Hace ya tiempo que no dedico espacio en este blog a escribir sobre el mundillo literario. Como ya recordaréis, en su momento, les dije lo que me podían ir comiendo y de qué manera tras años sufriendo un episodio de vergüenza ajena tras otro. Tras haberme pegado viendo cómo los que se ponían a parir se comían los mocos juntos en cuestión de veinticuatro horas, y donde se montaban campañitas y cipotes de forma totalmente aleatoria. Que si un día tocaba apoyar a no sé quién, pues a apoyarlo, aunque nadie supiera ni quién era, o aunque no se hubiera leído nada de él; al día siguiente, pues a putearlo, porque tal que si cual. Polémica por aquí, patochada por allá. Un puñado de capullos que no había estudiado literatura, o qué cojones, ni siquiera había leído apenas nada (admitido por ellos mismos, como si no estudiar algo fuera motivo de orgullo), sentaba cátedra por aquí, otro grupo de capullos les aplaudía histéricamente. Al tiempo, que si no sé qué proyecto conjunto, que si vamos a salvar la literatura, que si tal, que si pascual. Mucho humano de treinta y tantos pensándose que lo va a petar de la noche a la mañana, o que lo va a petar a secas. Mucha diatriba sobre la autopublicación, sobre el crowdfunding y, sobre todo, muchos pájaros en la cabeza.
Descripción gráfica.
Hasta aquí, lo despreciable, lo absurdo y lo respetable, en estricto orden de presentación. La coña de todo esto es cuando lo primero parece que tiene que gustarte, tienes que respetar lo segundo y tienes que colaborar con lo último, aunque no lo compartas. En caso de que ejerzas tu derecho a crítica, que no veas ni pies ni cabeza a según qué cosas y otras directamente no sean santo de tu devoción debes andarte con cuidado, porque te tildan de hater en cero-coma. Y oye, lo mismo tienen razón. Lo mismo es verdad que todo aquel que no es ultrapositivo de la vida y piense que lo va a petar a costa de participar en no sé qué proyecto o a costa de bombardear a sus amigos con spam cansino es porque está lleno de odio. Lo mismo aquellos que no queremos dar por saco con lo que hemos parido es que fuimos amamantados por los lobos, o lo mismo aquellos que no tenemos ninguna intención de andar publicando nuestras "obras maestras" (yo lo entrecomillo refiriéndome a lo que escribo yo, para que nadie se ande con susceptibilidades, que ya nos conocemos) porque son para nosotros somos monstruos. Porque, hasta la fecha, para muchos, o movías tus escritos para estar publicado o no te podías considerar escritor. Y si publicabas, ojito: porque para muchos, o publicabas con una editorial que les gustase o eras un puto aspirante. Un aficionadillo. Una mierda pinchada en un palo. Eso, claro está, sin importar lo que uno escribiera, si estaba mejor o peor hecho o más o menos revisado.
Tanto publicas, tanto vales.
Y a tomar viento.
Pasan los años y vamos viendo que aquí muy poquitos lo han petado. Que nadie ha salvado la literatura. Que toooooodas las obras maestras que nos prometían, que todos esos clásicos modernos que no iban a ser superados en una década han pasado al olvido. Las famosas modas, que habían llegado para quedarse, han pasado de largo, dejando una estela de saturación, de obras mediocres a manta y de excepciones dignas que han quedado eclipsadas por toda una horda de óperas primas que, de no haber habido una especulación tan grande con eso de explotar géneros a mansalva, probablemente no habrían visto la luz jamás.
El personal, a juzgar por las quejas que vengo leyendo últimamente, parece estar dándose cuenta de que eso de subirse al carro de las letras no es una carrera tan rápida como creían. Gracias a las superventas, nadie se ha convertido en estrella del rock, nadie se ha pillado una mansión que ha llenado de mozas a las que sobetear y nadie ha conseguido pagar sus facturas por el resto de sus días. Lo que a muchos nos venía pareciendo normal tras el primer año de andar dando vueltas en el mundillo, ahora parece haberse hecho oficial: no te conviertes en una Leyenda de la noche a la mañana.
No vas a salvar nada.
Qué cojones, lo mismo de aquí a unos cuantos años el "gran público" quizás ni se acuerde de ti. No porque seas mejor o peor, olvídalo: hablamos de un mercado ultracompetitivo, donde se ha demostrado que no prima la calidad de lo que se publica, sino lo en boga que esté. Publicar no se ha convertido en un reconocimiento para aquellos que son lo bastante buenos, sino para aquellos que han convertido sus obras en un producto. A sus obras y a sí mismos. Es más, si publicas ahora, tu vida literaria dura lo que duran tus obras en una tienda, y eso depende de si al editor le da por seguir distribuyéndolas.
Es duro, pero debéis saberlo:
No vais a ser el puto Axl Rose.
Todos lo hemos visto: gente que pasa de ser personas en una red social a convertirse en una imagen de lo que venden. Algo que es muy respetable, pero que yo no puedo compartir. Estar en contacto con el público (si es que hablamos de eso, y no de estar en contacto con colegas u otros escritores, como hemos hecho la mayoría al final) no consiste en recordarle al público que eres el autor de no sé qué, cada dos por tres. No consiste en apadrinar una causa y convertirte en su fiel abanderado. No consiste en ir pregonando un mensaje en el que crees, pero que no tienes en la cabeza las veinticuatro horas del día. La gente quiere estar en contacto con personas que escriben y a las que lo mismo admiran, no tener delante a una imagen que es básicamente un sello comercial con patas.
Y es que, tal y como sucediera con eso de hablar de política o ponerse a ir de indignado por la vida, cada día estoy más convencido de que publicitarse como autor en según qué redes sociales es incluso contraproducente. El spam mismo, como idea, es contraproducente.
Imaginad el buzón de vuestra casa. Pensad en cómo os sentís cuando, día tras día, os viene el mismo puto folleto de la oferta de la charcutería del barrio y vosotros, casualidades de la vida, sois vegetarianos... o bien os gusta el salami, pero no tanto como para que os recuerden a diario que está a mitad de precio. Pues esto es igual: aunque reconozco que si no se informa a nadie, nadie se entera de que hay un libro recién lanzado, el efecto del spammer es aún más devastador, porque genera saturación, hastío y hasta aversión hacia la obra, el autor o el género que se quiera vender. Dicho de otro modo, si lo que quería uno era ganarse un público, lo que está ganándose es que cualquier día le digan "Mira, colega, vete a pastar que estás de un plasta que no hay dios que te aguante".
"Ay Dios, ahora vienen en grupo..."
Por eso, supongo que no siento pena por lo que estoy viendo últimamente: es decir, puedo sentir pena por el hecho de que algunas editoriales honradas (quiero pensar que hay alguna, aunque yo no haya conocido ni una) o algunas librerías que tenían aprecio por lo que hacen (de esto sí tengo más constancia) hayan tenido que echar el cerrojo de forma definitiva porque no tenían cojones de salir a flote. Por quienes no siento pena es por todos los demás: por esos que se han creído que se podían cachondear del público. Por aquellos que se han aprovechado de las ansias desesperadas de algunos autores por ver su libro en la estantería de una tienda y les han cobrado por hacer el trabajo que tenían que hacer ellos, o por aquellos que han obligado a los autores a comprar los libros que se supone que tenían que vender. No siento pena por aquellos que se han creído que esto de escribir es subirte al carro de una moda y plantar tu mierda con faltas de ortografía, sin cuidado alguno por lo que haces y limitándote a seguir el camino marcado. No siento pena por aquellos que han convertido la literatura en una especie de carrera por ver quién la tiene más grande, los que se han dedicado a ver lo que hacen los demás antes que centrarse en su trabajo; no me da pena la gente que ha convertido esto de escribir en una especie de versión cutre de la Civil War de Marvel, pidiendo aliados para sus guerritas personales con sus archienemigos y crucificando a los que no les dan la razón.
"Anda, aquí están los que han participado en el proyecto ESE..."
Cuando me dicen que muchos están bajándose del barco, no siento pena. ¿De qué barco estamos hablando? ¿Del de escribir o el de formar parte de según qué círculos? ¿El de escribir y concebir historias, o el de contentarse con escribir cualquier chorrada para publicarla y tener un curriculum literario con el que andar impresionando a alguien? No siento pena por aquellos que han llegado, han publicado con una editorial modesta y han mirado por encima del hombro a los demás que han publicado con editoriales aún más modestas o no han publicado en absoluto. Tampoco siento pena por aquellos que han publicado con editoriales algo más que modestas y han tenido la misma actitud. No, no me pueden dar pena si ahora resulta que las cosas no pintan tan fáciles como prometían y siguen con editoriales igualmente modestas, o las editoriales grandes ya no quieren contar con ellos. No me dan pena cuando ven que aquí no hay nada que rascar y deciden pasarse a Youtube o cualquier sitio similar donde eso de hacerse famoso resulte algo más fácil.
Cuando me cuentan que la crisis literaria va en picado, no siento pena, porque ya sabíamos que no todos nos íbamos a convertir en la generación artística de nuestro tiempo. No todos, desde luego. Ni siquiera un porcentaje. Alguno, a lo mejor, pero en caso alguno de un modo tan fácil como nos creíamos, y puede que ni siquiera se le reconozca en mucho tiempo. Olvidémonos del sueño americano de las letras de una vez. Olvidémonos de eso de "escribí la gran novela de mi tiempo en un verano que no tenía nada que hacer".
Olvidemos todo eso.
Lo que hemos hecho, a fin de cuentas, no ha sido escribir para lectores, eso pasó a la historia: ha sido escribir para otros escritores, con los que hemos pactado reseñas. Con los que nos hemos intercambiado elogios y buenos comentarios, a fin de hacernos un hueco... pero que, en esencia, no ha servido para nada. Hemos querido salvar una literatura que tampoco sé muy bien hasta qué punto merecía ser salvada, viendo la actitud general de los autores. He visto campañas en plan "tenemos que apostar por lo nuestro", pero... nunca hemos tenido muy claro qué es "lo nuestro" porque la cosa se ha limitado en apoyar a nuestros colegas y poco más. Y si acaso, contar con que nuestros colegas nos apoyen, todo para ver si de verdad nuestras ventas aumentan. Primero fuimos de malotes, puteándonos y creando polémicas absurdas; luego fuimos de colegas, alabándonos. Pero el daño ya estaba hecho.
"Que sí, que sí, que esto con una escoba y un bote de pintura queda como nuevo, te lo digo yo"
La imagen del mundillo ya estaba dañada, y no solo por esto, sino por la falta de fiabilidad. Por tanta ópera prima encumbrada hasta la saciedad. Por tanto lector defraudado, que se negaba a seguir comprando material de según qué autores porque, en resumidas cuentas, no estaban a la altura de las expectativas. Por tantísima obra publicada, con ofertas que decuplicaban la demanda. Dar con algo decente, asumámoslo, fue como encontrar una puta aguja en un pajar.
Quizás ahora, y solo quizás, es cuando se esté viendo las orejas al lobo y el personal que realmente nunca tuvo fe en lo que hacía (hubo muchos, de esos que se ponían a escribir por eso de seguir la moda y tal) por fin se dé boleto de una vez y se dedique a buscar la gloria y la fama que tanto necesitan en otra parte. Si tenemos suerte, tal vez podríamos hablar de una regeneración de lo que es el mundillo de la escritura. Si añadimos (y crucemos los dedos) que algunos de esos que han fomentado el mierdismo de la literatura, publicando cualquier pedazo de caca olorosa que lleve la insignia del tema de moda, por fin se den cuenta o dejen espacio a aquellos que sí saben lo que están haciendo, ya podríamos empezar a hablar de un atisbo de esperanza.
Pero hoy por hoy, no tengo esa esperanza. No me alegro, que conste, porque sí me da pena que mucha gente que sí ha creído en lo que estaba haciendo haya perdido la fe y se haya dedicado a otras cosas a causa de la arbitrariedad y la desesperación que ha supuesto el que alguien en una editorial lea sus obras. Tengo amigos que sí han tenido (y conservan) la ilusión por publicar y todos estos que he mencionado se la han ido minando. Y no, no me vale lo de "Entonces no les gustaría tanto", porque no cuela: cuando te partes los cuernos por algo, dedicas muchas, muchísimas horas de tu tiempo a un proyecto en el que crees, trabajando con dureza, documentándote, repasando, corrigiendo o reescribiendo y ves que cualquier imbécil saca cualquier mierda incluso con faltas de ortografía, no es que no te guste la escritura lo bastante: sigues escribiendo, pero con la convicción de que eso de publicar es una quimera. Te sientes estafado y, al ver lo que se está publicando, te da la impresión de que se están descojonando en tu cara. Como autor, al ver semejante mediocridad impresa, y como lector, al darte cuenta de que te han cobrado por un material de tercera y adulterado, el precio que se cobraría por mierda de la buena. Y no es que te tengas que joder, sino es que te tiene que parecer bien, o eres un hater, o tienes envidia, o lo que sea. Sigues escribiendo porque te gusta, pero eso de mover las obras, con el coñazo que supone y con lo absurdo que demuestra ser, lo va a hacer su puta madre.
Es que pasando olímpicamente, vaya.
No me alegro al ver el resultado de todo esto. Como he dicho, no me alegro por la gente que tenía la fe y la ha perdido. Pero no siento pena, cuando me pongo a pensar en que, si de todos estos que han perdido la fe de forma injusta, al menos una sola persona que estaba colaborando para convertir la literatura en el burdel de poca monta en que se ha venido convirtiendo se va con la música a otra parte.
Supongo que esto que digo hará que muchos de vosotros me odiéis. Muchos de vosotros que teníais fe en convertir la literatura patria en algo que compitiese con la literatura extranjera (siempre me ha gustado eso de compararse con el vecino, suena tan profesional y falto de complejos) probablemente os toméis esto como un ataque personal o vete a saber qué. Es un viejo argumento que estoy cansado de oír, y que rezuma una falta de argumento real ante lo que digo. Muchos de vosotros, de los que creíais que os íbais a convertir en leyendas de las letras, puede que os sintáis terriblemente ofendidos ante lo que digo... como si no vierais por vosotros mismos lo que el mismo mundillo (y no yo) ha venido sembrando a lo largo de años. Podéis convertirme, si queréis, en el blanco de vuestras iras y de vuestra frustración. Por mi parte, yo sé que no tengo potestad, ni repercusión como para que una sola de las cosas de las que os estáis quejando sea responsabilidad mía. Al fin y al cabo, yo no soy nadie. Nunca he sido nadie. Con toda seguridad, moriré sin ser nadie... Pero yo lo tengo asumido. Y a decir verdad, como ya podéis deducir de esto (y si no, habéis estado haciendo los juicios de valor equivocados, para no romper con la costumbre), tampoco es que me importe demasiado. Si esto ha sucedido, no lo he provocado yo. Yo no me he sumado a las campañas que habéis propuesto, porque no creía en ellas, y en mi derecho estaba, tanto como vosotros de creer en ellas y participar. No he bombardeado a nadie con publicidad sobre mis creaciones, esperando que me leáis, mucho menos que compréis mi mierda. No os he medido a ninguno de vosotros por lo que hayáis publicado ni dejéis de publicar. No he convertido la literatura en una especie de carrera de motos, ni he seguido la filosofía de "Si no publicas, no eres escritor". Yo mismo, y podéis comprobarlo en este mismo blog, ni siquiera me considero artista en el sentido pleno de la palabra. Tan solo soy una persona que ha estudiado literatura, y la que se le revuelven las tripas cada vez que escucha a un montón de ignorantes dar lecciones sobre mi materia de estudio. Si eso os jode, os aguantáis. Más me jode a mí haberos estado escuchando cada vez que soltabais una burrada y aquí me tenéis. Soy una persona que está segura de lo que habla, y que hay muchas cosas que se calla precisamente porque las desconoce.
Y soy una persona que lleva tiempo harta.
Hasta los huevos de todo.
Soy una persona que tiende a observar lo que sucede y, en base a los datos que tiene, a hacer sus pronósticos. Este caso concreto supera los míos, y tengo que decir que tampoco esperaba leer que, de buenas a primeras, haya otros que se hayan dado cuenta de que así no y lo digan abiertamente. ¿Que esto de que el personal empezase a bajarse del carro tenía que pasar? Sí. ¿Que sucediese ahora? Pues oye, no tenía ni puta idea. Pero insisto: no me alegro por según quienes.
El resto de vosotros, no me dais pena.









2 comentarios:
Me gusta mucho tu reflexión sobre el efecto perjudicial del spamming. No recuerdo al personaje, pero había un tipo de estos de carrera memorable -un magnate de los medios americanos que estudiamos en la facultad- que decía: "Es incuestionable el gran efecto que la publicidad tiene entre el público; yo mismo dejo de comprar muchos artículos precisamente por el mal gusto de la publicidad que de ellos se hace" (si das con la cita original, por favor, házmelo saber). Y luego, lo del mundillo literario... Como mi menda siempre fue un paria -he asistido a no menos de 20 congresos literarios, pero mi larga lengua y mi tendencia a la honestizante bebida siempre me pudieron-, conozco bien lo que es ser una oveja negra que no alza las loas al cielo aplaudiendo el despertar de la nueva y sublime generación de Elegidos para revitalizar el noble arte de Shakespeare, Cervantes, Goethe... Conozco el temita. Y mi conclusión viene a ser más o menos como la tuya: bah, a la mierda.
Yo quiero pensar que la mayoría ha ido con buenas intenciones con eso del spam... El problema ha sido en el momento en que eso ha luchado con el ego de cada uno y, cuando se les ha dicho que se están pasando, ponerse como fieras corrupias y tener los santísimos cojones de decir que no están spameando (porque su mierda no huele y la de los demás sí).
Ha habido quien se ha dado cuenta de que, efectivamente, bombardear no es lo mismo que publicitar y se han dedicado a promociones modestas (y honestas) o a no hacer promoción en absoluto y dejar que sea su trabajo el que hable por ellos. Algunos de ellos (conozco casos) han llegado bastante más lejos que la mayoría de los spammers y de aquellos que se han convertido en una marca viviente. No es que una cosa garantice la otra, pero me parece una forma de trabajar mucho más honesta que andar dando la matraca todo el santo día.
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