Esta mañana, durante mis ejercicios de respiración y meditación al final de mi sesión matinal de entrenamiento en casa, he fijado mi vista en una foto mía en la repisa. La foto puede tener, no sé, unos diez, puede que once años. Ahí salgo yo, de punta en blanco, junto a la familia, posando en la clásica foto de una boda.
Me he visto y he intentado analizar lo que he sentido al ver la foto. No sé muy bien lo que ha sido. Orgullo, desde luego que no; aunque en esa foto no tengo mal aspecto, mi fuerte sentido de la autocrítica y una autoestima que no es precisamente la leche (los que tenéis más confianza conmigo lo sabéis de sobra, pobrecitos míos) me impiden verme así, no importa la circunstancia. ¿Nostalgia? Pues no sé yo, la verdad; en aquella época ya tenía yo mis movidas mentales y mis neuras. De hecho, creo que las vengo teniendo desde que tengo uso de razón, y el momento presente no es que difiera mucho.
La cosa es que era más o menos lo que soy ahora, pero aun así...
Lo siento, no sé explicarlo. No bien, y creedme, para alguien que se dedica a eso de la enseñanza y que escribe (aunque sea por afición) lo que lleva dentro, es frustrante.
Empecemos por el principio. Voy a ir improvisando un poco mientras escribo estas líneas, si no os importa. Tal vez sea un buen ejercicio de autoconocimiento, o bien puede ser una buena manera de echar un ratito que tengo libre por las mañanas. La verdad es que en esto, como en muchas cosas, no tengo la respuesta, aunque haya algunos de vosotros que piensen que sí puedo responder a cualquier pregunta. Ojalá, os lo digo en serio, pero no: no soy más que un ser humano, al que poco tenéis que envidiar, mucho me temo. Como mucho, puedo escribir para ver si la encuentro.
En esa foto yo era unos diez años más joven, como he dicho. No es que me sienta mucho más estropeado hoy en día (mi pelo ya no es tan negro, y mi rostro se ha afilado aún más a lo largo de los últimos años); en todo caso, podría decirse que estoy más bien igual. Vale, no siento nostalgia.
Tampoco tenía precisamente un mal aspecto en esa foto. No es la típica foto avergonzante (por ejemplo, las de mi comunión, que juraría que habíamos quemado en alguna hoguera de San Juan para que no queden testimonios de la pinta que tenía yo por aquel entonces), así que tampoco pienso en lo clásico de "Quién te ha visto y quién te ve".
Y, por suerte, tampoco eran los 80.
No, creo que esa foto me hace pensar en la clase de persona que era en aquella época, y en la clase de persona que soy ahora. Si me pongo a profundizar, incluso puedo llegar a pensar en la clase de persona que he sido siempre. Sí, soy así de raro, me gusta reflexionar sobre lo que era, y en lo que me he convertido.
Analizándolo con el corazón en la mano, supongo que me toca decir que sigo en esa búsqueda espiritual de la que hablé en su día. Lamento ser repetitivo, chicos; sé que me lo habéis echado mucho en cara, pero a veces tengo que escribir sobre esto, sin importar que ya hayáis leído cómo divago sobre lo mismo una y otra vez. Pensemos en que, si escribo mucho sobre esto, es porque pienso mucho sobre esto. Y los que ya me conocéis, sabéis que si hago algo es porque lo necesito o porque creo en ello. No sé fingir y no sé invertir mi tiempo en cosas que me resultan vacías y sin sentido.
Desde que tengo uso de razón sigo buscando mi lugar. Podría decirse que, en muchos aspectos, soy un nómada: sigo buscando el lugar al que pertenezco; sigo intentando encontrarme a mí mismo y (ahí le echo unas narices tremendas) entender el mundo que me rodea. A veces hago como que desisto, pero una y otra vez, vuelvo a intentarlo. ¿Os acordáis del mito de Sísifo? Sí, el tío aquel al que condenan a llevar una roca a lo alto de una loma, solo para que esta se caiga y tenga que volver a empezar... así por toda la Eternidad. Pues a veces me siento un poco así; emprendo una tarea, una cruzada o simplemente hago lo que creo que es justo, solo para recibir un varapalo que me dice "Buena idea, pero al final la cagaste"; me retiro, me lamo las heridas y, una vez me recupero, vuelvo a empezar. Porque no sé hacer otra cosa.
Puede que en el fondo no quiera hacer otra cosa, si soy honesto conmigo mismo.
Algo en este plan, metafóricamente hablando.
Además, yo no estoy tan cachas.
Y es que, si me pongo a pensarlo, muchos de mis errores los he cometido precisamente porque creía que estaba haciendo bien; bien a mi mismo, bien a otros... Pero creo recordar que, en mi vida (salvando etapas muy, muy oscuras, en las que ni yo mismo me reconocía y en las que, mucho me temo, tampoco era del todo consciente de lo que hacía), he actuado para dañar a nadie sin provocación previa. He conocido a mucha, mucha gente que sí lo ha hecho, creedme; y si algo he aprendido de ellos es que no quería ser así. Tal y como decía Garth Ennis, "En esta vida tienes que ser uno de los buenos, porque malos hay ya demasiados". La verdad es que leí esta cita hace relativamente poco, pero si lo pienso... Si lo pienso, ya creía en eso antes de haberla leído, y hago lo posible por llevarla a cabo.
Aunque luego, por supuesto, la acabe cagando de una forma estrepitosa.
Sé que algunos de vosotros me habéis visto entrar en combate. Habéis visto cómo he sacado las garras y me he defendido como un lobo (o he defendido a aquellos que considero, si seguimos la metáfora animal, de mi "manada"), a dentellada limpia, procurando no dejar vivo a nada ni nadie que se cruce en mi camino. Me habéis visto enseñar los dientes, lo que sé que os ha sorprendido a unos cuantos, dada mi imagen de bufón experto en soltar chistes guarros. Me habéis visto plantar los pies en el suelo y decir "No" cuando otros dicen "Sí". Habéis visto cómo me he negado a sonreír a según quiénes, porque no he considerado que haya que sonreír a aquellos que han hecho según qué cosas, menos aún por "ser ellos". Otros, tal vez los menos, me habéis visto enfrentarme a mis propios amigos por negarme a darles la razón en lo que se suponía que tenía que darlas. Todas, y creedme cuando lo digo, han sido batallas muy duras. Cada una de ellas, en mayor o menor medida, me ha dejado cicatrices. Y no ha habido ninguna de estas batallas en las que haya entrado por diversión o sin creer en lo que estaba haciendo. Sé que muchos de vosotros me habéis podido ver en algún momento como una persona agresiva, o incluso arrogante. No creo que estas palabras que escribo ahora mismo sirvan para justificarme o para haceros cambiar de opinión; francamente, quizás debería darme igual. Al fin y al cabo, estas líneas las estoy escribiendo más para mí mismo que para vosotros. Otra cosa es que os deje leerlas.
A lo que vengo a referirme es que en el fondo sé que no soy así. No soy arrogante, por mucho que lo parezca, por mucho que penséis que me creo en posesión de la verdad. Y lo que llamáis agresividad, tal vez no sea más que vehemencia y pasión. ¿Alguna vez habéis luchado con todas vuestras fuerzas por aquello en lo que creéis? ¿Alguna vez habéis saltado al campo de batalla sabiendo que, hagáis lo que hagáis, poco remedio tiene y, pese a ello, habéis luchado? ¿Alguna vez os habéis sentido en la firme obligación (aunque innecesaria en el fondo) de defender a aquellos que os importan? Si esto os ha pasado, entonces lo tendréis mucho más fácil para entender mi actitud en según qué situaciones. Si no, pues lo siento. No sé explicarlo mejor.
—Tío, no tenemos ni la más mínima oportunidad. Vamos a diñar.
—Pues al menos diñaremos juntos y luchando por lo que creemos.
Esto, en contra de lo que pueda desprenderse de este último párrafo, no me convierte en un héroe. Algunos, en ciertas conversaciones, habéis alabado mi valor, mi integridad y mi firmeza a la hora de defender mis valores. Agradezco de corazón vuestra admiración... pero no siempre me siento valiente. No creo que haya nacido con el espíritu de un héroe. Os lo digo de verdad, si algo me gustaría sería tener el arrojo y la potestad para hacer algo que ayude a mejorar las cosas, pero a la hora de la verdad, no siento que lo tenga. Solo creo en lo que creo y, si lucho por ello, es porque no sé hacer otra cosa. Porque si hiciera esa otra cosa, me sentiría mal conmigo mismo. No me sentiría yo. Tal vez me empezaría a apagar poco a poco... y no es algo que entre en mis planes.
Es posible que esa actitud me convierta, simplemente, en una diana. En el blanco de todos los golpes. Soy aquel que habla cuando los demás callan; el que dice lo que los demás piensan, quizás con demasiada claridad, o simplemente ante quien la mayoría de la gente no se molesta en hablar. El que queda como el malo cuando ha habido otros que dicho exactamente lo mismo que yo. Actúo cuando las fuerzas me lo permiten, aun sabiendo que no tengo mucho que ganar y muchísimo que perder. En ese aspecto, creo que tengo más corazón que cerebro, y así me va.
Esta actitud no convierte mi vida en ejemplar. Lo que ha hecho ha sido arrojarme a un montón de combates que, objetivamente, no eran asunto mío. Me ha hecho saltar a defender a gente que, siendo sincero, sabe defenderse por sí misma bastante bien y no me necesitaba en lo más mínimo. Me ha hecho llevarme las hostias que ellos no se han llevado. Todo porque me siento en la imperiosa obligación de proteger a los que me importan.
Lo mismo todo esto sucede porque no soy más que un imbécil con buenas intenciones, vete tú a saber.
Pero si algo he aprendido de cada una de estas batallas es que no me arrepiento en lo más mínimo de haber entrado en ellas, pese a las monumentales cagadas. Pese al desgaste de energías que me han supuesto. Pese a las duras cicatrices emocionales que llevo conservando desde vete tú a saber cuándo. Si algo he aprendido de todo esto es que si las hago es porque considero que hay cosas por las que merece llevarse todos estos golpes. Que a veces, hay que anteponer aquello en lo que crees a lo que puedes ganar o perder, pues esto no es un concurso ni un partido de fútbol en el que gana el que más marca. Que (y vuelvo a citar a Ennis de forma un poco libre), si dejas tirado a un ser querido, ya puedes ir a alistarte con los demás gilipollas, porque eres otra causa más por la cual el mundo se va a la mierda.
Para mí no hay nada más duro que saber que alguien merece y necesita mi ayuda y ver que lo he dejado en la estacada. Es de la clase de cosas que soy incapaz de perdonarme a mí mismo.
Sé que a muchos os parece una soberana estupidez, pero a mí me resulta muy difícil evitarlo.
Alguien me dijo una vez que mi mayor problema era que siempre hacía lo que debía, pero nunca me paraba a pensar en hacer lo que quería. Fue un bien consejo, y supongo que en cierta medida lo llevé en práctica, aunque a mi modo. A veces hacer lo que debes implica tomar decisiones muy duras que no te hacen feliz; en otras ocasiones, hacer lo que quieres puede implicar actuar de un modo egoísta y hacer daño a los seres queridos que te rodean, lo que tampoco es gran cosa. Quizás el término medio consista en hacer aquello en lo que crees. Si crees en hacer lo correcto y resulta que hacer lo correcto implica luchar porque tu entorno esté en paz, no entras en ese conflicto. Lo haces porque quieres hacerlo; porque te sientes mejor contigo mismo, o al menos mejor que no haciendo nada en absoluto. Eso sirve un poco como consuelo cuando luego empiezan a lloverte los palos y las piedras por todas partes. Sirve para poder mirarte al espejo cada mañana y poder decirte a ti mismo que no huiste y que, de haberlo hecho, jamás te lo habrías perdonado. Que afrontaste aquello que tenías que afrontar del mejor modo que has sabido (eso no quiere decir que lo hayas hecho de forma correcta, por supuesto... pero sí lo has hecho al límite de tus posibilidades), y que te habría gustado que, de ser al revés, alguien lo hubiera hecho por ti.
Es cierto que del hoyo salimos nosotros y nada más que nosotros.
Pero también es cierto que a veces necesitamos a alguien que nos tienda una mano en nuestros momentos más oscuros. Es parte de nuestra naturaleza.
Y, partiendo de esa idea de que nos gustaría que nos trataran así... tal vez lo justo sea que nosotros hagamos lo mismo.
Pero esto no es más que una idea, por supuesto.
Esto, insisto, no me convierte en una persona ni sabia ni inteligente. De estas líneas se deduce que mi actitud es la de meter la pata una y otra vez y, si tengo suerte, aprender de ello en la medida de lo posible. Supongo que el sentido de mi vida (al menos, por ahora y que yo sepa) consiste en ir cuesta arriba por ese camino empedrado que es el aprendizaje. Intentar sacar todas las lecciones posibles de mi vida y, si tuviera la suerte de haber llegado a las conclusiones correctas (no creo que se dé el caso en un futuro próximo, la verdad sea dicha), inspirar a aquellos que vengan detrás para guiarles en ese camino. O tal vez la cosa consista en recibir hostias hasta que llegue el día en que no haya más hostias que recibir, que todo puede ser.
Como ya habréis imaginado, todavía no he llegado a una conclusión clara acerca de lo que he sentido al verme en esa foto. Tal vez la respuesta esté entre estas líneas y yo mismo no me haya dado cuenta a la hora de escribir. Tal vez sea algo completamente diferente y simplemente haya estado escribiendo unas cuantas tonterías para pasar el rato. Lo siento, queridos Distópicos. Hoy, como sucede tantas veces a lo largo de mi vida, no tengo las respuestas.






2 comentarios:
Permiteme pues que te diga a quien veo yo:
Veo a alguien que se mantiene firme, que cueste lo que cueste persigue lo que quiere y que busca mil caminos para llegar. Que aunque le cierren mil puertas, encuentra un millon de ventanas.
Veo a un amigo. Uno de los que ya no se encuentran, de los que sabes que estan ahi aunque no te lo digan. Un amigo que escucha y apoya, de los que ocultan su propio dolor para soportar el tuyo contigo.
Veo a alguien que no tiene miedo de tomar decisiones; alguien que aunque pueda arrepentirse de decisiones pasadas no se avergüenza de ellas, no se avergüenza de su pasado, porque siempre fue consciente de lo que hacia, para bien o para mal.
Veo a un hombre. Con sus propias heridas y sin miedo de mostrarlas. Alguien que le ha tocado vivir en una época que quizas no le tocaba, o mejor seria decir que esta epoca no te merecía.
Simplemente, te veo a ti.
Vale, por una vez y sin que sirva de precedente, me acabo de quedar sin una respuesta ingeniosa.
Publicar un comentario