Mi primera herida fue limpia y dolorosa, del tipo que recibes cuando todavía no has aprendido a levantar un escudo. Cuando no llevas una armadura lo bastante resistente que te proteja de los embates que, tarde o temprano, acabarás soportando. Se trataba de un arma ligera y flexible, que silbaba en el aire con gracilidad a cada movimiento. La hoja, alargada, fina y ligeramente curvada, me atravesó de parte a parte, con rapidez, incluso antes de darme cuenta de que ya había entrado en batalla. Tardé un segundo completo en reaccionar, en entender lo que me había pasado. En descubrir que había caído en mi primera batalla. Aquella estocada, precisa y directa, fue profunda como solo la primera herida puede serlo. Me hizo sangrar. Sangré tanto que no quedó nada dentro de mí. Me quedé seco. Seco y débil.
Pero no morí.
Pese a ello, fue una recuperación lenta, con un dolor terrible a cada movimiento, a cada paso que daba. La cicatriz que dejaría sería espantosa. La clase de recordatorios sobre tu cuerpo que te instan a ser prudente; a protegerte. A usar tu olfato y levantar el escudo en cuanto se te eriza el vello de la nuca. A día de hoy, todavía me duele, aunque los años y la experiencia han hecho que ese dolor sea soportable. Que pueda vivir con ello.
Una vez inicias el camino, sabes que tarde o temprano entrarás en combate de nuevo, sin importar que ya hayas sido herido anteriormente. No puedes evitarlo, bien porque un instinto primario te insta a ello, bien porque es el propio fragor de la batalla el que te busca a ti. Esto último fue lo que me sucedió la segunda vez que me hirieron. Aunque igualmente ligera, el arma era silenciosa y fría. Un arma que, aunque esta vez ya estaba preparado para entrar en combate, fue lo bastante sutil para penetrar en mis defensas y atacar. A diferencia de la anterior, no fue un corte limpio: la hoja estaba llena de un veneno que me royó por dentro. Me hizo apretar los dientes y sentirme furioso por no haber sabido verlo. Sangre y pus se mezclaron en mi interior hasta que logré purgar aquella herida.
La tercera herida fue incluso peor. Esta vez era un arma ostentosa, labrada en oro, digna de la realeza. Se me mostró como un arma noble e impresionante. Todo para pillarme desprevenido y penetrar por resquicios de mi armadura tan insignificantes que ni yo mismo había reparado en ellos. El golpe fue devastador, casi mortal. Al contacto con mi carne, la hoja estalló en llamas y me hizo arder desde el interior. Me consumí, casi hasta que no quedó nada de mí. Mi armadura, mis escudos, mi carne y mis huesos, estuvieron a punto de ser reducidos a cenizas. Mi demonio privado, hasta el momento presente pero oculto, hizo ahí acto de presencia. Contempló mi cuerpo calcinado y se rió, pisoteando lo poco que quedaba de mí. Supongo que creyó haberme derrotado, y en gran parte no le faltó razón: aunque logré recomponerme y renacer de mis restos, durante un tiempo perdí el juicio. Me volví errático y temeroso: el demonio, no contento con haberse mofado de mi tercera derrota, había dejado el germen de algo terrible en mi interior. Una larva que anidaría en mis entrañas y que crecería hasta convertirse en un gusano que las devoraría incesantemente.
Vencer a aquel gusano no fue fácil, y requirió gran parte de mis fuerzas. Fueron años duros, donde debía calcular con precisión cada paso, pues no quería volver a cometer los mismos errores; una victoria no podía justificar el descuido que llevaría a otras derrotas. No, habiendo tanto que perder. Seguí caminando, pues, dedicándome a ofrecer mi espada a ayudar a aquellos que más lo necesitasen. Fueron buenos tiempos, y debo decir que creo que no hice mal trabajo en su momento. Pasó el tiempo y me di cuenta de que mi interior estaba algo mas restablecido; ninguna de las heridas, desde luego, había dejado de doler: el tejido cicatrizado era áspero y molesto, pero seguir caminando, seguir combatiendo, te permite adaptarte a él. Con la experiencia suficiente, casi no notas que está ahí.
Casi.
Llegamos pues, a la cuarta vez que fui herido en combate. Esta vez puede decirse que fue culpa mía: pensando que podría sobrevivir a aquello, combatí durante años aun sin ser del todo consciente que lo estaba haciendo. Fue al caer en la cuenta de que estaba entrando en batalla, me prometí a mí mismo que lucharía. Que lucharía con todas mis fuerzas; que desoiría la voz de mi demonio interior y que mantendría la espada en alto aunque fuese lo último que hiciera.
Y lo hice.
Peleé, con más arrojo y decisión del que jamás he tenido en mi vida. Me enfrenté a la situación, mirándola directamente a los ojos y usando mi mejor arma. Sin embargo, tenía clara una cosa: para que mis movimientos fueran más certeros, debía sacrificarme y bajar mis escudos. Desprenderme de mi armadura. En definitiva, debía luchar con lo poco que tenía.
Y lo hice.
Mi instinto, al igual que un ángel guardián, me decía que volvería a salir herido. Pero había otra voz en mi interior. Una voz poderosa, firme y fuerte, que se imponía a mi instinto. Me decía, una y otra vez, que eso no importaba. Que debía combatir, pues era mi deber. Pues había hecho una promesa, y si faltas a ella, no mereces mirarte al espejo. Pues, ¿qué es un hombre sin palabra?
Lamento decir que, una vez más, no estuve a la altura de las circunstancias. El arma, salvaje como la garra de un felino, se hundió en mí con total profundidad, retorciéndose en mi interior, y abriéndose de una forma muy dolorosa. Al hacerlo, el resto de cicatrices se resintieron, abriéndose algunas de ellas. Empecé a sangrar por todas partes, medio muerto.
Aquella herida me llevó a mi Infierno personal, donde tuve que recorrer otro largo camino, sorteando la risa y las burlas de mi demonio interior, que no hacía más que recordarme la poca valía que tengo en el arte de la guerra. Este me tentó una segunda vez, tomando la forma de un ser querido para volver a rematarme. Me humilló y me arrastró por el suelo, dejando un reguero de color rojo tras de mí. Diciéndole a todos, sin una sola palabra, que yo no era nada. Que yo no importaba. Que era una patética criatura inferior que solo merecía ser pisoteada. A mi alrededor, podía oír voces que coreaban a aquel monstruo, mientras yo no era más que un despojo. Un pedazo de carne escuálida, reseca y moribunda.
Tampoco morí ahí.
Esta vez, el demonio se olvidó de dejar nada en mi interior, de modo que me alimenté de rabia. De una rabia intensa, como jamás había conocido hasta entonces. Me prometí que aquel sacrificio de mi interior sería el último y que jamás volvería a perdonar las ofensas de aquellos que aprovechan para golpearme estando ya de rodillas. Puede que no fuera un gran guerrero; puede incluso que la mayor parte de mis batallas acabasen conmigo en el suelo, malherido. Pero, por todos los dioses jamás habidos, que no lamería las botas de mis verdugos. Jamás.
El camino tras aquel infierno me llevaría a sendas inexploradas, lejos de la sombra bajo la cual había vivido hasta entonces. El tipo de cosas que no descubres hasta que las abandonas, supongo. En aquellos territorios inexplorados, descubrí que no soy tan débil como creía, o como me habían hecho creer... o como me había hecho creer yo mismo. Incluso gané alguna batalla menor.
Pero la suerte no está siempre de tu parte, me temo. Siempre hay una batalla que se te resiste. Cada vez que entras en combate, sabes que puedes resultar lastimado, lo quieras o no. No importa lo resistente que sea tu armadura, o lo hábil que te hayas vuelto manejando la espada. No importa que tu escudo ahora sea tan ligero como resistente: la posibilidad de que caigas de nuevo, tarde o temprano, existe.
Eso fue justo lo que me sucedió la quinta vez. No sabría decir si aquel combate fue buscado por mí, o participé en él por invitación. Puede que fueran las dos cosas; no es algo que pueda decir con facilidad, y quizás, pasado el tiempo, ya no importe. Lo único que puedo decir es que, por un momento, me sentí poderoso. Sentí que llevaba las riendas de la lucha, y que blandía mis armas con certeza. Tal vez, me decía a mí mismo, había adquirido experiencia y la suerte me sonreía, para variar. ¿Acaso no era posible?
Y así fue, al menos, durante un breve espacio de tiempo, hasta que fui atacado por sorpresa. Casi por la espalda. El ataque se produjo de un modo tan ruin como el arma que lo protagonizaba: era un puñal, de hoja corta, pequeño y ligero. Diseñado para aparecer de improviso, causar el mayor daño posible y desaparecer. El arma de un cobarde.
Aquella puñalada, debo decirlo, no logró destruirme, pero sí dejó heridas internas. Heridas que, si bien no parecieron graves en un momento dado, se enconarían poco después, infectándose y produciendo lesiones que me nublarían el juicio. Mi demonio privado, lejos de verme hundido y casi destruido como otras veces, me miró a los ojos. Yo le devolví la mirada.
Ninguno de los dos dijo nada.
Esta historia no tiene final. Tal vez, porque dicho final no se ha escrito aún; es posible que ni siquiera exista, y no sea sino parte de un ciclo sin fin. Un ciclo de derrotas y resurrecciones, de escudos quebrados y armaduras que se fortalecen. De caminos que se recorren y de lecciones, tanto aprendidas como olvidadas.
Es posible que lo único que se desprenda de esto, si es que se puede desprender algo, es que nacemos para combatir. Para caminar. Para sangrar.
Para caer y, ¿por qué no?, no sabemos hacer otra cosa, para ponernos en pie de nuevo.







2 comentarios:
Se que esperabas una critica, y tal era mi intención. Habia comenzado a redactar un comentario digno de la reputación que me precede, sin embargo me he visto en la obligación de reescribirlo. El porqué es sencillo; no me veo capacitada y mucho menos con derecho de criticar unas lineas que bien podrian haber sido mias, que mientras iba leyendo reabrian algunas viejas heridas y recordaba el dolor de aquestas batallas. He jugado y he perdido muchas batallas, pero la guerra aún continúa. Solo puedo decirte que frente a la derrota levantes la mirada, porque siempre encontrarás a alguien que te tienda su mano. A veces, incluso durante la batalla, puede que no estés solo. Yo no me rindo, continuo luchando; espero de ti lo mismo.
Y ya van dos artículos en los que comentas y no tengo una respuesta ingeniosa. Me veo recibiendo el hat trick :/
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