molesto en discutir. Ya tengo bastante con la voz que me susurra que me estoy prostituyendo de mala manera.
El arte de bajarse los putos pantalones, con tal de que no te calienten el melón más de la cuenta.

Empiezo con Niñomilagro II. Otro segundo de bachiller con una selectividad a la vuelta de la esquina.
Fuck yeah.
Este es más o menos como me lo esperaba: igual de silencioso que como se había mostrado y con una curiosa tendencia a mirar hacia el frente cuando le preguntaba algo. Algo así como un soldado en posición de firmes, solo que sentado, y hablando tan bajito que hace las delicias de mi ya dañado nervio acústico.
Este parece tener alguna idea de teoría básica, a diferencia de su hermano mayor. También es algo más creativo, a juzgar por los bocadillos obscenos que pone en las fotos de su libro de inglés (citas tan cargadas de sentimiento y lirismo como "Doctor doctor, mi novio es eyaculador precoz", "¿Me follo al de la polla gorda o al del culo afeitado?" o "Que grande la tenía el negro" han logrado cautivar mi alma de poeta). Sin embargo, no termino de ver del todo claro que lleve bien eso de estudiar. El siguiente ejemplo podría ilustrarlo:

Martes:

Yo: "Vale, pues te dejo tarea: para la próxima clase [sábado, clase extra para preparar un examen] ve organizándote el vocabulario de la unidad 1, que es la parte de codos y que tienes que prepararte por tu cuenta"
Niñomilagro II: "Vale"

Sábado:

Yo: "¿Qué, cómo ha ido ese estudio?"
NMII: "¿Ah?"
No hay más preguntas, señoría.



Llegamos a las últimas semanas. Un día después de haberle dado clases, Niñomilagro II se pone en contacto conmigo para preguntarme si puedo darle clase algún día antes del próximo viernes. Le respondo que imposible, que estoy a tope con las clases y que no puedo hacerle hueco. En nuestra última clase habíamos hablado de vernos el sábado, pero me dice "Bueno, pues ya nos vemos el Martes".

- Vale- le digo yo, pensando que ha cambiado de opinión.

Media hora después o así, me llama Madremilagro. Me dice que no, que la clase del sábado sigue en pie. Pues nada, sin problemas. La doy y ya está.
El sábado doy clase al muchacho, y viendo cómo está, él mismo me pide que le dé clase el domingo también.
Tampoco me opongo. Trabajo es trabajo, y al chico le viene bien tener el mayor número de horas posibles de clase.

Llegamos al martes pasado, día previo a la huelga general que mencioné en mi último Escupiendo Rabia. En la última clase no se habló directamente de ello, pero dije lo que digo siempre: "Bueno, ya vamos hablando", lo que quiere decir (en otras ocasiones lo he mencionado explícitamente) "Nos vemos en la próxima clase, y si le pasa algo a alguno de ambos, llama al otro".
Cuando tienes una clase estipulada con alguien, esto no es difícil de sobreentender.

Llego el martes por la tarde a clase. Toco el portero. La madre me responde, sorprendida por mi presencia.

- ¿No te ha dicho nada mi hijo?- dice.
- No- respondo yo.
"¿Debería?", pienso.
- Es que como mañana hay huelga, ha salido por ahí con la bici.

Imaginad mi cara.
Solo imaginadla.

Algo en este plan.


- Bueno, sube y te pago- me dice.
"Qué menos", me digo.
Madremilagro me paga la clase y, no llevo ni cinco minutos en mi camino de vuelta a casa, cuando me llama otra vez y me recita su letanía de que "la cosa está muy mala" y que esa clase "hay que recuperarla". Yo digo que viendo el nivel del niño, le viene bien, la verdad. Me informa de que ha aprobado con un cinco y medio y yo me digo a mí mismo que, con la idea que tenía, demasiada nota le han puesto.
Total, que hemos quedado para el sábado, aunque cuando cuelgo tengo la cierta impresión de que la señora piensa que con lo que me ha pagado ya ha cubierto la siguiente clase.
Yo empiezo a pensar que si me ha tomado por gilipollas, ha elegido al gilipollas equivocado.
Sin embargo, no me apetece discutir. Hasta los mismísimos cojones que estoy ya de tener que andar negociando con esta familia hasta la última puta cosa, y si eso ya se lo comento el sábado cuando acabemos la clase. Si me paga la clase que he impartido, bien; si no, pues ya me tocará pensarme si seguir dándole clase o no.

El jueves por la tarde me llama la señora, comentándome que yo "no había quedado en nada con Niñomilagro II" y que como dije "ya hablamos", él no se podía imaginar que yo iba a pasarme por su casa el martes. Que por eso no me había llamado.
Ante eso me quedo un poco flipando, ya que para mí el horario es sagrado y,a menos que una de ambas partes se ponga enferma o le pase algo, esa clase se da. Y si la clase no se da por el motivo que sea, una parte tiene la responsabilidad de avisar a otra.
Madremilagro no termina de verlo del todo claro, lo que se traduce con este curioso axioma:

"Mi hijo se larga, no te avisa de que no hay clase, pero en esencia la culpa de que hayas ido el martes es tuya".


"¡EXTERMINAR! ¡EXTERMINAR! ¡EXTERMINARRRRR!"


Pues claro. Qué ocurrencia tan idiota la mía, pensar que un martes previo a una huelga había clase. Mira que soy subnormal por eso de contar con que la clase se iba a dar. Soy tan gilipollas que no se me ocurrió ir detrás del chico para ver si le salía de las pelotas estar en su puta casa un día que teníamos estipulado.

Pues nada, que me dejo de ir por la casa el sábado (por cierto que me han cambiado el horario de las 11 a las 12 sin demasiadas explicaciones. Menos mal que no había planeado nada para después de la clase). Inundaciones en mi ciudad, y de las chungas: para que os hagáis una idea (si no habéis visto ya las fotos que circulan por medio Internet) el Corte Inglés casi con medio metro de agua, y yo sin acojonarme. Mi  intención de plantarme en casa de esta familia es firme. Mi viejo, al ver lo suicida de mi iniciativa (preguntad por ahí y comprobad bajo qué circunstancias falto yo a mis clases... y preguntad a cuántas clases he faltado a lo largo de siete años) se ofrece a llevarme en coche.
Estoy en la casa a las putas doce en punto, como un campeón.
Estaré currando sin contrato, pero a profesional no me gana ni Dios.

Doy mi clase, con la expectativa de que por Dios nadie me comente la historia del martes anterior, porque me puedo cabrear (los que me habéis tratado en persona estos días habéis podido comprobar lo encabronado que me ha tenido el asunto). Ya no porque el alumno me dejase tirado... no es la primera vez que ha faltado algún alumno sin avisar y no me he molestado siquiera, ¿por qué? Porque cuando eso ha pasado, la familia de ese alumno en cuestión se ha muerto de la vergüenza y se ha deshecho en disculpas por haberme hecho perder el tiempo, ofreciéndose a pagarme la clase que no he dado, más que nada por las molestias. Esto, desde luego, saliendo de ellos, sin que yo haya tenido que decirles nada ni pedirles explicaciones ni nada por el estilo.

Por suerte, nadie me dice ni mu al respecto. Doy mi clase, sin más problemas añadidos que los de conseguir que mi alumno se entere de lo que le estoy explicando... y dejándole claro que si quiere que le enseñe lengua española, además de inglés, no puede pedirme que lo haga a tres días del examen y sin haberme preparado yo la gramática que dan en bachillerato (hace siglos que no la doy y no es moco de pavo, si hay que explicarla para aprobar un examen).
Al final de la clase, Madremilagro está hablando por teléfono, de modo que es Papascanner el que me atiende. Le cuento cómo ha ido el asunto, y él me pregunta cuánto me debe.
Son un par de décimas de segundo en que pienso que la madre ha cambiado de opinión. Luego paso de pensármelo y le cojo el dinero. Demasiadas historias, demasiadas discusiones me he tragado ya, por una tarifa que ya estaba rebajada. Currando contrarreloj, sacrificando fines de semana (la noche anterior a esta clase, por ejemplo, tuve que volverme de una cena a la hora de los niños de la ESO porque quería estar fresco para dar mi clase) y comiéndome marrones como el de la huelga para que al final parezca que la culpa de esos marrones es mía.
A la mierda con todo. Cojo el dinero y me voy a mi puta casa.

Cosa de una hora después, ya llegando a casa (no os imagináis lo que le ha costado al autobús atravesar el centro), mi teléfono berrea.
Madremilagro llamándome.
Me pongo a pensar en la cantidad de llamadas a las tantas (cuando me llamó Niñomilagro II, por ejemplo, yo había ignorado deliberadamente una serie de llamadas que había hecho la noche anterior a las once de la noche). En eso de que me llame uno, me diga que vamos a hacer tal cosa y que al rato me llame la madre para hacerme algún cambio.
Me pongo a pensar en la de veces que me han sugerido que rebaje mi precio a la tarifa que lleva el chaval que da matemáticas al chico, como si yo tuviese que organizar mi sueldo en base a lo que lleva un tío al que ni conozco.

En resumen, que durante un par de horas, no quiero historias.


Que no. Que paso.
Que me dejen, coño.


A la hora de comer, (puntería que tiene la señora), el teléfono vuelve a berrear. Han sido ya tres llamadas perdidas y considero que ha llegado el momento de dejar las cosas claras.
La señora me llama pidiendo explicaciones acerca de haber cobrado la hora de hoy (que, viendo lo que ha costado, me he ganado con un par de cojones), que "no habíamos quedado en eso". A esto le pregunto que si entonces el numerito del martes ha salido gratis, porque mi tiempo también vale (creo que ella ni había pensado en eso). Ante esto la señora me suelta que eso se lo tenía que haber comentado yo, porque -agarraos- eso "se lo tenía que haber dicho de entrada", porque ella había entendido que cuando ella me dijo que había que recuperar la clase, se refería a recuperarla ECONÓMICAMENTE.
Yo había dicho que al chaval le venía bien dar la clase esa semana.
Sin embargo, me doy cuenta de que ese argumento no tiene ningún sentido decírselo: me suelta que le he cobrado el doble, por la primera clase que no di y por una segunda que -atentos-NO necesitaba.

Aquí es cuando yo empiezo ya a cambiar de color: el chaval más pajizo que siete. Me trago el jueves la puya telefónica de que se tuvo que preparar solito un examen porque no tengo más días libres (dando a entender que a ver si le cambiaba el día... moviendo a más de un alumno que ya tengo colocado, con clases en la ota punta de la ciudad). Doy la puta clase y le meto el tema del Reported Speech (que acaba de dar), amén de un par de fórmulas de cortesía que le han metido en clase aparte, de las que se usan para sugerir cosas.
Y el chaval NO necesitaba la clase.

"¡Estáis despertando al puto dragón!"


Ante esto mi postura es clara: ya me han terminado de tocar los cojones, porque la insinuación de que no me he ganado el dinero que he traído a casa ya toca mi lado más proletario y me entran ganas de meterle a toda la familia una hoz y un martillo por el culo. Si ya tenía ganas de mandarlos a la mierda, estas ahora aparecen en mi cabeza con un rótulo luminoso que hacen que las putas Vegas parezcan un monasterio de clausura.

- Hasta luego- me dice la mujer al despedirse, tras haberme inflamado las pelotas, haber sacado mi instinto más asesino y haberme puesto de peor leche que desde que vi la versión de Tim Burton de Alicia en el País de las Maravillas. Ha habido gente que, por mucho menos, ha temido pronunciar mi nombre en voz alta-. Nos vemos el martes.
- Hasta luego- respondo yo, aunque no digo nada del martes, porque no he dado mi última palabra.

Y si digo que he colgado de mala leche, me quedo corto.
Pero corto, corto.
Corto de cojones.


Llega un momento en que, cuando te das cuenta de que hay gente que no hace más que pedirte favores y echar balones fuera cuando ellos meten la pata, la cortesía y el hacer las cosas de un modo correcto se convierten en "A la mierda con todo".
Ante cosas como esta, y habiendo mencionado a lo largo de esta última conversación que si no están satisfechos conmigo, no hay obligación de que sigan llamándome para que trabaje con ellos, la dimisión formal la va a hacer quien yo me sé. Porque ya estoy harto ya de chorradas. Estoy harto de tener que estar recibiendo llamadas constantes para calentarme la cabeza con historias que no me competen, teniendo que ponerme en la situación de hacer favores que no le he concedido a gente de más confianza. Harto ya de tener que justificar todas y cada una de mis actuaciones, cuando aquí nadie más lo hace.
Como los novios cabrones, lo que se van a encontrar va a ser un sms.
Sin explicaciones, a última hora y sin cogerles el teléfono después.

Porque uno puede pecar de gilipollas.
Pero cuando le tocan la moral, puede ser diez veces más hijoputa que cualquier bicho viviente que ha parido madre.