jueves, 27 de agosto de 2015

Escupiendo Rabia- Derecho a informar, o Espectáculo, querido espectáculo




Hará cosa de unos seis o siete años, conocí en un curso a una amiga que, casualidades de la vida, había estudiado Comunicación Audiovisual. Para más señas, esta chica estuvo viendo los entresijos del mundo de la tele por dentro gracias a una beca que la envió a trabajar como becaria en una de las cadenas de televisión más importantes del país. Allí, según me contó, pudo comprobar con sus propios ojos como las premisas que le habían enseñado en su carrera sobre los medios de comunicación eran mucho más ciertas de lo que cualquiera estaría dispuesto a soportar.

—Cualquier cosa que veas en televisión —me explicó ella, hablándome sobre el tema —es básicamente mentira. Y si no es mentira, está lo bastante manipulado para conseguir lo que se busca en el mundo de la comunicación.
—¿Y qué es? —pregunté yo, desde mi total ignorancia acerca del tema.
—Espectáculo. Simple y puro espectáculo.

Fue una respuesta tan dura como clara. Mi amiga me explicó que la televisión, así como la mayor parte de medios, busca tener entretenida a la gente, proporcionando una especie de "soma mental" a las masas. A modo de cultura pop, se ofrece una noticia de forma exprés, que perdura equis tiempo para luego desaparecer en el olvido y pasar a otra cosa más de moda. Ved cualquier noticia y comprobadlo, en lugar de aceptar lo que acabo de plantaros aquí. En cualquier telediario, nos damos cuenta de que el titular que lo abre no es precisamente el más importante de cara a la posteridad, sino el más sangriento. Los medios, si bien no admiten inventarse abiertamente la información, añaden datos de su propia cosecha, a menudo sin contrastar; emiten juicios paralelos o azuzan a las masas para que estén sedientas de culpables. El objetivo, casi siempre, es ofrecer noticias, pero de la forma más sensacionalista y espectacular posible. El extremo al que se llega a veces es tan grande que uno no sabe si se está denunciando una tragedia o se le está dando el bombo necesario para que otros la imiten.
Es un poco lo que ha sucedido con el caso del señor que  ha tiroteado a una reportera en directo. Este tipo, no contento con haberse cargado a alguien delante de todo quisqui, se vanagloria de ello y procura que el asunto se haga eco en redes sociales... porque para él es algo así como una hazaña. En épocas donde ahora los miembros de los colectivos tradicionalmente discriminados (el asesino era negro y homosexual) parecen sentirse con pleno derecho a odiar a todos los que no son como ellos, era cuestión de tiempo que uno particularmente chalado empuñase un arma y la liase parda con la intención de reivindicar una causa. Y al parecer, al mundo le ha tenido que parecer bien semejante imbecilidad. Me sorprende (y me agrada sorprenderme) que todavía no haya salido ningún subnormal diciendo que lo entiende, porque al tipo no le habían escuchado con lo que tenía que decir.


Porque habría sido pa tirarlo a un foso de una patada en los cojones.


Lo enfermizo no es solo que semejante desgraciado se crea con derecho para emprenderla a tiros contra una reportera de la cadena para la que él estuvo trabajando y donde asegura haber sufrido discriminación (lo mismo es que el imbécil este no sabe ni lo que es emitir una denuncia y le parece mucho más práctico hacer justicia a tiros). Lo verdaderamente jodido sucede del asesinato para arriba: en el momento en que eso se sube a una red social... y se vuelve viral. Que a ver, el tío puede subir eso o puede subir un vídeo de cuando era pequeño y jugaba con un patito de goma, pero para que se convierta en viral debe haber un número ingente de enfermos mentales que lo miran y lo comparten, como el que comparte vídeos de gatitos.
Mucho más interesante es escuchar justificarse a los medios, como he oído hace apenas un rato: por un lado, vemos que emiten el vídeo del tiroteo sin censura alguna, a una hora en que cualquiera puede verlo y con repeticiones dignas de partido de la Champions. "Por el derecho a informar", nos dicen, y nos tenemos que tragar semejante mierda. Como si no supiéramos que, si disparas a alguien a bocajarro, probablemente te lo cargues, sin necesidad de que te pongan cómo dejan a una criatura como un colador en primer plano. La hipocresía es aún mayor cuando ellos mismos plantean el dilema moral y lo resuelven de forma automática, diciendo que es duro pero que "hay que enseñarlo", porque "hay que mostrar al mundo lo que pasa". Y como eso es un mantra incontestable, no hay cortapisas morales que valgan. Está todo justificado y la prensa tiene total carta blanca para mostrarte un asesinato en directo como el que te está mostrando el besugo al horno de Karlos Arguiñano.


Lo mismo te plantan esto que un tío con las tripas sangrando por un tiro y oye, todo es genial.
El chiste es que si ese mismo tío resulta salir en una película o en una serie, se pone el grito en el cielo. Para no escandalizarnos, tiene que palmar en la vida real.
Y esto por lo visto no es absurdo.


Más risa por no llorar da cuando llega el periodista de turno diciendo que bueno, que lo enseñan porque total, el vídeo ya es viral en Internet. Como si eso fuera una especie de competición o como si por el hecho de que cualquier desalmado que suba un asesinato diese derecho a la prensa a hacer lo mismo (y ninguna responsabilidad), y suerte tenemos de que ellos mismos no hagan sus propios memes para cachondearse, porque también suelen ser virales. Lo adornen como lo adornen, para mí esto es la típica excusa de los críos del patio diciendo "Pues si Anita va a la calle sin bragas yo también" y que, si lo pensamos, nunca funcionó. Si esto es por informar, insisto: a mí que me expliquen por qué las repeticiones en cámara lenta como si fueran un gol del puto CR-7. Por qué mostrar este tipo de cosas con un tono que rezuma la clásica frase de "Tíos, tíos, ¿habéis visto esto? ¿Es o no para flipar?"


"Por el derecho a informar os vamos a mostrar una violación en riguroso directo".


Siempre he abogado por un código ético para periodistas, y creo que empieza a hacer falta más que nunca. Antes de que los demagogos y los tontos del culo empecéis a decir que eso es una imposición de censura, quiero que os planteéis en qué profesión medianamente seria se permite a nadie mentir, manipular o sentar juicios de valor sin un contraste de datos o sin tener idea siquiera de lo que se está hablando. En este mundo moderno, bajo el amparo de la "libertad de la información" se está llegando al punto en que aquellos que se llaman a sí mismos profesionales convierten la vida humana en un espectáculo que mostrar cuando hay una tragedia. Esos que se dan golpes de pecho son los primeros en acusar a civiles de crímenes antes que la propia justicia, azuzando de paso a la opinión pública para que se erija en un tribunal popular. Cada semana hay un delincuente al que envían a la picota, culpable o no. Cada ciertos meses, una plaga que nos matará a todos. De vez en cuando, una tragedia de proporciones más o menos intensas con la que hacer caja. Nos hablan del "lado humano", sí, pero al final lo único que vemos es sensacionalismo. Amarillismo. Basura lacrimógena que, lejos de dar información fehaciente, nos planta en los hocicos lo más desagradable o lo más enternecedor, pero sin mostrar apenas lo que ha sucedido realmente.


Si alguien, a mi juicio, mostró con total claridad la actitud de prensa y público hacia la violencia real, ese fue Amenábar con su genial Tesis. Prestad especial atención a los dos últimos minutos de película y entenderéis a lo que me refiero.


Cuando veo que la prensa vende su libertad de expresión al mejor postor y es capaz de mentir descaradamente en favor de intereses económicos, ideológicos o políticos, es cuando ya empiezo a darme cuenta de la cantidad de basura que hay suelta que se hace llamar a sí misma periodista. Cuando encontramos gentuza tan miserable que usa su carnet de prensa para difamar o calumniar a aquellos que no son de su ideología es cuando nos damos cuenta de que ejercen su derecho a la libertad de expresión y a la libertad de prensa de una forma pobre y chapucera. Zurren en mierda los ideales que se supone que defienden y se convierten en la escoria más grande que ha parido madre. Que nos creemos que es ahora, pero esto quizá ha sido así desde siempre, con la cosa de que se vuelve más descarado con cada año que pasa: desde los primeros reality shows de los años noventa, donde nos mostraban una crónica negra tan negra que nos daba miedo salir a la calle hasta para comprar el pan hasta los opinólogos de nuestros días. Todos y cada uno de ellos contribuyen a distorsionar la imagen del mundo en que vivimos, generando miedo, odio y tensiones. Miedo a que el mundo sea realmente ese pozo de asesinos, violadores y criminales extranjeros que te apalean por la calle sin mediar palabra, o miedo a que llegue la puta plaga definitiva que nos barra a todos del mapa de una vez; odio a tal o cual colectivo, a tal o cual ideología política, a tal o cual raza, que solo parece generar delincuentes. Tensiones por todas partes, donde el personal ve enemigos en todas partes, haciendo que un buen día acaben con ganas de propinarle una paliza a la chica que milita en un partido politico que no nos gusta. Porque estamos tan encabronados que parece ser que tenemos carta blanca para administrar justicia popular. Porque la prensa se ha pasado años azuzándonos unos contra otros, haciéndose eco de los propios partidos políticos, que en eso de tener cabreada a la gente también son bastante putos amos.


"En el pleno de hoy, nos dedicaremos a putearnos los unos a los otros, mientras nuestros amigos nos aplauden y el pueblo se posiciona entre sociatas y peperos. Que empiece el espectáculo".


Vivimos en una época en la que tergiversar las cosas se está convirtiendo en una actividad no solo normalizada, sino que parece que hay que respetarla "porque cada uno tiene su visión de las cosas", aunque eso implique mentir a conciencia, hablar sin datos e inventarse lo que no pueden explicar. Una enfermiza, como digo, cultura pop, donde lo que preocupa a la sociedad es solo lo que se pone de moda, dando escasa o nula importancia a cualquier otra cosa que no parece "molar" tanto. Planteo el ejemplo de siempre: se han pasado años denunciando la violencia de género (cosa que me parece bien), pero no ha sido hasta hace más bien poco donde se ha denunciado con el mismo hincapié los abusos sobre menores (a menos que haya sido una cosa más bien sonada). Partiendo desde esta base, ¿podemos decir que a la prensa realmente le importa una u otra causa? Llamadme cínico, pero me inclino a pensar que las dos les importan un carajo. Tal y como yo lo veo, esa "necesidad de informar" a la que aluden no es más que una pantomima. Un juego deshumanizado en el que hoy denuncian a un cabrón que ha dado de puñaladas a su mujer y lo mismo mañana denuncian el elevado precio del embutido, poniendo esto último a un nivel superior simplemente porque "lo otro ya no tiene repercusión". Traducido: una muerte ha dejado de tener caché y no da la misma audiencia que un buen embutido.


"Un nuevo caso de chorizo demasiado caro sacude a la opinión pública en Torrelodones".
Os parecerá absurdo. Pero es que la atención que los medios prestan a según qué cosas y en según qué momentos es absurda.
Si no, pensad por qué nunca suele haber noticias de excesivo interés en verano.


Como suelo decir, esto no es culpa solo de la prensa. Sería muy maniqueo decir que la prensa es el mal y el humanoide de a pie un pobrecito que es engañado de forma sistemática por un malvado poder fáctico que lo manipula sin que él se dé cuenta. Ojalá. La prensa nos mete con calzador lo que le sale del ano y dirige nuestra atención sobre lo que consideran más espectacular, maquillándolo para que resulte aún más espectacular... pero el ciudadano no es ningún inocente. Pese a todas las justificaciones chabacanas por parte de aquellos que siguen esforzándose en mostrarnos sangre y violencia REAL a la hora de comer, el telespectador todavía permanece con la antena receptora de salvajismo activada, tal y como sucedía en el puto S.XVII. No hablo de lo que se censura hoy en día, que es la ficción, sino de la realidad: el ciudadano cada día se siente más y más satisfecho con las muestras de violencia verbal o física, que necesita ver a diario aunque sea para escandalizarse (aunque luego sea incapaz de apartar la vista de la pantalla). Necesita ver cómo las distintas facciones se odian las unas a las otras todo el santo día.


Hoy en día surgen cada vez más grupos que se definen a sí mismos por lo que odian.
Otros consideran que el objetivo de un debate consiste en ridiculizar al otro.
Otros, incluso, consideran que todo el que no participe en un razonamiento (por descabellado que sea) es enemigo y consideran lícito aplastarlo.
Cada uno de estos tres grupos ve como herramienta básica el desprecio y la humillación... y otros incluso ven justificadas la violencia física para respaldar su causa, porque consideran a esta una especie de armadura moral que les justifica.


Muestras de odio, desprecio y rabia presuntamente justificada que se convierten en una especie de heroína moderna. Una especie de catársis. Si no, solo pensad en la de gente que ha hablado de saltarse "la mierda esa de la justicia" para dar matarile al presunto asesino de dos chicas al que han trincado en Rumanía. Porque pa qué nos vamos a andar con tonterías de juzgarlo y demostrar que, efectivamente, es culpable. Para qué perder el tiempo con juicios, cuando se pueden presentar unos cuantos y matarlo a palos como si fuera un animal. El personal, con conductas como esta, lo único que demuestra es una hipocresía de tres pares de cojones: todo el puto día diciendo que los americanos son unos cabrones porque tienen la pena de muerte, dándoselas de demócratas y, en el momento en que las cosas se tuercen, ya están organizando sus propios pelotones de linchamiento. Defendiendo lo que en cuestiones normales (o cuando lo hace otro) como una aberración o como una burla a la justicia.
Porque al parecer el ciudadano de a pie sí que sabe lo que es la justicia, por encima de cualquier juez, abogado, fiscal o incluso criminalista. Para ello, según este planteamiento, lo único que necesita es un acusado y un palo. Y nada más.


"¿Dónde está el cabrón ese que dice que no le gustó El Padrino?"
Igual nos parece un motivo absurdo para matar gente. Lo es, de hecho... pero es que la gente, hoy en día más que nunca, no necesita un motivo lógico para emprenderla con alguien.


En resumen, esto es una pescadilla que se muerde la cola: la prensa azuza a la gente, que ya viene de base con ganas de marcha. Los medios crean figuras mediáticas, y en estos tiempos no eres nadie si no eres viral en una red social. Cada vez que sacan a uno de estos que abate a tiros a alguien en directo; cada vez que se da bombo a un asesino, violador o agresor de cualquier tipo se le está dando a alguien sus cinco minutos de gloria. La mayor parte de las veces, esos cinco minutos, más que de gloria son de vergüenza... pero no nos engañemos. En muchas ocasiones, por conseguir audiencia se mediatiza a gente así, de forma que se les da lo que están buscando (y vuelvo al caso del tipo que abatió a tiros a la reportera): atención. Por cada uno de estos a los que se convierte en una estrella, habrá otros cuarenta, cincuenta, cien, que empiecen a pensar que se les escuchará si hacen una barbaridad. La prensa habrá tenido la culpa por darle el prime time que tanto iban buscando... Y los espectadores por haberse convertido voluntariamente en su público.

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