viernes, 1 de noviembre de 2019

Mondo Chorra- Exilio (VII): La estrella que murió



Antes de empezar a escribir este post, me gustaría hacer una declaración de intenciones acerca de lo que estáis a punto de leer.

1) En primer lugar, me gustaría decir que este post no está escrito desde la rabia. Ni siquiera desde el enfado. Con tanto tiempo ya de por medio, podríamos decir que es más bien otro desahogo. Como he mencionado, el equivalente literario a sacarte un pedazo de cristal roto que tienes clavado en el costado y, como tal, si no lo haces, te pudres por dentro.

2) No va tanto de inculpar o de depurar responsabilidades sobre lo sucedido como de exponer cómo me sentí yo. Como sentí que se me hizo sentir. Lo que viví desde mi óptica personal y lo que se me demostró. En ningún caso expone juicio alguno sobre las intenciones reales de nadie. Solo sobre el efecto que estas, fueran cuales fueran, tuvieron sobre mí.

3) Como siempre, al ser algo de carácter estrictamente personal, no haré referencia a nombres. En buena parte, los nombres no importan, solo los hechos. Los hechos que describo aquí, hasta donde yo puedo decir (o sea, partiendo de la base de que los viví yo) son ciertos, en el sentido de que no me invento nada que no hubiera sucedido. Tampoco creo que haga falta que diga esto, pero me gusta aclararlo de antemano. Para todo lo demás, puedo estar equivocado o mi percepción puede ser muy diferente a lo que realmente pasó, pero doy mi palabra de que así fue como los viví.


Cuento lo que viví. Que vosotros os lo creáis, es cosa total y absolutamente vuestra.


4) Escribirlos en un medio público es mi forma de expresar lo que llevo dentro, a modo de, como he dicho, desahogo o una forma de terapia personal, como lo hace el que escribe canciones sobre sus historias personales y las canta en cualquier medio público, o como el que pinta, o el que las convierte en cualquier otra forma de expresión artística. La gente que no me conoce no tendrá ni la más mínima idea de lo que hablo; la que me conoce, o la que ha sido testigo de lo sucedido, sí. Cualquier otra intención que se quiera interpretar de esto será de quien la interprete, y no mía.

5) En contra de lo que pueda parecer, me resulta extremadamente difícil hablar de cosas como esta, aun pese a haber escrito ya como seis posts previos acerca de este tema. Podéis no creerlo, pero cada post de la serie Exilio ha sido un verdadero suplicio, porque ha implicado tener que escribir cómo me he sentido en una etapa de mi vida que, hoy por hoy, siento bastante oscura. Este post que estáis leyendo ahora mismo, por ejemplo, ha sido reescrito dos veces aquí y alrededor de una docena dentro de mi cabeza. Digo todo esto para que nadie piense que estoy soltando lo primero que se me pasa por la cabeza, o que escribo cuando me da el arrebato. Insisto: es una escritura harto difícil, pero que considero necesaria para limpiarme por dentro. Que lo entendáis o no, ya no entra en el ámbito de mi responsabilidad.


Lo mismo que cuando tienes algo clavado en el cuerpo lo suyo es sacártelo para que no se infecte...
pues esto es igual.
Casi más urgente incluso.




Dicho esto, tomo aliento y empezamos.

Empezar. Es algo realmente difícil, cuando no tienes muy claro el origen de todo. Supongo que esta es una de esas historias que tienen como varios principios. Principios que luego se engarzan en un tronco común y que, tras unas cuantas idas y venidas de argumento, acaban en un desenlace.
Planteo esto como una historia ficticia, ahora que lo pienso. Posiblemente porque me resulta más fácil (o menos duro) hacerlo así. Posiblemente porque, en el fondo, el mundo es un escenario y nosotros meros actores.

Actores.
De ser así, ¿qué papel me corresponde a mí? No me atrevo ni a decirlo en voz alta sin que suene ridículo, vacío o falso, incluso. Tantos años estudiando literatura y ni siquiera veo claro cuál es mi lugar en todo esto. Ni siquiera tengo claro si esta historia es una tragedia o una comedia.


Que si es una comedia, yo no le veo la gracia por ninguna parte.


Hablemos, pues, de uno de esos comienzos.
Supongo que el germen de todo esto comenzó en una época en que yo era un personaje que formaba parte de varias obras a la vez. Saltaba de un universo a otro y, en ocasiones, veía patrones similares a un lado y otro de esa línea que separaba los distintos mundos. En cada uno de esos mundos podía ver estrellas que brillaban con un pulso que entonces consideraba parecido. De modo que, en mi atrevimiento, me decía a mí mismo: "Tal vez sería buena idea que ambas estrellas brillaran juntas", cosa que hice. Con el tiempo, estoy seguro, habría quien pensase que mis objetivos eran bien diferentes pero, como ya he dicho, no tengo intención alguna de mentir. Que el resto del universo piense lo que quiera. Yo sé perfectamente lo que tenía en mente cuando lo hice.

La estrella que encontré en uno de esos universos brillaba con una luz que, en su momento, me pareció muy especial. Era una luz cálida que irradiaba paz, y se esforzaba por conseguir que todos aquellos bajo su luz se sintieran bien. Era la clase de luz a la que era imposible no querer y bajo la cual uno habría deseado prosperar.
Llevé a esa estrella hacia el universo del que provenía yo, para que su luz se sumase a la de la estrella de éste. El resultado, debo decir, me hizo sentir muy satisfecho.


Al menos, por un tiempo


Pero supongo que la satisfacción dura poco. De algún modo, el equilibrio en mi Universo personal se alteró y el Frío no tardó en llegar. Se dijeron palabras de forma muy prematura y se dieron fenómenos que, si se tenía los ojos muy bien abiertos, podían resultar incluso amenazadores. Fue por eso por lo que saqué mis garras y decidí lanzarme al ojo del huracán. Para salvaguardar el orden en mi Universo personal.
Supongo que ese fue el principio del fin, aunque yo mismo no podía saberlo en aquel momento.
No se entendió nada de lo que hice y sufrí reproches de todo tipo. Aquellos a los que intentaba proteger me trataron como si no tuvieran la más mínima idea de la clase de persona que soy, ni de las motivaciones que me mueven a actuar. En mi Universo personal, cada vez que yo he sacado las garras contra alguien, ha sido precisamente para proteger, no para atacar sin provocación previa.
Las palabras que se usaron contra mí fueron "amargado" y "cobarde", pese a que yo no había iniciado el ataque. A que yo no había traído ese Frío. A que no había amenazado a nadie.
Pero fui quien actuó cuando todos miraban para otro lado o fingían que nada malo sucedía.


No era la primera vez que me ensuciaba las manos.
Y esto, todo el que vivió esos años ahí, lo sabe.


Fue muchísimo más doloroso saber que aquella estrella a la que yo había guiado hacia mi universo fue la que con más dureza me habló. La que más me reprochó que hubiese intentado ayudarla.
—Yo puedo defenderme sola —me dijo, sin siquiera reconocer mi mejor intención al hacerlo. Sin darse cuenta de que yo mismo estaba enfrentándome a aquellos que habían estado a mi lado por hacer lo que siempre he hecho: ayudar a aquellos que considero inocentes.

No sé qué fue peor: que no se entendiera, o que aquello fuera la base de toda una reprimenda que, debo decir, me socavó bastante por dentro. En ese momento no reaccioné, pero fue la primera vez que aquella estrella me habló con dureza.
No reaccioné porque no lo esperaba. Porque no tenía fuerzas para hacer nada. Debo decir que interioricé todo aquello que me dijo, y solo fui capaz de sentirme muy triste. Muy triste y culpable.


Y no. No soy Batman ni me creo Batman.
Pero la foto expresa bastante bien cómo me sentí.


El conflicto acabaría por resolverse. Llamémoslo así, porque empiezo a pensar que los conflictos, realmente, no se resuelven. No en aquel Universo, al menos. Simplemente una afrenta se vio compensada, o respondida, por otra al mismo nivel, o incluso superior, en cuanto a rabia y fiereza, a la que no se pudo combatir. En el fondo, creo que nunca se hicieron las paces ni hubo entendimiento mutuo. Solo un pacto de no agresión que consistió en no decir lo que se pensaba abiertamente. Simplemente un distanciamiento, en apariencia prudente, para no hacer correr la sangre.
Pero la sangre ya se había vertido, aunque nadie quisiera reconocerlo, y eso fue el germen de lo que sucedería más adelante.
Y las cosas, aunque nadie lo hubiese visto entonces, ya habían empezado a cambiar.

Por mi parte, respecto a este tema, se me había llamado cobarde porque no atacaba directamente a la persona que para mí había causado el conflicto y simplemente no ocultaba que eso me parecía mal. Porque tenía que hablar con ella y decírselo (al mismo tiempo que me había dicho que podía defenderse solita). Curiosamente, cuando el tema se solucionó y quedó claro que yo no había hablado, porque lo que estaba haciendo era procurar enfriarme yo para no actuar en caliente y decir cualquier cosa de la que pudiera arrepentirme (y que, por tanto, yo había obrado de una manera sensata), en lugar de reconocer que había cierta lógica en mi actuación y admitir un error de juicio al llamarme cobarde, me preguntó por qué no lo había dicho. Le contesté que estaba interiorizando todo aquello, que no era algo que fuera capaz de verbalizar entonces.
La respuesta fue cuestionar mi trabajo como profesor al no ser capaz de verbalizar las cosas al momento.


Que tampoco es que me hartara de llorar por eso, pero sí es verdad
que me sentí muy poco valorado cuando escuché todo aquello.


Pasó el tiempo y los conflictos se fueron sucediendo. Al principio eran cosas sutiles, de modo que era complicado darse cuenta de lo que pasaba. Ahora, pasado el tiempo, me doy cuenta de muchas cosas. De que los conflictos siempre se iniciaban por mi causa, que no por mi culpa. Una palabra que decía yo, como podía haberla dicho desde el principio de los tiempos, y de pronto sentaba mal.
—Ese uso de tu sentido del humor no tiene gracia —lo que se podía traducir como "En mi presencia no vuelvas a decir eso".
—No vuelvas a sacarme ese tema porque me molesta —que venía a significar "Tú no hables de eso conmigo, que yo sí podré hablar contigo de lo que me dé a mí la gana, lo quieras tú no no".
Pero no lo vi.
Ninguno de nosotros lo vio y, si lo hizo, no dijo nada.

Siguió pasando el tiempo y aquella estrella venida de otro Universo buscó otros Universos que explorar. Fue entonces cuando, ya de forma definitiva, dejó de brillar como había hecho hasta entonces. En cierto sentido, podría decirse que esa estrella acabó por morir y dio paso a otra que, pese a parecerse, no era ella.
No era ella en lo más mínimo. Aunque se esforzase por brillar como antaño, su luz ya no era cálida, hasta el punto que podría decirse que ya ni siquiera era una estrella. Era otra cosa, muy diferente, la que había tomado su lugar y nos hacía creer, sin mucho éxito, que seguía siendo la misma.


Este es un recurso de los cómics que en ficción puede ser muy épico.
En la vida real, cuando alguien se transforma hasta tal punto que no consigues
reconocerlo, resulta especialmente doloroso.


Gracias a esa cosa tan diferente a la estrella que antaño brillaba con calidez, es difícil olvidar un episodio realmente triste que supongo que debió marcar otro hito. Difícil olvidarlo, porque se esforzó muchísimo en recordarlo, una, y otra, y otra vez, aunque yo mismo le dijese que, por favor, no volviera a sacarlo más. Algo que, por supuesto, no sirvió de mucho, y acabó quedando como "mi negativa irracional a hablar del tema".
El principio del fin, supongo, u otro paso más hacia el fin. Empezó como un malentendido, pero en cuestión de horas, e incluso días, degeneró en lo que viene siendo un ataque con uñas y dientes. Ataque que, ahora puedo decirlo con claridad, no vino por mí, ya que (y en esto pongo la mano en el fuego o donde haga falta) yo jamás, JAMÁS, habría hecho nada en contra de aquella criatura que había brillado tanto. Empezó, como digo, como un malentendido, pero se convirtió en un episodio que todavía me duele. No por lo que sucedió, sino por lo que viví de aquel suceso. Hubiese las intenciones que hubiese, yo me sentí rechazado, excluido y completamente vejado. La criatura que antaño fue una estrella decía conocerme bien, pero no tenía ni idea (o no le importaba, ahora no lo tengo tan claro) que, de todas las cosas que no soporto en este mundo, una de las que encabezan la lista es que me levanten la voz.


Y, del mismo modo que yo tenía que entender todas y cada una de las cosas
que los demás no soportaban, parece que eso de que me gritaran a mí
tenía que consentirlo. Porque entenderlo, no estoy seguro de que se entendiera.


Creedme, no lo hizo una vez solo. Fueron varias, en una de las conversaciones más humillantes que he tenido en mi vida, donde pasé de hablar expresamente de algo que no me había sentado bien a recibir toda una batería de gritos y reproches. Aquel... aquel ser, a falta de un término más preciso, puesto que no sé ni cómo describirlo a día de hoy, me hizo sentir como la criatura más indigna de toda la creación. Os juro por lo más sagrado que no hice sino intentar razonar con él, manteniendo firmeza en los argumentos que tenía, pero no sirvió de nada; cuanto más hablaba, más fuerte me gritaba.

No importaba lo mucho que intentara explicarme. Daba igual que intentase ser asertivo y decir "A ver, que lo que no me ha parecido bien es esto". Nada de eso importaba. Solo escuchaba gritos y más gritos. Intenté escribirle para disculparme (aunque ahora, pasados algunos años, tengo muy claro que no tendría que haberme rebajado de esa manera. Si ella había sido quien había perdido las formas al gritarme, que fuese ella quien se disculpase) para decir que jamás había querido que la cosa llegara a esos niveles, pero recibí más gritos aún: porque no se le podía escribir. Se la tenía que llamar, o usar cualquier otro medio sonoro, jamás escrito debido a una mala experiencia de la que yo no era responsable. De hecho yo era tan no-responsable que sucedió años antes de conocerme. Y aun así, me estaba haciendo pagar por ella, metiéndome en el mismo saco y obligándome a hacer las cosas de un modo que no me gusta hacer, en el que no me siento cómodo. Sin importarle el hecho de que, si estaba haciendo así las cosas era por un motivo básico: poder decir las cosas pensándolas bien, sin que mis palabras generaran otro conflicto más.
Nunca me preguntó por qué. Tampoco me dejó que le explicara por qué.
Se limitó a decir que esa manera de hacer las cosas era denigrante.


Supongo que, en dicha escala de valores, escribir a alguien para pedirle perdón e intentar
llevar las cosas a buen puerto es más denigrante que perder las formas y ponerse a gritarle a alguien,
de paso tratándolo como si fuera indigno de respeto.


Era como volver a tener cuatro años. Cada grito, cada palabra, era como un golpe que me propinaba. Y os juro que yo ya no sabía que hacer para llevar aquello por buen camino. Hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, estaba mal. Y, como seguiré contando, estaría mal durante mucho, mucho tiempo después.
Y sí, era incapaz de defenderme usando sus mismas herramientas. Porque yo no soy así. Porque con aquellos que me rodean, no me veo quién para hacer eso.
Hasta tal punto fue hiriente en esa, y en todas y cada una de las conversaciones que ese ser sacó al respecto (lo quisiera yo o no) que hasta casi le di la razón; o, mejor dicho, ya ni me atrevía a llevarle la contraria para que no me volviera a gritar.

Por aquel entonces, en mi Universo contaba con gente que sí creía mi palabra, y solo tuvieron que escuchar la primera de las conversaciones para decirme que no. Que no era yo el que se estaba portando mal; que no era yo el que estaba perdiendo las formas. Y que sí, que era yo el que estaba intentando ser razonable en todo momento, frente a alguien que había perdido por completo el control de lo que decía y de cómo podía sentar.


Y, mientras tanto, yo me veía por completo desbordado.
Incapaz de reaccionar.
Sin saber qué hacer, ni lo que decir.


A partir de aquí, supongo que las cosas se volvieron más oscuras a cada día que pasaba. En su momento no me di cuenta, pero echando la vista atrás sí tengo claro que yo mismo me estaba censurando al hablar. Que, de forma automática, estaba midiendo todas y cada una de mis palabras para que no sentaran mal. Para que no volviera a desatarse el conflicto.
Sin éxito.
Ya habíamos llegado al punto en que no hacía falta que se sacase ese famoso tema para que yo me comiera las iras de aquel ser; bastaba con que yo abriera la boca al respecto de cualquier tema mundano para que cargase contra mí, y con esto no quiero decir que socavase mi opinión; eso ya lo había hecho hacía mucho. Me refiero a que aprovechaba la coyuntura cuando abría la boca para convertirlo todo en una especie de ataque personal, hasta el punto en que una vez llegué a decirle:
—Entonces me callaré para que lo que tenga que decir no moleste.

Por supuesto, eso sirvió para que de pronto esas palabras, dichas con total honestidad, se volvieran en mi contra y ahora yo me estuviera haciendo la víctima.
Hacerse la víctima es algo totalmente voluntario: te sucede algo y tú lo magnificas para que todos los demás lloren al verte. En mi caso, ahora (insisto en el ahora, porque antes no era capaz) me doy cuenta de que no era yo. Cualquiera que fuese testigo de aquello me lo acabó confirmando algún tiempo después: que yo no me merecía que me hablasen de esa manera. Que era incomprensible que pudiese soportar una actitud así.
Y es cierto. Yo mismo me pregunto cómo pude aguantar aquello sin sacar las garras.
La respuesta, ahora que lo pienso, es obvia:
No tenía fuerzas para ello.


Me sentía como tener un cepo puesto en la boca, la mitad de las veces.


¿Alguna vez os ha pasado? Que alguien que, objetivamente no tendría por qué intimidarte o hacerte sentir mal cada vez que abre la boca lo haga, y que no encontréis energías ni para plantarle cara ni para nada que no sea agachar la cabeza.
Si nunca os ha pasado, os felicito y os envidio. Yo no tuve esas fuerzas que tenéis vosotros, de modo que cada reunión se convertía en un episidio bastante dañino: por un lado, las ganas de reunir a mi Universo; por otro, el miedo a que se desatase un conflicto serio por cualquier palabra mal dicha, o malinterpretada; y, por un tercer lado, la tristeza al ver cómo acababa sucediendo de una forma más frecuente de lo que cabría esperar.

Hubo no una, sino decenas de conversaciones para negociar la paz. Decenas de conversaciones en que la sensación general era escuchar excusas (algunas, moralmente discutibles, que no mencionaré aquí) hacia ese comportamiento tan agresivo hacia mí, al mismo tiempo que otros tantos reproches por no haber tenido yo la actitud correcta, o no haber sabido actuar como debiera.
Tras cada conflicto, una conversación.
En cada conversación, excusas y reproches.
Tras cada reconciliación, acababa sintiéndome muy mal, porque todo quedaba como algo que había originado yo y que encima no había sabido gestionar.
La culpa, o bien las excusas que se esgrimían para culparme a mí: mi falta de madurez, no saber hacer las cosas bien, o la obligación de aceptar que, en el fondo, yo estaba pagando por problemas ajenos a mi persona.


Dicho en pocas palabras, me habían hecho cargar con la cruz que debían haber llevado otros.


Respecto a esto último, es quizás una de las cosas que más me dolieron de todo esto. Ya era bastante duro que mis palabras se tendieran a malinterpretar como ataques u ofensas, pero que se dijera que yo era "la gota que colmaba el vaso" de otros problemas fue incluso peor. Tardé bastante tiempo en asumir que, sencillamente, estaba pagando por cosas que ni siquiera me atañían debido a dos motivos: el primero, que yo no me veía capaz de defenderme, lo que me convertía en un facilísimo blanco de las iras de aquella criatura; dos, que esa criatura tampoco era capaz de afrontar sus propios problemas y había encontrado en mí el elemento perfecto con el que pagarlos.
Hasta qué punto esto último es cierto no puedo garantizarlo; pero sí puedo garantizar que todo el comportamiento conmigo no me pudo llevar a pensar otra cosa. Y el esfuerzo por hacerme ver lo contrario, debo decirlo, fue inexistente.


Desde entonces, tengo claro que si alguien me dice que soy la gota que colma el vaso,
eso significa que está pagando conmigo sus problemas.
Y ya, si eso, que me lo justifique como quiera.


La situación evolucionó a cotas muy duras para mí. Llegué al punto de tender la mano a aquel ser cuando se encontraba mal, aferrándome a la vana esperanza de que las cosas pudieran volver a encauzarse. De que pudiera ver que yo era alguien de fiar.
Si todo lo vivido ya me pareció duro, más duro aún me pareció escuchar cómo me dijo que tenía gente mejor que yo con la que contar.
En otras palabras, que la que en su día fuera una estrella que sí me necesitaba y que había contado conmigo en un buen número de ocasiones, había muerto y había dado paso a una criatura para la que yo no significaba absolutamente nada.
Significaba tan poco que ni siquiera fue capaz de decir las cosas de una manera que no resultaba dañina. Simplemente las soltó, como si quisiera deshacerse de mí.
Recuerdo que el resto de aquel día desaparecí y no quise hablar con absolutamente nadie, porque sentí que aquellas palabras tenían razón: sentí que yo no era nadie que mereciese la pena como para poder confiarme nada. Que mi forma de vivir impedía que pudiese tener a nadie a mi alrededor con la que pudiese compartir experiencias de ningún tipo.
En resumidas cuentas, que no estaba a la altura de los estándares de aquel ser.


Ni idea de lo que esperaba, pero estaba claro que, hiciera lo que hiciera, yo no era digno.
Y punto.


Y esto no fue un episodio pasajero, ni mucho menos. Con el tiempo, hablé con más elementos de mi Universo personal y les llegué a confesar que no sabía qué era lo que aquel ser esperaba de mí. Ni uno solo me contradijo al respecto y todos me confirmaron que, en el momento en que buscó otros Universos, cambió de modo radical.
De modo que no eran imaginaciones mías, o no solo mías, al menos.

Las cosas no fueron a mejor. Seguí teniendo que tolerar insultos de todo tipo. Hacia mi forma de ser, hacia lo que hacía o dejaba que hacer, incluso a mi físico. La situación llegó a un extremo tan humillante que la mitad de las veces no sabía si darle un abrazo o saludar de una forma menos cordial. Nuevamente, me sentía mal por algo que ni siquiera era culpa mía, pero que me veía obligado a cargar como si fuera un estigma.
Hacía mucho que había dejado de reconocer a aquella estrella. Lo que había ocupando su lugar resultaba dañino y hacía que mi autoestima descendiera unos cuantos peldaños cada vez que lo tenía delante. Llegados a este punto, era incapaz de medir sus palabras y mucho menos de asumir la responsabilidad cada vez que me hería con ellas.


No sé si lo sabéis, pero soy parcialmente sordo. Y, como tal, yo puedo hacer bromas con mi sordera. Las hago a menudo, cuando no estoy hablando en serio, pese a que es serio que en un futuro posiblemente deje de oír.
Pero me duele muchísimo, que en medio de una discusión, venga alguien y me diga "No me estás escuchando lo que te digo, no sé si es por tu sordera o porque no te da la gana".
Debo decir que, aparte de lo doloroso y lo humillante que es que alguien use una lesión física para socavar tu opinión, resulta bastante curioso que esa misma persona fuese la que me censurase a mí mi sentido del humor.
Y no, no se disculpó abiertamente cuando le dije que se había pasado. Simplemente dijo que esa frase no sonaba tan horrible en su cabeza.
Pues menos mal, porque es muy, muy difícil que suene menos horrible.


Más adelante, incluso llegó a quebrantar una promesa que nos habíamos hecho, cuando acababa de entrar en mi Universo. No contaré los detalles, precisamente porque yo sí soy fiel a mi palabra, pero en su momento dimos un tema por zanjado y consideramos que no hacía falta volver a sacarlo.
Al menos, eso era lo que creía yo, que ya no había nada de qué hablar a ese respecto.
Al final, acabé enterándome de que ese tema, al parecer, no había sido zanjado por su parte y era buena parte de la explicación por la que se portaba así conmigo, como si yo tuviera culpa de nada. Tema del que había hablado a todo el Universo a mis espaldas. Las implicaciones acerca de lo que podía estar pensando de mí a ese respecto, rozaban lo perverso.
Pocas veces en mi vida me he sentido más insultado que cuando me enteré de todo aquello. Por tanto, aunque seguía sin fuerzas para poder plantarle cara, sí empecé a encontrar fuerzas para poner algo de distancia.

Ya no sería el amigo fiel que siempre estaría ahí. Me conformaba con estar en el mismo Universo sin convertirme en el blanco de sus iras, pero por desgracia, creo que la revelación que me llevó a ello llegó bastante tarde. Para entonces, cada pequeño error mío sería visto como una auténtica afrenta imperdonable; y, por el contrario, si yo comentaba algo que me sentaba mal, sería visto como una pataleta.
En resumidas cuentas, que lo que yo hiciera estaría muy mal, y si algo a mí no me gustaba, me tenía que aguantar, usando una vez más el argumento de mi falta de madurez como excusa para justificarse.
Sucedió otras tantas veces: ahora ya habíamos pasado de silenciarme, excluirme o insultarme a directamente culparme de cualquier cosa que pasara, la hubiera causado yo o no.


Para alguien que se esfuerza por ser justo, este tipo de dobles varas de medir resultan
tremendas.


Volvemos a lo del papel en esta obra. No sé cuál sería mi papel aquí, pero está claro que en ningún momento fue el que yo habría querido para mí mismo. Ya puestos, para nadie que me importara. La mitad de las veces que nos reuníamos, o estallaba un conflicto o teníamos el miedo constante a que estallara. Aquella criatura parecía haber perdido el control sobre sí misma y ya no solo me atacaba a mí; también se había atrevido a levantar la voz a otros a los que sin duda respetaba más que a mí. La diferencia es que los otros sí pudieron defenderse, quizás porque no llevaban tanto tiempo recibiendo sus golpes como había estado yo; sea como sea, lo cierto es que solo necesitaron sacarle los dientes UNA vez para que no se le volviera a ocurrir atacarles.
Solo quedaba yo, que ahí seguía. Poniendo un poco tierra de por medio, pero en ningún caso con la garantía de no volver a llevarme más ataques.

Y los ataques no desaparecieron. Tan solo se prolongaron más en el tiempo, a causa de que aquella criatura estaba brillando en algún otro Universo, quizás simulando ser la estrella que había sido antaño. De vez en cuando, reaparecía en mi Universo y, o bien cargaba contra mí, o bien directamente me excluía.
Porque yo ya no era bienvenido en "su" círculo. Esto no me lo invento, me lo llegó a decir abiertamente, en una de las miles de conversaciones que tuvimos, donde me admitió que había cosas de las que no quería hablarme porque no se sentía cómoda. Para ello prefería contar con... seamos honestos, prefería contar con cualquier otra persona.
Siendo maduro, puedo decir que eso es respetable. Nadie obliga a nadie a contar conmigo... pero debe ser consecuente que, entonces, yo puedo hacer exactamente lo mismo y no ver a esa persona como una amistad.


Lo más triste es que yo precisamente no soy de echar a nadie de una conversación en medio de
una reunión donde hay más gente.
Menos aún de hacerlo en su cara.
Sin embargo, cuando me lo hicieron a mí, me tuvo que parecer bien.
O si no, yo era un egoísta y demás excusas.
Porque si otros lo hacen, está bien; de ser yo, me habría echado encima
toda una jauría de perros.


En este punto, donde apenas nos veíamos, empezaron las incoherencias: a todos los efectos, ya me había quedado claro que yo era una persona que no casaba para nada ni en los planes ni en el estilo de vida de aquella criatura, pese a que antaño siempre había contado conmigo y yo no había hecho nada para que dejase de confiar en mí. Y si lo había hecho, jamás me lo dijo de forma abierta (eso sí, a mí siempre me decía que tenía que hablar las cosas, porque callarse era peor). Sin embargo, las veces que nos veíamos, sí era aquella criatura la que venía echándome de menos, como si fuera un buen amigo al que no veía desde hacía siglos.
En ningún momento admitía que, si no me veía en todo ese tiempo era porque ponía la excusa de la falta de tiempo por no admitir falta de interés. Y esto puedo probarlo porque, en otros Universos, estaba ampliamente disponible. Siempre dispuesta a colaborar.
En mi Universo, su principal aportación era el silencio hasta que consideraba oportuno aparecer. Aparecer y darme lecciones de lo que yo había estado haciendo mal.



Lecciones a toro pasado, y ya cuando los cadáveres están incluso fríos.
Porque desde la barrera se ven los toros muy pequeños, y todo el mundo es crítico de arte.

Otra gran incoherencia, y de esto me doy cuenta ahora, fue cuando la criatura tuvo problemas en otro Universo y, según supe, agradeció enormemente que allí hubiera quien se enfrentase a sus propios amigos para defenderla. Pienso en ello y me resulta muy doloroso porque, si lo recordáis, eso mismo fue lo que hice yo casi al principio de esta historia y no solo no se me agradeció; se me reprochó porque podía defenderse sola.
Otro de tantos episodios en los que descubro en que, al parecer, no importa la acción en sí para que sea buena, sino quién la hace.
Yo puse mi mejor intención y me acabé sintiendo fatal por ello, como si hubiera cometido un pecado imperdonable; otros, haciendo exactamente lo mismo, fueron vistos de un modo radicalmente diferente.
Un brutal y doloroso doble rasero.
Es todo con lo que he podido quedarme de esa experiencia.


Y esto, se me explique como se me explique, para mí solo significa una cosa:
que daba igual lo que hiciera.
Las buenas intenciones que tuviera.
Lo razonable que yo fuera.
Cuando sobras, sobras.
Pero también digo una cosa: eso se me pudo decir desde el minuto uno, por las claras.
No tenerme alrededor de tres años en este plan.


Tras las incoherencias, llegó la etapa del secretismo. En esta etapa, se sucedieron cientos de conversaciones, pero ninguna conmigo. Estaba más que claro que yo, ya no es que no le importara en lo más mínimo: es que encima mi presencia le incomodaba. En cada reunión de mi Universo, se daba al menos una vez en la que se llevaba a todo el que podía a un aparte y le contaba sus magníficas aventuras, dejándome a mí en un rincón, plenamente consciente de lo que estaba haciendo. Como había hecho otras tantas veces, lo que había hecho era excluirme y decidir por mí a partes iguales: ella misma había decidido que según qué asuntos, según qué cosas, no eran para mí. En un alarde de educación, no solo hablaba de lo que le daba la gana a mis espaldas. Lo hacía delante de mí, lo que muy discreto no era. Realmente, en este punto, lo que hablara o dejara de hablar con otra gente ya me había quedado claro que me daba igual. Lo dañino era hacerme el vacío y excluirme de una manera tan vulgar.
Hacerme eso a mí. Y encima apañárselas para que, si yo dijera que eso me parecía algo muy feo, apañárselas para hacerme ver a mí como un egoísta o como un metomentodo.


Aquí había ya perdido la cuenta de la de veces que me hacían
sentir a mí como una persona horrible.


Por eso, directamente ignoré todo aquello, pero tomé nota. Llegados a ese punto, empecé a tomar nota de todas y cada una de las lecciones de moral que me estaba comiendo día sí y día también, para el día que tuviera fuerzas, poder recopilarlas todas y dejar claro que, puedo ser una persona paciente, pero eso no quiere decir que mi paciencia sea infinita. Que puedo andar soportando todos los golpes posibles, pero llega un momento en que me harto de recibir golpes y acabo desapareciendo para no volver. Eso mismo lo llegué a mencionar alguna que otra vez, de una forma bastante clara, llegando a decir abiertamente que parecía que no se me quería allí.
La respuesta: "Eso son imaginaciones tuyas".

Cuando empecé a hacer aquello, otra sombra se estaba irguiendo sobre mi Universo. Una sombra que, tarde o temprano acabaría por separarnos. No estoy seguro de que esa sombra llegase a ejercer su influencia para entonces, pero sí fue cierto que orbitó cerca cuando uno de mis puntales en ese Universo cedió y estalló otro conflicto más, otro de un número ya incontable de ellos, por un punto que no podría haber previsto. Dicho conflicto vino por otra parte, sí, pero el resultado fue muy similar: una vez más, se me atacó de una forma muy personal por una razón que no termino de entender del todo, porque nadie tuvo a bien explicarme. Todo lo demás son conjeturas y teorías.


Nadie sabe nada.
Nunca.
Pero luego, todos sí parecen saberlo todo.
Siempre.

El caso es que, cuando esto sucedió, yo estaba ya pasando por una época bastante triste. Me estaba dando cuenta de que mi autoestima y mi percepción del entorno no pasaban por un gran momento. Me sentía como un completo fracasado en todo y como una persona incapaz de hacer nada medio en condiciones. Sentía cómo mis decisiones eran cuestionadas en todo momento y tenía la impresión de que no hacía más que cometer errores una y otra vez. Sentía, de paso, que dijese lo que dijese, que me sucediese lo que me sucediese, era automáticamente culpa mía. De modo que ya no me atrevía ni a hablar de mis problemas en mi Universo personal. Tampoco compartía mis pequeños logros diarios, porque ya estaba notando que siempre había voces que los echaban por tierra.
Sí, tenía miedo a hablar. A decir lo que pensaba.


Yo lo único que quería es que todo estuviera bien.
Pero, al parecer, para eso tenía que acabar pagando con los problemas de otros.
Y mis problemas, ni siquiera podía compartirlos, porque parece que
encima molestaban.
Es posible que hasta diera igual lo que yo mismo pensara o quisiera.


Este último conflicto no fue precisamente positivo en todo lo que estuve viviendo. La aportación de aquella criatura, tampoco. Pese a estar completamente seguro de que yo no tenía ni la menor idea de lo que había pasado para que de pronto las cosas se volvieran en mi contra de aquel modo, la criatura reapareció tras una temporada sin dar, literalmente, señales de vida para hacer lo que había hecho siempre desde que la estrella muriera y diera paso a lo que sería desde entonces: una vez más, me vapuleó verbalmente, cargando sobre mis hombros la responsabilidad de arreglar todo aquello, como si yo hubiera sido el que lo hubiera causado. Fue algo muy irónico, porque pese a que reconoció que yo no era el origen (habría sido ridículo, porque fue a mí a quien dejaron de hablar y no al revés), sí me dijo que era yo quien tenía que buscar a la otra persona y solucionarlo "porque esto se tiene que hablar, y si la otra persona no quiere, tendrás que ser tú quien la busque". Ni que decir tiene que se las apañó para hacerme sentir mal por mantenerme en mis trece en el hecho de que, si era yo al que le habían faltado al respeto (cosa que tampoco negó), lo correcto es que quien lo había hecho era quien tenía que venir a darme explicaciones.


Y ya puestos, si la única solución hubiera sido que me dejara humillar todavía más,
pues lo mismo se me habría dicho que lo hiciera.
Porque como el fin era bueno, los medios, por indignos que fueran,
quedaban completamente justificados.


Por supuesto, desoyó ese argumento y me vino a dar a entender que una amistad es más importante que esa patochada de detalle. Una vez más, mi dignidad parecía traerle sin cuidado y su magnífica solución (la que ella habría tomado, decía, aunque dudo que ella se hubiese dignado a mediar palabra con nadie, en caso de haber estado en mi lugar) era que la obviara y que, hablando mal, me bajase los pantalones con tal de solucionar el problema.
Acepté, pero no porque la idea me pareciera genial. La idea en sí me pareció una aberración y un insulto, pero estaba ya tan harto de todo que acepté sencillamente para que nadie volviera a decirme más, como se había estado diciendo cada vez que abría la boca, que me quejaba y que no ponía medios para solucionarlo.
Aparte, también acepté para dejar claro que sus magníficas ideas también podían ser un completo desastre, como así acabaría siendo ésta.


Una idea tan brillante y constructiva como esta.
Por cierto, si alguno de vosotros está esperando que semejante despropósito
se reconociera como tal, olvidadlo.
Aquí nadie me ha venido diciendo "Vale, fallo mío por presionarte
hasta lo indecible para que lo hicieras".
Porque para qué vamos a reconocer nada.
Aquí el único que ha tenido que reconocer cosas (incluyendo las que no ha hecho)
he sido yo.


Lo más gracioso de todo no es eso, sino lo tristemente gracioso que fue escuchar que, si hablaba con la parte implicada y las cosas salían mal, "tendría que vivir con ello".
Resumamos un poco esto, para que se entienda la jugada:

Punto 1) Alguien, que yo creía de confianza, me deja de hablar de la noche a la mañana sin darme explicaciones, y faltándome al respeto de una manera poco menos que vergonzosa.
Punto 2) Lejos de sentirme apoyado, la criatura decide mediar, pero a su manera: sí dice que yo no he empezado esto, pero sí me carga a mí con toda la responsabilidad de solucionarlo.
Punto 3) La criatura habla conmigo como SEIS meses después del desaguisado, y me reconoce que habló con la otra parte bastante antes. Encima, cuando le pregunto qué ha dicho la otra parte acerca de arreglarlo (porque a mí me sonaba ya a broma que hubiese hablado meses atrás con la otra parte, esta le dijera que no tenía intención de mover un dedo, y que esperase medio año para decirme a mí que lo hiciera yo, aun a sabiendas de que esa otra parte no tenía intención de arreglar nada), me suelta el reproche del siglo diciendo que no piensa hacer de mensajera. Sin embargo, ahí está: hablando conmigo medio año después, y obligándome a hacer algo que los dos sabemos que no soy yo quien debe hacer.
Punto 4) Habida cuenta de que la cosa seguramente salga mal, esgrime el argumento de que pase lo que pase, es cosa mía. Es decir, se exime a sí misma de toda responsabilidad por haberme azuzado a la otra parte; se exime también de toda responsabilidad si la cosa sale mal por haberme azuzado a hacerlo, (recurriendo incluso al llanto), y de paso, me carga a mí con absolutamente todo lo que pueda pasar, pese a que, como digo, no fui yo el que lo inició. Es más, yo ni siquiera sé a qué vino.


Ni lo sabré, vaya.
Me consta que siempre he sido yo el que se ha deshecho en explicaciones,
pero cuando he sido yo quien las ha merecido, la respuesta ha sido NULA.


Evidentemente, la cosa salió mal. La otra parte jamás contestó y, lejos de eso, demostró que todo le importaba muy poco. Años de amistad, de buenas a primeras, desaparecían y eran barridos de la continuidad. Incluso, en lo peor del momento, enseñaba fotos suyas yéndose de fiesta en algún otro Universo.
Pero el malo era yo, según la criatura. Era el malo porque eso de que me pareciera mal que estuviera de fiesta cuando tenía que estar solucionando las cosas, según ella, era egoísta. "Porque la otra parte también tiene derecho a desconectar", decía. Justificando una y otra vez faltas de respeto, desplantes y verdaderas groserías, sin atreverse a reconocer que, eso se lo hacen a ella, y se habría montado el Apocalipsis.
Especialmente si eso se lo llego a hacer yo.


Pero bien liado.


Aquello fue, con toda seguridad, lo que abrió la puerta para que yo abandonase mi propio Universo. Ya es bastante malo sentirte ninguneado, insultado, y completamente aislado de tu propio entorno. Que paguen contigo sus frustraciones es peor todavía, pero quizás lo que es imperdonable es ver cómo te faltan al respeto de esa manera, se justifican entre ellos y tú te comes la peor parte. Ver cómo alguien a quien quisiste tanto acaba por convertirse en alguien irreconocible que usa el poder que tiene sobre ti para pisotearte y machacarte cada vez que le viene en gana es algo muy, muy duro de superar.
Saber que nunca importaste a esa persona, y que desde cierto punto en adelante, todo fue fachada, es algo que me llevó años asumir. Y no fue sino otro motivo más para darme cuenta de que, desde hacía tiempo, aquel ya no era mi lugar.


Como tal, había que ser consecuente.
Tenía que irme de ahí.


Miraba a los ojos de los demás y, cuando no veía que me estaban mintiendo descaradamente a la cara (y esto no es impresión mía, es un hecho, y probado en varias ocasiones), sentía que me miraban como alguien que ya no encajaba en sus vidas. Alguien que quedaba muy por debajo de según qué estándares. Alguien que sobraba, cuando antaño habían confiado en mí cosas que no habían confiado a nadie. Secretos, conversaciones a mis espaldas. Temas que se evitaban delante de mí, porque se mencionaban de pasada para, rápidamente, pasar a otra cosa. Silencios que, poco a poco, comenzaban a ser incómodos.
El Frío se estaba apoderando de nuestras vidas.

Ya no éramos lo que habíamos sido. Lo que se suponía que teníamos que seguir siendo. Yo veía con mayor claridad cada vez que la red de secretos y mentiras que se había tejido tenía un peso insoportable. Que cualquiera que creyese un mínimo en la verdad se asfixiaría en aquella especie de juego enfermizo, donde no se atrevía a decir nada. No a menos que quisiera que lo lanzaran a los perros.
Eso fue lo que viví yo: y sí, intenté advertirlo en varias ocasiones. Cuando no se me dijo que eran imaginaciones mías cada vez que sentía que no se me quería allí (la criatura que antaño fue una estrella usaba eso como mantra cada vez que yo le hacía caso y hablaba de lo que me sentaba mal), directamente se me hacía sentir como si yo hubiera perdido la cabeza. Ya ni recuerdo la mitad de las veces que se me miró como si estuviera enfermo cuando les decía que las cosas no podían seguir así.
A día de hoy, con la mitad de nosotros casi disgregados, y de una manera no del todo amistosa que se diga, estoy seguro de que ninguno reconocería un asomo de razón en lo que estaba diciendo. Si acaso, los veo hasta capaces de decir que todo lo que ha pasado lo provoqué yo.


Como si lo viera.


Aquella criatura tenía por costumbre analizar lo que decía y hallar cualquier defecto en la forma para cargar contra mí y hacerme creer que estaba equivocado en absolutamente todo. Que era mala persona, egoísta y zafio por decir que me sentía mal. Tampoco recuerdo ya la mitad de las veces que he tenido que disculparme por haber dicho exactamente lo que sentía, o lo que pensaba. De todo esto, debo decir con muchísima tristeza, que lo que me quedan son recuerdos bastante empañados, porque por cada buen momento, aparecen junto a él palabras y actitudes que los echan por tierra. Episodios dolorosos que, ahora que me he ido de ese Universo, puedo verbalizar y expresar, no para regodearme en ellos, sino para poder conjurarlos y afrontarlos.
Para, algún día, poder superar todo el daño causado y poder seguir adelante.


Y, aunque ya puedo decir que he recuperado buena parte de mi autoestima y me encuentro muchísimo mejor,
debo decir que todavía me queda una buena parte del camino para recorrer.
Todavía hay muchos demonios interiores que necesito conjurar.
Pero estoy en ello.


Y aun haciéndolo, siempre quedan las voces.
Voces que me dicen que este no es el sitio para hacerlo. Que poner todo esto por escrito no es la solución. Que lo que tendría que hacer es hablar directamente con las personas implicadas y dejarme de tonterías...
Voces que no son la mía, pero están dentro de mi cabeza.
Me esfuerzo por escuchar lo que me diría yo: me digo a mí mismo que este es el sitio para hacerlo porque así lo decido yo y no otras personas. Lo es porque hablo de lo que me sucedió a mí y porque es aquello en lo que creo. Quizás en un año, dos o diez, borre todo esto porque deje de considerarlo. Pero hoy por hoy, es mi decisión, y no la de otros por mí.
Y esto, para mí, a día de hoy, sí es la solución. O parte de ella. Porque para mí expresar aquello que me duele es algo que desde siempre me ha resultado extremadamente difícil. No os imagináis el esfuerzo que me supone cada una de las palabras que estoy escribiendo. Y están siendo muchas, muchísimas palabras. Calculad lo que supone esto para mí; calculad también la necesidad que tenía de ponerlo por escrito. Una vez lo hagáis, tal vez podáis sentiros en posición de juzgarme. Solo tal vez.


Algunos, de todos modos, lleváis haciéndolo desde hace siglos.
Creo que es lo que mejor se os da, visto lo visto.


Y, en cuanto a lo de hablarlo... Han sido demasiadas conversaciones ya. Demasiados malos tragos. Demasiado remover asuntos extremadamente dolorosos para no solucionar absolutamente nada. He tenido que ceder tantas veces... para ver que nadie mueve un ápice; tantas veces que he tenido que asumir responsabilidades que no eran mías... para ver que nadie asumía nada por su parte. Tantas veces que he hablado y, bien se me ha tomado por loco, bien se me ha ninguneado, diciendo que dramatizo... tanto tiempo, tantas energías malgastadas para volver a actuar exactamente igual apenas unos días después...
No.
Ese período de mano abierta ha concluido. Mi paciencia se ha agotado. Y el momento que alguna vez yo mismo había insinuado, en el que acabaría por desaparecer para que no volvieran a encontrarme, acabó por llegar.


Se acabó lo que se daba.


Ahora lo que queda de esto es un puñado de recuerdos amargos. La sensación de no haber aprendido gran cosa, y la necesidad de reinventarme, reconstruirme y de iniciar una nueva andadura, por donde quiera que me guíen mis pasos.
Y de fondo, todavía queda un dolor sordo y amortiguado. El dolor de aquello que se corrompió hasta la médula. El Frío que lo acabó por consumir todo. La hierba que se volvió gris. El eterno crepúsculo y el tristísimo recuerdo de una estrella que murió para dar paso a lo que quiera que sea ahora.

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