domingo, 7 de octubre de 2012

Spanish Bizarro- Visitar un Salón del Comic o "Por Dios, que alguien me saque de aquí"




Esta historia tuvo lugar hace ya algunos años. De estas cosas que suceden cuando uno, siendo fan del cómic (algunos ya habéis sufrido mis posts sobre la JSA) decide internarse por los caminos más oscuros y siniestros del mundillo. Esos lugares donde pocos son los valientes que deciden arriesgar su alma y su cordura para caminar por aquellos lugares, reservados para aquellas mentes dotadas de una fuerza sobrenatural.
Sí, amigos Distópicos: hablo del Salón del Cómic.

Todo empezó una tarde que estaba aburrido en casa. Una tarde de esas en las que no sucede nada especial y lo más divertido que se te puede ocurrir es asomarte por la ventana para ver si el Abuelo Gayolas ha resucitado de entre los muertos y ha venido a tocar la zambomba bajo la ventana.
Como mi vida de por sí es bastante sobrenatural, pero no lo bastante como para deleitarme con abuelos pajilleros zombis, el Destino me proporcionó una nueva aventura, algo más acorde con esta existencia en un mundo (ir)racional.
Así fue como una buena amiga me llamó para ir al Salón del Cómic de mi ciudad.

Teniendo en cuenta que mi anterior visita a uno, algunos años atrás, había sido bastante positiva (algo en plan Feria del Libro, pero con cómics), me dije: "Venga, va. Nos lo pasaremos bien". Por algún motivo, había obviado una especie de salón del cómic prehistórico que se hizo en mi ciudad unos años antes... una especie de festival friki con un fulano presentando aquello vestido de Indiana Jones (a sus cuarenta y muchos años) y deleitando al respetable con vídeos de robots japoneses dándose castañas unos a otros. De la performance de la serie Embrujadas que se montaron allí, con rayos mágicos invisibles, ni prefiero hablar.
Por eso, dices: bueno, peor que lo segundo no puede ser. Y como mucho, estará tan bien como lo primero.

Odio equivocarme.

Total, que para allá que vamos, los dos. Nos dejamos de ir para un hotel tela de cuco que tenemos por aquí (tres o cuatro estrellas, oiga), que por lo visto es donde se celebra el bolo. De estas cosas que te dan buena impresión: un sitio elegante, con su decoración minimalista...
... Y un puñao de chavales vestidos de yo qué sé qué en la puerta. Al principio piensas que es un cosplay de esos (que no sé por qué coño llaman así a lo que ha venido siendo un puto concurso de disfraces de toda la vida); luego te das cuenta de que no, de que no van vestidos de ninguna serie ni de ningún personaje. Que los tíos, intuyes, van con esas pintas tan rarunas durante todo el día.

- Son visuals- me dice mi amiga, varios años más joven que yo y más al tanto de las modas juveniles.

Yo lo que veo es un puñao de chavalines vestidos con collares de perro, medias rotas y faldas escocesas. Para que nos entendamos, un cruce entre los jebis de toda la vida y un extra de una serie de dibujos animados japoneses.
Nunca he sido muy amigo de eso de convertir cualquier afición en una puta forma de vida, para qué nos vamos a engañar: me puede gustar el rock duro y no me siento en la obligación de convertir mi cazadora vaquera en un puñetero puesto publicitario, con merchandising de los Maiden o los Metallica. Del mismo modo que si me gustan las judías con chorizo no me siento presionado bajo el imperativo moral de crear toda una raza urbana al respecto.
Con los cómics me pasa un poco lo mismo: los consumo en cantidades industriales, pero no me siento reafirmado vistiéndome de Green Lantern, como hacen muchos. Puedo entender que haya quien lo haga por diversión y tal, pero cuando las cosas se sacan de quicio y se convierte todo en una especie de estandarte de "toda una forma de existencia que hay que demostrar al mundo las putas veinticuatro horas del día"... amigo, ahí es cuando yo me retiro discretamente y me retiro a un rincón a mirar las musarañas un rato.

Que también os digo que si los disfraces hubiesen sido en este plan, me lo habría pasado en grande...


O así. Pues oye...


Pero no. La cosa iba más en este plan...




Esquivando visuals, emos y toda una serie de variopintos grupos, cada uno con sus señas de identidad bordadas a los ropajes, mi amiga y yo nos plantificamos en el salón, propiamente dicho. Pagamos religiosamente nuestra entrada y nos soplan un tebeo de Spiderman de última generación. De estas cosas que dicen "Menos mal que me lo han regalao, porque esto lo veo yo en la tienda y salgo por patas con sólo echarle un vistazo". Pero bueno, de mal nacidos es ser desagradecidos. Te guardas el tomito bajo el sobaco o, en la mochila que llevas encima, y tiras para dentro.

Qué puedo decir de lo que vi allí. Los primeros diez minutos fueron como un puto sopapo en toda la boca, porque, en mi inocencia, me pongo a buscar cómics... Y NO HAY.
En todo el pasillo principal, veo de todo: mucho disfraz, mucha mesa vendiendo muñequitos, juegos de rol, monigotes de toda clase... incluso un salón de té japonés. Pero ni un puñetero cómic. Ni una novela gráfica. Joder, ni siquiera un triste Mortadelo.
Avanzamos a lo largo de varios metros en lo que parece ser una versión chunga de un ghetto para gente rara. O quizás los raros éramos mi amiga y yo: de unas cincuenta personas que íbamos allí, éramos los únicos que no aparecíamos (ni parecíamos) disfrazados. Si a eso sumamos que la edad media del personal rondaba los quince o dieciséis años, tenemos que yo, a los veintitantos que tenía cuando fui, me sentía fuera de onda. En ese momento recordé el primer salón en que estuve, ese que he dicho que era como una Feria del Libro. La edad media de aquel debía ser de unos veintitantos, y la proporción de frikismo talibán era considerablemente menor. Existente, por supuesto, pero nada que ver con esto.
Cómo sentirte alienígena en un entorno que se supone que comparte aficiones contigo.

A eso de la mitad del pasillo, me para un chavalín. No tendría más de dieciséis años.

- Perdona- me dice-, ¿te gusta la fantasía?
Lo miro durante un segundo o dos, barajando la idea que podía implicar que alguien te abordase en un sitio así con aquellas crípticas palabras. Que fuese un perfecto desconocido y además mayor de edad no resultaba en absoluto tranquilizador.
- Bueeeeeeeehhhh...- respondo, de modo casi instintivo.
- Vale- el chaval toma como afirmativa la respuesta y me extiende una especie de flyer-, es que verás, aquí mi amigo- señala a un muchacho de unos veinte años con cara de aburrido sentado en una mesa- acaba de publicar una novela de fantasía. Si te interesa, la tenemos ahí.

Echo un vistazo y, por algún motivo, vislumbro uno de mis posibles futuros. Uno de esos en que, tras partirte los cuernos escribiendo, reescribiendo, corrigiendo y demás, acabas por publicar tu novela... y acabas ahí: nada de presentaciones guais en una librería, nada de grupis de veinte años, mostrando el canalillo cuando te piden que les firmes el ejemplar de tu libro. Lo que acabas es aburrido en un salón del cómic, formando parte del mobiliario entre los muñecos de plástico de Alan Cumming haciendo de Rondador Nocturno y el merchandising de Pesadilla antes de Navidad.
Como proyecto de escritor, en ese momento sentí miedo.
Mucho, mucho miedo.

"¡Dime que no voy a acabar así!"


Tratando de olvidar aquel posible futuro, llegamos a una sala en la que había una exposición de la invitada estrella: una ilustradora que venía a firmar sus libros aquel día. La exposición en sí no parecía contar con ningún original; no me pude fijar demasiado, pero al ver aquello enmarcado con láminas de cristal, tuve la ligera impresión de que eran fotocopias en color de las láminas de sus libros.

Y es aquí cuando llegamos al salón principal. El centro neurálgico del Salón. Donde la organización había puesto toda la carne en el asador.
Donde mi amiga y yo ya terminamos de quedarnos muertos ante el show.
Resulta que en ese salón era donde tenían los cómics. En este momento es cuando los Distópicos más optimistas diréis algo como "¿Ves? Si es que lo ves todo muy negro, al final sí que había cómics".
Mi respuesta ante eso es: esperad, amigos, que no he terminado. Había cómics, sí. Concretamente, UNA mesa. Tomad un salón de recepciones y demás, de estos grandes que podéis hallar en cualquier hotel, y coged una mesa del tamaño de la que tendríais en vuestro comedor. Una sola. Plantadla en medio de la sala con las cuatro novedades del mes (casi puedo decir que este número es literal) de alguna tienda de cómics que ha cedido lo que más le da igual y rodeadlo todo de una infinidad de muñequitos, pósters y pegatinas. Parad de contar, porque no hay más.
En todo el puto salón del cómic, hay una sola mesa, con material equivalente a lo que podría ser el cinco o el seis por ciento de mi colección. De ese cinco o seis, más de la mitad es comic japonés (aka manga, término que muchos usan como el que habla de un género independiente, cuando no es más que el cómic, pero hecho en Japón); el resto, marveladas de las de última generación (y de una calidad más que dudosa en muchos aspectos); no recuerdo nada de DC. Y si iba uno buscando europeo o cosas algo más alejadas del cómic mainstream... bueno, mejor que se fuera para una tienda. Total, iba a encontrar mucho más material, con menos follón de gente y probablemente en mejores condiciones que lo que había allí.

Decepcionado, miro a mi amiga. Ella me mira a mí. Nos miramos mutuamente con la boca torcida en plan "¿Pero esto qué coño es?"
Obviamente, no habíamos llegado a LO PUTO PEOR.
Y es que la organización había contratado lo que parecía ser UNA BANDA.

Pongo aquí la definición de la RAE de banda, para que vayamos entendiendo de qué debería ir el asunto:

 banda2.
(Quizá del gót. bandwō, signo, bandera).Conjunto de instrumentistas, con o sin cantantes, que interpreta alguna forma de música popular.

Os digo lo que me encuentro yo: un chavaleta con una guitarra eléctrica, un amplificador de los de cincuenta pavos (y menos vatios) tocando los ritmos del Fiesta Pagana de Mago de Oz (grupo que, dicho sea de paso, me revienta por motivos personales), al lado de un equipo de música donde tenían el disco puesto con la canción. Dicho de otra manera, era una especie de karaoke para heavies de instituto, pero con un tío tocando la guitarra... sin saber tocar más que los riffs básicos.
Todo esto, aderezado con otros chavales justo delante de él, dándolo todo, cuernos en alto, como si estuvieran viendo al puto Joe Satriani.

Aunque tengo que reconocer que en la postura de "Hey, chavales, mirad cómo lo flipo tocando", el chaval sí que se parecía a Satch...


Llegados a este punto de esperpento, le digo a mi amiga lo que tenía que haberle dicho hacía más de media hora. Media hora viendo chavalines berreando, jugando a las cartas, tirando dados, peleándose por ver quién tenía el disfraz de Naruto más molón, haciéndose fotitos para subirlas al Tuenti. Media hora sin ver un puto cómic en un salón del cómic. Media hora viendo merchandising de lo más variopinto, para que el respetable adorne sus chaquetitas con chapitas de los Metallica. Mucho muñequito de Tim Burton, mucho rollo nipón de niños que se han criado en el país de las putas tortillas de patata. Mucho de todo eso que me sobra en el mundo del cómic. Y mucho déficit precisamente de lo que me interesaba, que eran cómics. De eso, como ya he mencionado, apenas había.
Lo que le dije a mi amiga, pues, fue lo obvio:

- Salgamos de aquí echando hostias, antes de que me vuelva verde y me entren ganas de destruir.

Para aquellos que estuvieron en aquel salón y que estaban demasiado ocupados en el concurso de adivinar bandas sonoras de dibus japonakas, eso es una referencia a Hulk. Cuando se ponía nervioso, se volvía verde, crecía y destruía todo lo que se le ponía en la jeta.


Este es Hulk. Sí, amigos Otakus radicales: ¡fuera de Japón también se dibuja cómic!


Huyendo que estamos por el pasillo, cuando un ser me pisa un pie.

- Perdona- me dice.
Antes de poder reaccionar y decirle "No pasa nada", el chaval desaparece, no sin antes decirme que me espere un momento. La cara de horror que mi amiga y yo teníamos apenas un minuto antes se troca en auténtica confusión.
A esto que el chaval desaparece: me recuerda bastante a un goblin, solo que no es verde.
Pero lo más inquietante es que aparece con una flor en la mano. Una de esas flores que, perfectamente, podría haber adornado los jarrones del pasillo.
- Para ti- me dice, sonriente-. Por el pisotón.

Mi amiga podría haberse reído. Podría haber hecho una coña allí mismo. Creedme, es capaz.
No dijo absolutamente nada.
Se quedó allí en medio, plantada, con los ojos como dos platos, contemplando la escena y sin decidir qué expresión darle a su cara: no había salido de la de confusión, cuando se le agolpaba el trabajo; aquello necesitaba ampliarse a "Pero qué cojones" y una cara de simple y llano horror.

- Vámonos- repetí-. YA.

No discutió. De hecho, asintió con la cabeza, como diciendo "Sí, por favor". Creo que esa expresión de "Huyamos, por nuestras vidas" fue la más definida y clara que pudo poner aquella tarde.
Pasamos por delante del chaval que había escrito la novela de fantasía, sin dar oportunidad a que volvieran a darme el flyer. Los gotiquitos (en mi ciudad no hay góticos apenas, sino chavalines que se disfrazan como de vampiros y se hacen fotitos), los emos, los otakus, los visuals, los jebis y demás criaturas de la noche (o al menos, de la noche antes del toque de queda y que suban a casa a merendar) se convierten en un borrón ante nuestros ojos, ya que salimos echando hostias de allí. Creo que si hubiese una banda de caníbales, adoradores de Satán o un grupo de Testigos de Jehová intentando convertir a todo bicho viviente a su causa, habríamos salido menos espeluznados. O todo lo más, no tanto como después de haberle visto la cara al goblin de la flor en la mano.

Imagináos algo como esto, pero con pelo en la cabeza, un color menos verdoso y una flor en la mano.
Acojonante, lo sé.


Por fin, llegamos a la calle. Todavía había algunos seres con pintas extrañas alrededor, pero la proporción con respecto al humano tradicional era bastante menor que en aquel submundo que acabábamos de visitar. Si nos atacaban por no saber quién era Naruto, sabíamos que éramos mayoría con respecto a ellos. Que todavía había calle abierta por la que salir echando hostias.
De allí salimos a toda velocidad, con la firme promesa en mente de no volver a pisar otra vez un sitio así.

Pero somos humanos y cometemos errores.
Yo, al menos, volvería a caer en otro festival de estos de frikismo a ultranza encubierto. Y la experiencia no sería mucho mejor.
Pero de esto y de lo que aconteció aquel día, hablaré en otro momento.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Escupiendo Rabia- Elige tu bando



Desde que puedo recordar, en mi vida reciente siempre he sido testigo de alguna pelea entre colegas o conocidos. Y en el noventa y nueve por ciento de los casos (no digo cien porque generalizar está mal), me he sentido presionado a unirme a un bando u otro de la contienda. Cuando eres más joven, menos experto en las cosas, pero sí más impulsivo, caes en el error de elegir: por filia o fobia personal, ciertas idioteces surgen hasta la superficie y te llevan a unirte a unos o a rechazar a otros.
Cuando pasan los años, te das cuenta de que has estado haciendo el subnormal y de que no has estado luchando tu propia lucha, sino la de otros. En esencia, no has cometido un error propio. Simplemente te has limitado a seguir el de otra persona.

Al superar la adolescencia y la juventud temprana y vas superando ciertas barreras de edad (veinticinco, treinta, treinta y tantos), te das cuenta de que eso empieza a aplicarse a todos los aspectos de la vida o la sociedad: aparte de esas rencillas ajenas que te obligan (o presionan, o esperan que) a elegir si te vas con papi o con mami, se suman todo tipo de tendencias: ahora, con la más mínima puta cosa que sucede en nuestra sociedad tienes que elegir. Con o contra, sin término medio. Sin cuestionarte nada, sin intentar encontrar una postura intermedia entre ambas cosas.
O eres amigo o eres enemigo.

Y es que volvemos de nuevo a los años de la cueva, al Neolítico. Lo he dicho muchas veces, pero la voz de este blog es una voz que predica en el desierto, porque cuanto más escribo aquí, menos veo que cambien las cosas.
Tal vez no consiste en que cambien; tal vez soy yo el anormal o el que está como una puta cabra.
En cualquier caso, no pasa nada si lo repito, porque nadie lo va a escuchar: tenemos mucho miedo. Mucho miedo a ser los que nos equivocamos. A que venga alguien de fuera de nuestra cueva y nos diga que hay un mundo diferente al que nosotros mismos nos hemos plantificado en nuestras cabezas.
Esos que vienen de fuera son el enemigo, la amenaza a la que hay que combatir a sangre y fuego.

"¡¡¡A por el hijoputaaaaaaaaaa!!!"


Supongo que, de ahí que se espere que yo mismo me posicione ante tal o cual cosa. Que diga lo que pienso, como hago siempre. Creo que muchos de vosotros lo estáis esperando y no sé por qué, porque ya ha quedado claro que lo que yo diga importa exactamente una puta mierda. Mi opinión no cambia nada; saber lo que pienso no os hace más felices, ni os crece el rabo cuando lo digo. En todo caso, la mitad de las veces puede cabrearos...
Y es curioso que puedo ser terriblemente crudo a la hora de exponer las cosas pero, a diferencia del discurso de muchos otros, yo no llamo hijo de puta a los que no piensan como yo. No le digo a la gente lo que tiene que pensar. Mucho menos lo que tiene que hacer. Quizás porque considero que todos tenemos ya las entrepiernas lo bastante negras como para saber lo que hacer con nuestras existencias. Y si no lo sabemos, pues macho... cada cual cada uno.

Llegados a este punto, supongo que entenderéis que yo me bajo aquí. Estoy harto de esas luchas intestinas entre unos y otros. De "Este me ha dicho", "Este miente". Estoy hasta las pelotas ya de que se espere que apoye tal causa, que me sume a atacar a tal persona (a la cual a lo mejor ni conozco) o que me dedique a defender a tal pandilla superguai que dicen que molan que te cagas.
Las cosas, por cojones, como que no.

Y fíjese usted que es cuando me niego a participar en nada por cojones (otra cosa es que yo me sume a algo por sentirme particularmente afectado, o defender/atacar una causa en la cual crea/me parezca aberrante) resulta que soy el disidente. El traidor. La persona que no es de fiar.
Inserte aquí su epíteto totalitarista.
Os digo "No quiero participar en esto" y, como vivimos en la puta falacia de "O estás conmigo o estás contra mí" ya se entiende que estoy abrazando la causa contraria o que me lo hago con el enemigo, que tiene las tetas más grandes y ha salido de portada en Playboy varias veces.
Porque somos así de básicos.
Porque es imposible que entendamos que la persona que no está de acuerdo contigo, que no te jalea cuando haces el salvaje igual es gente que sí está de tu parte, pero que no te apoya porque no cree que estés haciendo nada que merezca la pena apoyar. Tíos, a ver si vamos enterándonos de que el apoyo incondicional, la fe ciega y la lealtad contra viento y marea no es más que una muestra de hipocresía de lo más vulgar.


Venga, va. Si el enemigo es esta tía, no tengo problema alguno en revisar mis creencias o en cuestionar mis propias filiaciones.


Hipocresía, sí.
Cágala un día y piensa en lo idiota que te sientes al descubrir que la gente que te rodea, consciente de ello, en lugar de decirte "Macho, estás metiendo la pata hasta el sobaco" lo que han hecho ha sido animarte. Alzar los puños y decirte que muy bien, que así se hace. Que de puta madre, que sigas.
¿Eso es un amigo?
¿Eso es defender una idea?
Peor aún, cuando lo haces tú y te animan... pero si lo hace otro al mismo tiempo que tú se lleva hostias hasta en el carnet de identidad. Eso en mi tierra se llama maniqueísmo, donde unos son los Buenos (hagan lo que hagan) y los otros son los Malos (que jamás se redimirán porque los ha parido Satán).

Y es que así es como somos: los que están de nuestro "lado" son unos angelitos, nacidos sin mácula. Ya pueden estar ametrallando guiris en un parque que los vamos a justificar. Probad con los Otros, los que vienen de más allá de la puerta de la cueva. Para nosotros, esos no son seres humanos: son demonios, animales, hijos de puta sin cerebro que no sirven para nada más que para hacer el Mal. Nunca se nos pasará por la chota de que esos tíos en cuyas putas madres nos cagamos son precisamente tan humanos y falibles con nosotros. Gente con madres, que tiene una vida, unas aspiraciones y unos miedos como todo hijo de vecino.
Pero eso no lo pensamos: nos resulta más fácil trazar la línea en el suelo y dividir el mundo entre los Buenos y los Malos. Un mundo en blancos y negros, donde... ¡Oh, sorpresa! Nosotros siempre elegimos el bando de los Buenos y nos sentimos impelidos a luchar contra el Mal. Es fácil pensar que los Otros estarán trazando planes maléficos de conquista mundial en algún salón a oscuras mientras se ríen de un modo atronador. Partiendo de esa base, TODO cuanto hacen esos Malvados Enemigos consiste en conspirar, mentir, traicionar y sembrar Maldad a su paso.
Nosotros, por tanto, nos convertimos en las Fuerzas de la Luz: todo lo que hagamos llevará ese sellito de "Pero es que lo hago YO, que soy de los Buenos" y no nos cuestionamos jamás que igual nuestra moral pueda ser discutible, que podamos estar metiendo la pata o sencillamente que seamos tan cabrones como la gente a la que ponemos a caer de un burro.

Asumidlo: nuestros enemigos (o la gente que nos cae mal, en su defecto) no se reúnen en un salón para decir "¡Tenemos un plan maléfico, MUAJAJAJAJAJAJAJJAJA!"
Es posible que a la mayoría ni siquiera les importemos un carajo.


En gran parte, de ahí viene un poco mi nihilismo (al que muchos confundís con rabia, cabreo o enfado) hacia la raza humana. Pero es que pasa como la persona a la que la pareja le ha puesto los cuernos tropecientas veces; ante eso tienes dos opciones: una, negarlo todo y vivir en la ignorancia mientras la otra persona se cepilla a todo lo que se menea, o bien no creerte absolutamente nada porque todo lo que te has tragado hasta la fecha son mentiras.
Yo he optado por la segunda opción. No elijo bando porque, en toda contienda que me estoy echando a los morros últimamente ningún bando me ha resultado convincente. Ninguno es poseedor de ese Bien Absoluto que proclaman tener; sin embargo, ambos se saltan conceptos como la honestidad y acaban por asumir la filosofía de que el fin (SU fin) justifica los medios (SUS medios).
Unos por otros.
Los otros por los unos.
Y te das cuenta de que esto es un nido de víboras o, usando términos menos políticamente correctos, una puta merienda de negros, donde cada uno en realidad a lo que va es a pillar el cacho de carne más gordo y, si puede arrearle una hostia en la nuez al de al lado para que coja menos, pues mejor. Que se joda el de al lado.

La cuestión es justo esa: no hago más que ver MENTIRAS. Tergiversaciones. Unos que se hacen las víctimas y los otros que son de decir "No, si yo no he hecho nada". Dedos que se acusan los unos a los otros y que, por el rabillo del ojo, te miran a ti para que te pringues y te quedes con alguno de ellos. Ambos, curiosamente, te van a decir "Has elegido sabiamente al unirte a nosotros"... pero luego siempre te añaden "Venga, vamos a joder a esos cabrones".
Por sistema.
Eso, para mí, es lo que hace que no haya verdadera diferencia entre unos y otros. Siempre habrá quien te diga "No somos iguales", pero ya sabes que lo que viene a continuación es propaganda: una disertación acerca de la cual sus fines son más nobles que los de los demás.
Y te lo tienes que creer.

Pues señores, da la puta casualidad de que yo no soy el pesimista que os creéis que soy, ni vivo tan cabreado como os creéis. Lo que soy es un escéptico, y no, no es que esté cabreado. Lo que estoy es harto ya de que se me meta en historias en las que no tengo nada que ver. De pedirse que me posicione ante tal acontecimiento o ante tal colectivo. De que acate, de que siga dogmas. Porque resulta que cuando cuestiono las cosas, hago preguntas o no termino de ver las cosas tan claras, ya no molo tanto.
Muchos preferís que agache la cabeza y que os dé la razón.
O de que os jalee, diciendo qué chulis que sois, y cómo molan las cosas que soltáis por la boca.
Me sorprende enormemente de que, a estas alturas de la película, esperéis eso de mí. De que, tras pegarme un siglo diciendo "mejor pensar por uno mismo que dejar que otros piensen por uno", ahora queráis que me una a una causa o que defienda a tal o a cual sin preguntarme nada. Sin plantearme cuestiones de muy diversa índole.

Pues va a ser que no.
Uno no es un robot que acepta protocolos preestablecidos sin reservas.


Creo que ya deberíais saber que yo tengo mi propia forma de ver las cosas. Errónea o acertada, eso da casi igual, si partimos de la base de que mi opinión es forjada en base a mi experiencia o en base a las conclusiones que saco tras analizar las cosas exhaustivamente (la longitud de mis posts, especialmente en el apartado Mesa de Autopsias deja bastante claro -o debería- que procuro no dejarme absolutamente nada sin someter a estudio o sin sopesar) y que, si lanzo una opinión, puede estar equivocada, pero no es gratuita ni a la ligera.
Otra cosa es que lo que opine no os guste o que no case con vuestro credo, sea cual sea. No es algo que me quita especialmente el sueño, porque parece ser que la opinión es como la mierda: sólo nos gusta como huele la nuestra; la demás nos da asquete la mitad de las veces. Y nunca os paráis a pensar en esa Ley del Embudo que aplicáis con ello: a los demás nos tiene que gustar vuestra opiníon, pero la nuestra... ay, amigo, qué equivocados que estamos. Qué cabrones que somos por no agachar la cabeza y lameros el ojete cuando abrís la boca.
No podemos ser peores personas.

Ya no estamos en la Edad Media; sin embargo, eso del vasallaje se sigue llevando. Cada año que me hago mayor, más y más frecuentemente veo esas defensas a ultranza de gente que no hace NADA malo, que son inmaculadas hagan lo que hagan. Que JAMÁS cometen errores y que TODO lo que hacen es un ejemplo a seguir para el resto de nosotros, pobres mortales. Conforme más pasan los años, veo más y más espadas juramentadas, a lo Juego de Tronos. Gente que parece dispuesta a morir o a llevarse hostias por otra gente, solo porque esa "gente" se llama Tal, Cual o Pascual.
La Gracia Divina concedida por un Nombre.

Luego estamos los demás: aquellos que no nos agachamos. Los que nos hacemos preguntas. Los que no le reímos las gracias a quienes tienen menos gracia que pillarse la punta del nabo con la bisagra de una puerta. Esos somos los que no somos de fiar. Los que, a la corta o a la larga nos convertimos en blancos de sospechas. En proscritos. En disidentes.
Pues bien, señores, ha quedado claro que, diga uno lo que diga, siempre se va a encontrar una lluvia de pedradas en respuesta; eso, o suspicacias. Esperanzas de que le dé al personal la razón como a los tontos, que eso es lo que resulta reconfortante.
Lo siento, señores.
Yo me bajo en esta parada.

martes, 18 de septiembre de 2012

Angst- Treinta y tres años de Oscuridad



Llegas a los treinta y tres.
Edad simbólica, dicen.
Esa edad que, si has nacido en una cultura occidental, se identifica con la que tenía cierto señor que, según la leyenda, fue fustigado, apedreado, apaleado, escupido y crucificado hasta la muerte.
Si además te has criado un poco en un contexto en que te enseñan el ejemplo del amigo de Nazaret, tiende a ser inevitable que le des vueltas a la cabeza. Lógicamente, no voy a entrar en compararme a mí mismo (de lo que rápidamente me acusarían ciertos personajes de cierta página web al leer este post) con la figura de Jesucristo. No he llegado aún a ese complejo de Mesías que caracteriza a los aspirantes a conquistadores mundiales, a los tiranos y a más de un presidente de comunidad de vecinos. Nada más lejos de mi intención.

Me refería más bien a lo que es el ejemplo de una figura histórica o cultural; antes de que los ateos radicales y aquellos que tenéis fobia a todo sentimiento religioso empecéis a echar espuma por la boca, no voy a entrar en el factor divinidad. Para mí la figura de Jesus de Nazaret ha contado mucho más como figura filosófica que como Hijo de Dios. De hecho, creo que si no hubiese tenido esa historia de "Mira Quién es su Padre" detrás incluso me habría resultado todavía más interesante. Porque resultaría que uno de nosotros, un simple humano, nacido de padre y madre (y sin palomas esotéricas por medio) podría ser capaz de mucho bien. De pensar que, joder, ya está bien de tocarnos los cojones los unos a los otros y dejar de hacer el gilipollas, para variar. Conceptos religiosos aparte, a mí esa idea me parece de puta madre (otra cosa, claro está, es la tajada que los listos de sus seguidores quisieran sacar de ella y el negocio que montasen a su costa).

Volvamos a lo poco que sabemos de ese Jesús humano.
De su vida personal se sabe más bien poco; la leyenda dice que vivió en la zona de Galilea, que se crió como el hijo de un carpintero y que probablemente él mismo siguió esa profesión hasta que empezó a predicar. Según esa leyenda y algunos datos históricos, se sabe que lo que predicaba tenía un cierto carácter revolucionario. Que desafiaba al pensamiento regente, de un modo (que sepamos) pacífico y predicando precisamente el buen rollito entre las personas.
Hablamos de un tipo que parecía no tener ningún problema en predicar (o sanar) en Sábado, pese a que los judíos, su cultura natal, lo prohibían expresamente. Quizás porque para él importaban más los actos que los cánones establecidos. Especialmente cuando esos cánones son básicamente absurdos y están más basados en la tradición que en algo lógico.
Era un tío que llegó con la idea (o La Palabra, si sois muy creyentes) de que ya estaba bien de vivir temerosos de un Dios racista de venganza y odio. Que el Amor era lo que debía mover el mundo.
Era un tío que te decía que las posesiones no servían de nada en un mundo espiritual, aunque también decía que pobres habría siempre; lejos de ser antinómico, a mí me gusta traducirlo como "a la mierda lo de 'Tanto tienes, tanto vales'". Que una cosa es que seas rico o pobre, y otra permitir que midan tu dignidad o tu moral en base a eso (de hecho, Jesús tuvo amigos ricos, como José de Arimatea, que fue quien supuestamente pagó su entierro).

Puede que no seáis religiosos, lo que me parece bien. Cada uno con sus creencias y con lo que quiera pensar acerca de la divinidad, la vida ultraterrena o el tamaño del fistro de Nacho Vidal. Pero creo que estaréis de acuerdo conmigo, desde el punto de vista filosófico o social, en que estas ideas arriba expuestas están de puta madre.
Jesús de Nazaret fue el primer puto hippy.

El Jesucristo Colega. No tan desencaminado del mensaje original, si lo pensamos...


Pero no todo fue guai en su vida. Ni siquiera en la de alguien que ha sido divinizado por la tradición. Pese a que el amigo Jesús se convirtió en leyenda, no se llevó pocos disgustos: sus mejores amigos fueron de esos que, no solo yo, sino TODOS hemos conocido. De esos que te llegan diciendo que te van a seguir a cualquier parte, que jamás te abandonarán. De esos que te alaban, que te dicen que les encantas, de los que te prometen el oro y el moro... y en cuestión de un año, o puede que menos, te abandonan en el peor de los momentos. En el momento en que las cosas se ponen difíciles, te niegan tres veces, te venden por treinta monedas de plata o se esconden en unas catacumbas para salvar el pellejo mientras a ti te dan de hostias.

Este amigo, pobre hombre, tuvo que ver cómo lo que predicaba se convertía en mierda cuando uno de sus propios discípulos, en el momento en que le echaron el guante, le rebanó la oreja a la autoridad. Predica la paz y el buen rollo para ver como un subnormal que se supone que te sigue se mea en ella ejerciendo el uso de la violencia más salvaje. Eso sería para decir "Macho, ¿y para esto os digo que perdonéis a vuestros enemigos? ¿Para eso me he pateado todo este puñetero territorio? ¿Para que a las primeras de cambio mis propios seguidores se conviertan en la gente a la que yo mismo critico?"

Lejos de compararme con Cristo (una vez más, sí, me repito, lo sé, ¿qué pasa? Que luego siempre hay alguno que no termina de entender las intenciones de lo que digo), tengo que decir que para mí que todos hemos pasado por esto.
Y si no todos, los suficientes como para decir "esto no es un hecho aislado".
Todos los que hemos intentado rebelarnos con las formas de pensar impuestas, con eso de aceptar dogmas establecidos y lo hemos dicho abiertamente, nos hemos llevado hostias dialécticas. A muchos la misma gente que hace algún tiempo nos adoraba y nos comía el rabo (literal o metafóricamente) pasa a sumarse a la masa que te ataca, te desprecia y te pone la zancadilla cuando estás cargando tu propia cruz. Cuando tú mismo estás subiendo a tu Calvario personal, aquellos que te daban palmaditas en la espalda son de esos hijos de puta que te la apuñalan. Y una vez en la cruz, sólo quedan unos pocos que realmente te apoyan o se compadecen de tu suerte.
Todo porque igual has dicho algo que ellos mismos piensan, pero que no han tenido los cojones de expresar abiertamente.
O porque has dicho algo que no mola. Que les rompe los esquemas. Que desafía a ese Pensamiento Único contra el que llevo luchando casi toda mi puta vida.
En ese momento es cuando te conviertes en un ser decepcionante, que no está a la altura de las expectativas creadas. De ahí pasas a ser ignorado, a no importar una puta mierda. A la invisibilidad.
Mundo bipolar.

Bueno, creo que "Luchar contra el mundo" no es exactamente esto...


Y es que esto de ir contra corriente no es una cosa nueva, amigos Distópicos. Son más de quince años negándome a ser uno más, no porque así sintiese que molase (jamás molas siendo un bicho raro, os lo aseguro), sino porque no me sentía como uno más. Porque cuando tanta gente iba en una dirección, yo siempre me preguntaba "por qué". Y como nadie me respondía, ya tenía un motivo de sobra para explorar otros territorios.
Son más de quince años luchando contra propios y extraños, recibiendo no pocas puñaladas entre las costillas de gente que aseguraba, juraba y perjuraba que siempre estaría de mi lado. Que jamás me vendería o me traicionaría. Que jamás me dejaría en la estacada. Quince años en los que he visto cómo esa mentira se repite una y otra vez; de diferentes labios, con diferentes palabras... pero al final, las palabras se las lleva el viento y lo que permanecen son las acciones.

Yo, por mi parte, ni he sido nunca ningún santo ni estoy libre de pecado. Preguntad por ahí, y más de uno os lo puede corroborar. Yo me he visto obligado a ejercer el papel de Judas en más de una ocasión. Nunca por gusto ni disfrutando, eso sí... pero eso no me exime. Muchos también se han sentido traicionados por mí: porque no les he defendido ciegamente, porque les he retirado mi apoyo, o sencillamente porque he pasado de ellos como de la mismísima mierda cuando me necesitaban. Quizás porque, como he mencionado alguna vez, mi concepto de la lealtad no es para con la persona. Yo no creo en la defensa a ultranza de alguien haga lo que haga, porque me parecería parcial y maniqueo. Incluso falso, ya que partiendo de esta base podría encontrarme defendiendo a alguien que hace exactamente lo mismo que otra persona que no es amiga mía. ¿Debería, por tanto, defender a uno y atacar al otro, por razones de lealtad? Y de hacerlo, ¿estaría siendo justo?

Más bien puede decirse que mi lealtad es para con sus ideales: soy leal a mis ideales y a los de los demás, siempre y cuando coincidan con los míos; pero, si esa persona se mea en sus propios valores, o bien resulta haber estado predicando unos valores que no tiene, yo siento que ya no tengo nada que me vincule con esa persona.
¿A qué me ha llevado eso? Pues a que mi lealtad o mi fiabilidad a menudo se han puesto en entredicho. A dejar de ser lo más molón a convertirme en alguien que levanta ciertas suspicacias porque no doy la razón como a los tontos... o no la doy a la ligera, o simplemente no la doy porque no creo que la tenga; porque no sigo la teoría de la "víctima". Es el caso de un gilipollas al que conocí en mi época del instituto, que tenía cierta tendencia a insinuar que las tías que le rechazaban eran de las de calentarle para luego largarse; hasta que una de ellas resultó ser amiga mía. Hasta le dolió al muy subnormal que no le diese la razón a él, como el resto de nuestros amigos comunes.

"¿Perdona? ¿Que te dé la razón en QUÉ?"


Pero no importa, amigos Distópicos.
No importa lo cansado que estés de estas cosas. No importa lo terriblemente cansado que estés de que la gente que tienes a tu alrededor pase de ti como de la mierda por no ponerle buena cara cuando te cuentan verdaderas barbaridades. Y creedme, he conocido a unos cuantos que me han contado cosas que me han dejado flipando. Te pongas como te pongas, en el momento en que dices lo que piensas, tarde o temprano dejas de molar. De ser guai.
Igual porque no tienes esa dispensa moral que tienen muchos Nacidos Con Estrella. Esos seres que brillan con luz propia, y al que todo Cristo les justifica lo que hagan. La clase de pavos que podrían tirarle los tejos a una chica a la que intentas conocer mejor, sin importarles que estés tú delante. Esos tíos siempre cuentan con gente que les defenderá a capa y espada y con la que harán camarilla para hacerte el vacío.
Prueba a ser tú el que cuenta esas barbaridades a las que hago referencia arriba y ya me dirás si tus amigos te censuran/alaban exactamente del mismo modo que a cualquier otro.

Da igual que estés cansado de eso, porque nuestra voluntad aquí importa una puta mierda. Esta guerra, pienso a veces, es eterna. Una lucha sin cuartel ni tregua, donde el enemigo, ese Caos reptante, te asedia por todas partes.
En ese aspecto, somos como Troya.
Somos los espartanos en las Termópilas.
Somos Verdún en la Primera Guerra Mundial.
Que caigamos es cuestión de tiempo. Que el Caos, que el desorden vuelva a adueñarse de nuestras vidas, poniendo todo nuestro entorno del revés no siempre depende de nosotros. No totalmente, al menos. Hoy tenemos unos amigos, y una gente que nos quiere y al año siguiente la gente es totalmente diferente. Algunos de los que ya no están a tu alrededor no lo están por cuestión de distancia, trabajo o familia. Lo están porque te ignoran totalmente, bien porque no les bailes el agua o bien porque tengan con quien acostarse y tú dejes de formar parte de los primeros siete mil doscientos primeros puntos de su lista de prioridades en la vida.
Admitámoslo, todos hemos conocido a ese o a esa que, en el momento en que tiene donde meter la churra/quien les rellene el agujerito pasan de ser nuestros amigos amiguísimos de toda la vida o nuestras amigas (de cualquier grado) a gente totalmente ajena a nuestras vidas.
Alzheimer selectivo a base de intercambio de fluidos.

O bien son de los que te odian. Te desprecian. Quieren verte destruido, o, en el mejor de los casos, si estás hecho una puta mierda no es que les dé igual: es que les parece cojonudo. Es que los muy desgraciados aprovechan esos momentos en que no te encuentras el culo ni con un mapa para ponerte el pie en la nuca y seguir machacando. Seguir hundiéndote.
Y ante eso tienes dos opciones: rendirte o pelear por sobrevivir.


Yo, en momentos así de jodidos, tuve muy clara mi elección.

No rendirse.
O lo que es lo mismo "Si caigo me llevo a algun hijoputa por delante".



No es que nos guste luchar, no nos confundamos.
A nadie le gusta tener que ser la aldea gala que desafía a los romanos, como sucedía en Astérix. Pero cuando te das cuenta de que el mundo, por lo general, no soporta a las minorías, resulta que no hay más cojones. Niégate a participar en cualquier lucha abierta, o bien niégate a que te envenenen. Puedes intentar pasar de todo y recluirte en una cueva, pero siempre vendrá alguien a buscarte para que participes en una Ilíada; no importa que te hagas el loco y te pongas a arar un campo sin arado, porque siempre se las apañará alguien para presionarte y lanzarte al campo de batalla.
No nos gusta luchar, pero tenemos que hacerlo. No es algo que elijamos. No es un puto hobby.
Llamadlo supervivencia.
Porque el Caos está ahí. Las cosas cambian, pero no nosotros. Y esa, quizás, es la desgracia más grande que tiene el ser humano. Que tiene que soportar los cambios que se producen a su alrededor.

El Caos no son sólo riñas personales, no nos quedemos en lo superficial. No es simplemente la puñalada trapera o el fulano que no para de meterle a la chavala a la que intentabas conocer hasta acabar metiéndole el pito, por encima de tu amistad con él. 
El Caos es desorden. Poner las cosas del revés. Cuando aquello en lo que crees (familia, amigos, carrera, etcétera) se pone patas arriba, luego patas abajo y da tres vueltas de campana. Es levantarte un buen día y no tener ni puta idea de qué coño ha pasado con tu vida y con el Universo personal que te rodeaba. Cuando ves que, no es que las cosas cambien... es que da la impresión de que se han ido todas a la mierda, una detrás de otra.
Cuando empiezas a pensar que no hay nada lo bastante estable, lo bastante sólido, en lo que depositar tu fe.

Algo así como una puta colchoneta, para qué nos vamos a engañar.


Por eso quizás lo único que queda, una vez visto que no existe nada a lo que agarrarse en esta borrasca que parece durar casi toda una vida, es en aquello en lo que crees. Puede que no sea gran cosa; de hecho, las creencias de uno generalmente sólo tienen cabida y validez en el reino interno de uno. Más allá de esas fronteras es internarse en países desconocidos y tierras pantanosas... pero es lo que tenemos. Eso o entrar en el talibanismo, en imponer nuestro criterio sobre otros. En decirle a la gente exactamente qué es lo que tiene que pensar. En persuadirles de que su modo de vida era una puta mierda hasta que llegamos nosotros y les iluminamos. En hacer que otros agachen la cabeza y pasen al vasallaje puro y duro.
Hay quien lo ha intentado conmigo.
Al final, todos se han dado cuenta de que han estado perdiendo el tiempo. Si ya me aburren los mensajes de las teleoperadoras para que me cambie a sus compañías de teléfono, imaginad cuando me dicen lo que tengo que pensar de la vida, el universo y todo lo demás.

"Me abuuuuuuuuuuuurrrooooo..."


Yo no soy de creer que nuestras creencias (sean cuales sean) no nos convierten en mejores personas que a los demás. No hacen que seamos más guapos, más listos o que nuestra picha sea más grande. Creemos lo que queremos, y son nuestros actos los que ponen en evidencia lo que somos, nada más. El chovinismo ideológico no casa conmigo.
Sin embargo y pese a todo esto, me gusta pensar que es mejor morir según tus creencias que vivir según las de otros. No por sentirte superior, no porque moles más.
Joder, básicamente porque es lo único que tenemos: nacemos solos, morimos solos. La familia está ahí, pero no eternamente. Los amigos, bueno... te los encuentras por la vida y, como ya he expresado, a menudo desaparecen. Nuestras posesiones son algo temporal.
No somos nuestro equipo de fútbol.
No somos la música que escuchamos, ni el movimiento al que pertenecemos.
Somos, o deberíamos ser algo que va mucho más allá. Y ese algo está dentro de nuestras cabezas.
O debería estarlo, siempre y cuando decidamos cuánto queremos seguir, y cuanto queremos ser.

Quizás eso es lo que el amiguete Jess pensó en su momento. Quizás, con su mejor intención, creyó que el mundo podría ir a mejor si todo el mundo tuviese ese concepto de hermandad. Esa idea de no intentar imponernos los unos sobre los otros. De no jodernos.
A veces creo que es mejor que palmase, porque si viera la que se lió en su nombre, probablemente se habría arrepentido de haber abierto la boca y habría preferido dedicarse a lijar mesas el resto de su vida.

Y esta, amigos Distópicos, es la clase de reflexiones a las que se dedica uno cuando llega a los treinta y tres y hace balance de la cantidad de cosas por las que ha pasado.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Escupiendo Rabia- El Pecado Capital de Sobarse el Potorro



Resulta más que curioso ver la tele en un sitio público y fijarse en las reacciones del personal cuando sale la última lapidación en Nigeria: ves indignación y ese sentimiento de condescendencia que destilamos aquellos que hemos tenido la suerte (¿suerte?) de nacer en el Primer Mundo. Nosotros, en la Superioridad que la Democracia nos otorga, nos vemos moralmente superiores para juzgar a esos salvajes como "inferiores" o decir que viven en "la barbaria". Nuestra óptica, siempre desde la más clara tolerancia, siempre con esa frase de "yo no soy racista, pero..." es la que dicta sentencia y la que cataloga a todo lo que venga de más allá de nuestras fronteras como "salvajes".

Esto, por supuesto, no se extiende a los países árabes (por países árabes me refiero a los de siempre: de otros sitios como los Emiratos Árabes nadie dice ni mu, curiosamente. Esos son musulmanes, pero parece ser que son musulmanes que molan, fíjese usted): los colegas que viven al otro lado del charco no se quedan atrás a la hora de recibir sus regulares mantas de hostias. A ellos también los acusamos de bárbaros, salvajes y anormales cuando vemos que en sus películas y en sus televisiones hay tanta censura como la que pudo haber aquí en los setenta; nos descojonamos cuando nos cuentan que para escuchar palabrotas o ver tetas tenemos que irnos a un canal de pago.
En días así es cuando uno piensa el cipote que se ha montado con las rusas esas a las que han censurado por montar un pollo en una iglesia y nosotros nos rasgamos las vestiduras, diciendo que menudos bestias los rusos, que qué hijoputas los curas, en general.

Es en ese momento cuando siempre hay alguno que, poniéndose muy bien puesto, dice que como la tolerancia y la apertura de miras que hay en España, ningún sitio. Nosotros ni somos racistas, ni mucho menos machistas. Somos lo más progresista que existe.
Y eso nos lo tenemos que creer.

Pongo el caso del vídeo de moda, donde una señora concejala ha saltado a la palestra porque le han interceptado un vídeo de corte guarrindongo en que sale sobándose el chumino.
Veo las reacciones de nuestra opinión pública, esa "Sabiduría Popular" consistente en el berreo, el apedreo y el insulto gratuito y me entran ganas de vomitar hasta la puta primera papilla que me metieron por el pescuezo.
Insultos, acusaciones de "zorra" y "puta" e insinuaciones de que podría haber sido presionada para dimitir de su cargo.
Y somos progresistas, y nada machistas, tócate los huevos a dos manos.

Los cojones.
Los putos cojones.


Resulta que, unos días después, van esclareciéndose los primeros detalles: ese vídeo ha sido robado, lo que constituye un claro componente de violación contra la intimidad de una persona. Es llegar esa noticia y no pasa nada: la Sabiduría Popular ha dictado sentencia y ha decidido que esa mujer no puede llevar a cabo un puesto político. Que no es de fiar.
Por pasarse los dedos por el potorro y grabarlo, menudo crimen.
Y es que claro, a nadie le ha importado tres cojones que la señora no estaba cometiendo absolutamente ningún delito. Que el grabarte mientras te la meneas, te frotas la pepitilla o te dedicas a darte amor del bueno (o del malo, que hay gente para todo) con tu señora/pareja/follamiga NO es una acción delictiva. No si, obviamente, no te dedicas a salvajadas como poner voluntariamente la grabación en una guardería ni nada por el estilo, claro...
Lo que SÍ es un delito ha sido precisamente ese robo con agravante de atentado contra la intimidad y el honor de las personas. Ese es un delito jodidamente grave y fijaos hacia dónde la Sabiduría Popular ha lanzado sus piedras y lechugas podridas.
Contra la víctima.

Pasan más días y nos enteramos de que la señora en cuestión no estaba frotándose el chiniwini para pasárselo a su marido, como pensábamos. Al parecer, se los estaba poniendo con un fulano del ayuntamiento, el cual (presuntamente) ha sido el responsable del cipote que tenemos montado por aquí.
Esto nos demuestra que, puede que la señora no sea una santa... pero insisto: NO ha cometido ningún crimen. Todo lo más, ha hecho algo moralmente discutible; pero la moral de cada uno, y más en el terreno de una pareja es algo que compete a la propia pareja en sí y no al puto país en pleno. No cuando esas actividades de moralidad discutible no constituyen ningún tipo de delito. Puede constituir causa de divorcio, de una crisis matrimonial o lo que os salga del puto ojete, pero hoy en día la gente NO va a la cárcel por ponerle los cuernos a su pareja.

Lo de las insinuaciones sobre que dimita de su cargo directamente me hacen pensar que todo en este país de subnormales y de manadas de ratas es de chiste: resulta que si una persona comete una acción moralmente discutible (pero no penable) EN SU VIDA PRIVADA, debe dimitir de su cargo. Eso me lleva a pensar en el regreso de los tribunales de honor que, oh, sorpresa, están EXPRESAMENTE prohibidos en nuestra Constitución en su artículo 26.

Ahora, llegará la pregunta: ¿Qué es exactamente un Tribunal de Honor?
Según lo que me explicaron en la academia de oposiciones (de algo me ha tenido que servir un año chupando leyes), estos tribunales se crearon allá por el s.XVII para evitar los duelos a muerte. Era una forma de "legislar" ese tipo de ajusticiamientos sobre la conducta de una persona, no especialmente democrática: si te pillaban en una conducta que la moral de la época (no necesariamente la ley) consideraba como "impropia", se te podía juzgar en un Tribunal y ser depuesto de tus funciones. Eso, si no ibas a la cárcel. Dicho de otro modo, si en épocas más recientes existiesen estos tribunales, no podríamos darnos el lote con una desconocida en un bareto por considerarse "inmoral". Actitudes tan indecorosas como esa podrían suponer que perdiésemos nuestro trabajo. Multa, o incluso cárcel.
Este tipo de cosas se perdieron ya con la llegada de la democracia, donde lo moral no tenía por qué ir en absoluto ligado con lo legal. Dicho de otro modo, mientras tú no cometas delitos, tu vida privada es tuya y estás amparado por la ley a permanecer en tu puesto de trabajo.

"¿Sabe usted de qué se le acusa?"
"Ehmmm... ¿De darme el lote en un parque?"
"Así que reconoce el crimen"
"Bueno, tanto como crimen... era con mi novia"
"¡CULPABLE! ¡HEREJE!"


Volviendo al asunto, lo que tenemos aquí es que el Pueblo Llano (a veces creo que lo de "llano" viene por clara referencia a su encefalograma) ya ha montado su propio tribunal de honor. Como siempre, antes de saber qué coño ha pasado con detalle, ya han lapidado a una mujer. No con piedras ni quemándola a lo bonzo en países en donde su actitud misógina es menos hipócrita, sino a base de insultos y de convertir su vida personal en un puto asunto público. A base de amenazar a una persona que (que se sepa) no ha sido imputada en un caso de corrupción ni demás acciones delictivas con echarla a la puta calle por grabarse en pleno acto masturbatorio.
Porque claro, da la puta casualidad que eso de frotarse la entrepata es malo. Es inmoral. Te quedas ciego y si tienes hijos te saldrán gilipollas. En España, por lo que se ve, ya nadie tiene sexo de ningún tipo. Ni con otras personas ni consigo mismos, porque eso es malo. En este puto país de trogloditas oligofrénicos, somos inmaculados, nacidos sin tacha y totalmente asexuados. Eso nos convierte en jueces, jurados y verdugos y podemos crucificar y escarniar públicamente a cualquiera que se la menee o a cualquiera que sobe a otra persona (de su mismo sexo, o bien de otro, parece que todo sexo ya es malo) y se sepa. Si la persona a humillar encima es una mujer, parece que tenemos el doble de puntos de experiencia. Nos encanta humillar a mujeres que disfrutan de su sexualidad, al tiempo que curiosamente miramos para otro lado cuando eso lo hace un tío. Porque, mucha gilipollez, pero si hubiera sido un tío el que le hubiera puesto los cuernos a su mujer, no se habría montado ni la mitad del teatro que se ha montado aquí. No hubiera habido un corrillo de gilipollas gritando "Puto" o "Zorro" y, yendo aún más lejos, no se habría planteado la idea de que dimitiese.

Diréis que exagero, pero sólo tenéis que entrar en cualquier red social, o ver lo que se dice de cualquier modelo o simplemente de alguna chavala que vaya por la calle sin demasiado pudor a la hora de vestir. Esa chavala automáticamente recibe la Letra Escarlata de Hawthorne, aunque sea soltera: igual no la llaman "adúltera", pero es vista exactamente del mismo modo que Hester Prynne a finales del s.XVII. La señalan con el dedo, mancillan su honor (que lo tiene, y puede que más que muchos que van de dignos por la vida) y se lanzan argumentos tan animales y tan despreciables como decir que "Si la violan es culpa de ella por ir provocando".
Ante casos como este último no puedo evitar acordarme del fulano aquel que conocí hace un montón de años, que pasaba de una compañera como de la mierda. Ya no como pareja, sino es que ni siquiera le dirigía la palabra. La chica no era fea, pero él iba a su rollo. Iba hasta que la chica desapareció una temporada, se puso tetas y reapareció en una cena de Navidad. Esa noche la chica parecía su mejor amiga, y el fulano se hizo centenares de fotos con ella.
Me tuve que contener las arcadas cuando escuché la frase de "A ti no te hacía ninguna falta operarte, porque ya valías mucho".
Les perdí la pista a ambos después de aquello, pero era evidente que la chica, habida cuenta del baboseo descarado, pasaba de él y de sus patéticos intentos de tener algo con ella.
En cualquier caso, no creo que yo tuviese muchas ganas de oír los comentarios del chico después de la noche en que vio la "transformación" de la compañera, porque me los imaginaba. Más aún sabiendo que no tenía ni la más mínima oportunidad para trajinársela. Se ve que la chica tenía algo de buen gusto, después de todo.

"¿Perdona? ¿Liarme YO con ESE, que le costaba hasta dar las buenas tardes? Estarás de broma, imagino..."



Esta, amigos Distópicos, es nuestra sociedad. España ha demostrado con esta actitud que no ha evolucionado una puta mierda desde hace décadas a las que tildan de "oscuras" y "malignas" y que parecen ser el origen de todo Mal... pero sin pensar que seguimos actuando así, sin que haya un Dictador (salvando la dictadura de la Ignorancia y el Odio Irracional) que nos diga cómo pensar. Seguimos siendo unos mezquinos y unos hijos de la grandísima puta que aprovechamos la más mínima para mostrar nuestro odio sobre las mujeres. Buscar la mínima ocasión, donde una mujer hable o disfrute libremente de su sexualidad para reducirla a la puta, a la guarra y a la calientapollas. Porque se ve que esas actitudes son propiedad única y exclusiva de los hombres. De los machitos que se comen una y se cuentan veinte. Ojo, señoras, no vayan a quitarles su hegemonía, que se sienten menos viriles.

Pero no nos confundamos, ni nos quedemos en lo básico. Aquí hay hostias para todos: que el machito ibérico aquí no es el único en lanzar tomates podridos contra la tía buena de turno que usa un trapo para taparse el culo. La envidia es el deporte nacional, y ante esta clase de situaciones, no faltan otras mujeres que se mean en su propio sexo tildando de "guarras" y "lagartas" a aquellas que tienen menos tapujos. A aquellas que igual son más conscientes de su propio atractivo, o bien a aquellas que piensan que en el cuerpo humano no hay absolutamente nada de lo que avergonzarse.
Lamentablemente, a día de hoy existen mujeres tan machistas como los propios hombres, que no dudan en posicionarse en el lado más radical y beligerante, y asumiendo que si un tío se cepilla a la mitad de su clase es un Dios del Sexo, pero sí es una tía la que lo hace es La Guarra Más Grande del Reino.

Es esa gentuza, tanto la Puritana de Poca Monta como el Machito Destronado, así como muchos otros especímenes de este país de hipócritas y malnacidos, la que hace que me entren ganas de vomitar.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Spanish Bizarro- Una tarde en la EMT



Cuando curras a domicilio, tienes básicamente dos opciones: o vas en coche al trabajo, con el consiguiente encabrone de pagar la gasolina y preguntarte dónde hostias te vas a meter el coche, o bien tirar de transporte público, con la cantidad de consecuencias que ello implica. Si además eres como yo y no te gusta lo bastante eso de conducir como que te plantees eso de sacarte el carnet de conducir, la elección es obvia.
De hecho, se puede decir que no hay opción que valga.

Lo interesante de coger el autobús prácticamente a diario es que es todo un cúmulo de experiencias. Es ahí donde puedes ver gente de lo más variopinta y pasar por situaciones que, en la puta vida, se te habría ocurrido que ibas a presenciar... o sufrir.

Esta historia que voy a contar es real, fruto de una de esas tardes en que todo se te pone del revés y el mundo parece detenerse dentro de un autobús. Damas y caballeros, bienvenidos a la Empresa Municipal de Transportes, también conocida como EMT.

Todo empieza una de esas tardes en que sales de casa y te das cuenta de que tienes que recargar el bono-bus. Para aquellos que viváis en una ciudad en la que el sistema es diferente a como se hace aquí, o bien para aquellos paisanos que vivís en una cueva aislados del mundo, el bono-bus tiene la forma de una tarjetita de plástico, que recargamos digitalmente en según qué establecimientos: normalmente se recargan en cualquier estanco, pero solo algunos kioscos privilegiados cuentan con el permiso de los Altos Señores de la EMT para poder recargar la puñetera tarjeta. Si además vives en un barrio en el que el estanco más cercano está donde Cristo se pilló la chorra y el único kiosco que cuenta con El Beneplácito está algo lejillos, comprenderéis que me tocó atravesar un buen trecho para poder llevar a cabo tan sencilla empresa.

Mi ruta más corta, pues, era el kiosco.
Dejadme que os hable del tío que curra ahí.
Entre nosotros, para mí que no es normal. Os explico: normalmente el proceso de carga de una tarjeta consiste en meterla en una ranura, pulsar los numeritos, sacarla, devolverla y cobrar. Esto no debe durar más de medio minuto, si echáis el cálculo.
Con este fulano, pueden pasar tranquilamente tres o cuatro minutos. Alguna que otra vez me he aventurado a colar la cabeza por la ranura del kiosco para ver qué puñetas está haciendo y la respuesta no puede ser más escalofriante.
El muy cabrón no hace nada. Se queda de pie, petrificado, mirando hacia un punto fijo en el infinito, como si necesitase el permiso de alguna Entidad Cósmica para cargarte la puta tarjeta.
En una tarde como esta que narro, incluso hace un bis: se gira, se vuelve hacia mí, y en vez de devolvérmela y cobrarme de una puta vez, me mira y bosteza. Antes de que me pregunte qué problema tiene, gira sobre sus talones y vuelve a su "actividad".
Algo en plan Salvatore en El Nombre de la Rosa, pero creo que con menor dominio de los idiomas.


Casi cinco minutos después, termina la operación. Entretanto, yo acabo de ver pasar de largo el autobús, en dirección a la parada más próxima. Ésta está a unos cuarenta o cincuenta metros, sin contar que además tengo que cruzar dos calles. Mientras me guardo la cartera, tengo la opción de correr tras un autobús que va echando hostias, a riesgo de ser atropellado una o dos veces, o esperar a que los semáforos se pongan en verde para mí y echar a correr para ver si tengo la suerte de cogerlo.
Puede que esté chalado, pero no tanto. Escojo la segunda.

"Esto no puede ser tan jodido".
No vendas la piel del oso antes de cazarla, Indy...


Hasta hace unos años, estuve formando parte de un equipo de atletismo. Nunca fui precisamente Usain Bolt, pero mi poco peso y mis piernas más bien largas ayudan bastante a no ser precisamente lento. Además, la constante persecución de autobuses y la costumbre de ir andando a todas partes me permiten estar bastante más en forma que a mucha gente de mi edad o más joven que yo.
Con todo, no es suficiente: se ve que al conductor del autobús la hora se le ha echado encima y conduce por la avenida a toda pastilla. Aun esprintando, no logro alcanzarlo por apenas unos metros. Me toca esperar al siguiente.

En mi ciudad, algunas Paradas Privilegiadas (llamémoslas Paradas Vip) cuentan con un cartelito que te dice cuánto va a tardar (supuestamente) el siguiente autobús. Normalmente el cálculo suele ser ajustado, aunque siempre a la baja. Es decir, que el tiempo que ves en el panel es el mínimo que te va a tocar esperar.
En el panel de la parada pone que va a tardar diecisiete minutos.

Dada la situación, envío un mensaje a la casa donde curro y les digo que probablemente tarde un rato. La experiencia cogiendo el transporte público te enseña a calcular lo que tardas en llegar de un sitio a otro, siempre en unas condiciones de transporte más o menos óptimas y con un desfase de unos diez minutos. Si resulta que el tiempo de espera duplica lo previsto, básicamente te jodes.
En ese tiempo de espera, como es natural, el personal se va acumulando en la parada, como las pelusas que se van acumulando debajo de un somier. Al haber cerca un hospital, el número de gente con muletas aumenta, lo que añade un punto pintoresco a la fauna local. Si añadimos que el nuevo diseño de las paradas, a manos de algún genio con déficit neuronal, ahora consiste SOLO en tres asientos, imaginad el cabreo del personal.

"¡Hasta los huevos ya de esperar! ¡¡¡Cabrones!!!"


Así, tras unos veinte minutos esperando y tras varios amagos de luchas a muerte con muletas, llega el autobús. Cómo no, hasta la bandera de gente. Si tenía intención de leer un libro en los cuarenta y pico minutos que dura el trayecto, me podía ir olvidando. Aquello estaba más apretujado que cuando estuve viendo a los Judas Priest en Leganés. Para más inri, debía ser el día internacional de la persona con movilidad reducida, porque entre los señores con muletas y las dos o tres sillas de ruedas que había allí dentro, no me quedaba claro si estaba dentro de un transporte público o de una sala de traumatología.
¿En qué afecta esto?, supongo que os preguntaréis. La respuesta es sencilla: por cada silla de ruedas que sale o entra del vehículo, el conductor debe activar una rampa, que echa un buen rato en desplegarse. Entre eso y que la gente que empuja las sillas tiende a ser de las que se acuerdan de bajarse en esa parada cuando están frenando... echad cuentas del retraso que supone a lo tarde que ya voy.

En fin, como no puedo hacer gran cosa salvo esperar, me dedico a observar un poco a la gente. Si queréis conocer el mundo que os rodea, os lo aseguro: el transporte público es lo mejor. Ahí es cuando ves a la Humanidad en estado puro.
Por ejemplo, el conductor. El típico machito hispánico, que será el responsable algún día de la salvación de la compañía para la que trabaja. Está contándole su vida a una MILF (señora ya rondando los cuarenta, pero de muy muy buen ver) como el que narra el Beowulf. Si en vez de contarla él personalmente, la cuenta un juglar con un laúd, no me habría resultado raro. Gracias a eso me entero de que ha currado como carnicero durante algunos años y también como camionero, de manera que conoce toda España, salvando Navarra. La mujer, extremeña, tampoco anda a la zaga contándole su vida; no le cuenta más porque el otro anda más ocupado dando a entender que su filosofía de vida es no preocuparse demasiado por los problemas del trabajo: cuenta que hoy, por ejemplo, se ha averiado un vehículo y por eso tienen montada la que tienen montada. Ni se va a molestar en preguntar por los detalles de lo que ha pasado.
Un tío duro.
De los que ya no quedan.

"Sí, señora. He llegado tarde. Adelante, alégreme el día".
Algo en este rollo, aunque el tío de cara se parecía mas a Shrek


Lo veis de conducir y ya se os cae la ropa interior. La explicación: va tarde y los autobuses llevan un localizador GPS incorporado que estima donde DEBERÍA estar el vehículo en cuestión. Viendo el cacho retraso que lleva este fulano, necesitaría romper la barrera del sonido para ir más o menos a tiempo.

Pasan un par de paradas. Se sube otra señora en muletas; esta, a punto de romperse. Al verla, me entran ganas de decirle "¡Pase, señora, y diviértase! ¡Si sobrevive al salvaje este, que conduce como el puto Motorista Fantasma, le regalaremos un Chupa-Chups!"
En mitad del estrujamiento colectivo, llegamos a la parte realmente heavy del trayecto.
Sí, amigos.
Hablo de las obras del metro.

Por lo general, suelo ser comprensivo cuando se trata de levantar varios kilómetros de avenida con tal de garantizar una futura mejora en los servicios de una ciudad. No tengo problemas en aceptar que un montón de obreros van a estar durante más de dos años dale que te pego con las máquinas, con el asfalto y otras cosas chulas para que algún día podamos desplazarnos de un modo más rápido y más cómodo.
En tardes como esta, en las que llevo un retraso de putos cojones y donde sé que me van a hacer un desvío que ríete tú del trayecto turístico de los taxistas en horario nocturno (otro tema que daría para un post bastante interesante, ahora que lo pienso), sólo puedo pensar en el exterminio del noventa por ciento de la raza humana. Así no habría una densidad de población tan grande. La ciudad no sería tan asquerosamente grande y estrecha y no sería necesario un transporte subterráneo. No habría ni la mitad de atascos de los que tenemos ahora.

Saliendo ya del super-desvío, veo que el autobús se para en una avenida, justo en una parada... en la que hay otro autobús estacionado. Algo me dice que es el que perdí: ahora está estropeado y todos sus pasajeros tendrán que subir al nuestro. Yo, acostumbrado ya a los embates y los empujes, ni me planteo el futuro de mi integridad física. Sólo pienso que me voy a retrasar mucho más.
También pienso una segunda cosa: ¿Dos autobuses de la misma línea estropeados en la misma tarde? Eso no hay quien se lo crea.

Mi jeta ante aquello se parecía bastante a la de esta muchacha.


Seguimos avanzando. A lo largo del trayecto ya hemos soltado un par de sillas de ruedas. Yo he escuchado aventuras tan magnificadas que parece ser que un simple reparto de embutidos en Castilla-La Mancha es lo más parecido a la búsqueda del Santo Grial. Lo más gracioso es que tampoco veo a la MILF extremeña haciendo palmitas con el chichi. Esto no tiene pinta de que le vaya a dar su teléfono ni le va a pedir que le busque en Facebook.
De follar ni hablamos.

Total, que esta especie de Tetris con ruedas sigue avanzando; a mitad ya del trayecto, una señora está a punto de descogorciarse viva de morros contra el suelo, a causa de un frenazo que aquí Ayrton Senna ha pegado a la hora de llegar a una parada. El tío, que estaba comentando lo bordes que son sus compañeros de trabajo (y al cual casi le ha faltado decirles "Cómame la polla, señora" cuando le han protestado por lo tarde que es), sigue con su rollo. Le dice a la MILF que está acostumbrado a trabajar delante del público y a aguantar lo que sea. Que le han llegado a amenazar físicamente en su trabajo de conductor.
Yo me pregunto por qué.
Mientras, la gente que la señora tiene al lado la está trincando por los sobacos para que sus dientes no queden esparcidos por el suelo. Mientras, tanto vacile y tanta testosterona por parte del fulano a mí me están poniendo ya de los nervios. Si tan superguai es, no sé qué coño hace conduciendo un puto autobús en lugar de salvar el planeta.

Se baja la MILF, ya casi llegando a la última parada, que es donde me bajo. El bus anda algo más vacío y puedo hasta sentarme. A estas alturas de la película, me imagino que Superconductor ya estará algo más concentrado en conducir, en lugar de contar batallitas.
Mis putas ganas.
Le llega una chavala de unos dieciocho o diecinueve años para preguntarle por una parada y él responde que se la ha pasado. La chavala tuerce el morro y el fulano empieza a reírse. La ha engañado para ver su cara. Ja, ja y puto ja.
Festival del puto humor.
Yo estoy pensando si sería muy complicado llevar una motosierra o una escopeta en la mochila para casos como este.

Incluso podría echarle el alto así a los autobuses a partir de ahora...


La chavala se baja un par de paradas después, ya llegando al final del trayecto. El bus está vacío y mi lado más despiadado se pregunta si se notará mucho si me bajo los pantalones, cojo al superhéroe por las orejas y le obligo a comerme los pelos del culo hasta que él solito se muera de asco.
Nota para mí mismo: terminar de ver la serie de Dexter. Seguro que tiene ideas más despiadadas y acojonantes que yo.

Al llegar a la última parada, tras habernos chupado semáforos en rojo, obras, atascos y toda una procesión de gente con problemas para moverse, escucho un aviso por radio.

- A ver si vamos tardando menos en llegar al destino- le dice la voz, con el típico tono de "Me tienes ya hasta los cojones, macho"
- De acuerdo- responde él. Su tono de tío duro, esa soberbia de "Yo soy auténtico" que destilaba ante las criaturas dotadas de potorro ha desaparecido por completo. Ahora sólo quedan orejas gachas y la actitud de "Valiente tarde de mierda".
En eso último, fíjate tú, estoy de acuerdo con él.

Así que así termina la historia: conmigo bajándome del autobús, casi veinte minutos tarde (había salido casi una hora antes de casa) y con una patente sensación de cansancio incluso antes de empezar a currar. Y encima tengo que dar gracias a que no ha sucedido como otras veces: nadie ha venido apestando a sobaco (con el agravante de maceramiento durante al menos una semana), nadie se ha tirado pedos prácticamente en mi cara y ninguna criaja ha vomitado media botella de anís, como ya presenciase en la Noche en Blanco el verano anterior.
Pero esas son otras historias vividas en la EMT.