Un fin de semana, como quien dice, accidentado, queridos Distópicos. La cosa pintaba tranquila, con previsión de ir al concierto de unas amigas el domingo. Algunas clases sueltas, y poco más.
Pintaba. En pasado, sí.
Es curioso cómo el caos ejerce su particular poder en cuestión de breves lapsos de tiempo. Al principio la cosa va según lo previsto y al instante siguiente te toca improvisar porque se ha puesto todo patas arriba. Como por ejemplo, cuando en tu casa ese mismo fin de semana deciden pintar la terraza. Esto, aclaro, no es la parte caótica. Es algo relativamente normal en cuanto llega el verano. Lo caótico es que, una vez sacados todos los muebles que tenemos en la terraza, un accidente leve manda a tu viejo a urgencias y tu pasas el resto del sábado por la tarde limpiando gotitas de sangre casi hasta la altura del techo. El causante, un jamón traicionero que hizo saltar la hoja del cuchillo hacia donde no debía. En este caso, un dedo de la mano derecha.
He aquí el culpable.
Al quedar inutilizado, la tarea entre los restantes habitantes de esta casa aumenta y, si mi madre se ha encargado de pintar (por suerte no es mucho trabajo, ya que la terraza de mi casa tiene poca pared), a mí me toca el domingo limpiar toda la cristalera. Para entendernos, son unas dieciocho hojas de cristal a las que me toca hacerles la guerra químico-bacteriológica, sin contar que todos los muebles (más de los que os creéis) están en el salón y probablemente me va a tocar meterlos a mí.
Es domingo y es más o menos la una. El concierto de mis amigas es, en principio, a las ocho. Yo miro la cristalera. La cristalera me devuelve la mirada.
A esto le pones una banda sonora de Ennio Morricone y tienes el duelo del puto siglo.
Pues nada, se arremanga uno. Trinca la vaporeta (un arma cojonuda e imprescindible para limpiar los carriles por donde van pasando las hojas, así como las persianas), un cubo con agua y amoniaco y un pulverizador que contiene un brebaje casero especial de limpieza de cristales, conocido en mi casa por el misterioso nombre de "Chipichurri". De paso, agarro también un reproductor de música portátil y me pongo algo para animar la jornada. Judas Priest, Ozzy, esas cosas que me animan el espíritu. Con la vaporeta te sientes Dios (o su ángel exterminador, por lo menos) y empiezas a limpiar las persianas de seguridad sin ningún problema digno de mención.
"¡¡¡WAAAAAAARRRRGHGHGHGHGHG!!!"
Hasta aquí, la parte fácil. Mi enemigo es un cabrón y sacar las hojas de su marco para limpiarlas es más jodido de lo que parece a simple vista. ¿Por qué? El cierre de mi terraza tiene ya algunos años y los marcos de aluminio no están todo lo rectos que deberían. Esto se traduce en que para sacar una sola de las ventanas tienes que moverla a un sitio concreto de la cristalera y en una posición concreta. Si no, amigo, prepárate para pelearte un buen rato con un pedazo de cristal recubierto de aluminio. Yo tardo un rato en cogerle el tranquillo al asunto (un rato largo porque cada puta hoja es hija de su padre y de su madre... o, más concretamente, hija de sus putos padres), pero me acabo apañando. Hago el recuento del número de hojas en total: ocho láminas de cristal normal en la parte superior. Otras ocho de cristal esmerilado en la inferior. No olvidemos que hay que limpiar por las dos caras.
En total, treinta y dos sesiones de limpieza. Son casi las dos. En limpiar BIEN el cristal, por cada cara, puedes echar un par de minutos o tres, mínimo.
Paso de seguir calculando y me pongo manos a la obra.
Sin contar la pausa para comer, me cepillo la labor en lo que terminan el Ram it Down y The Ultimate Sin, sin contar al menos una hora o así más antes (con la vaporeta) y casi hora y media más después. Esta puta terraza es un horno y me he dedicado a excitar al vecindario quitándome la camiseta mientras limpio. Imaginad al tío del anuncio de la Coca Light, pero con unos veinte kilos menos, con heavy metal de fondo y con una bayeta húmeda en la mano, que estruja de vez en cuando contra un cubo en el que, más que agua, parece haber batido de chocolate. Para mantenerme en forma y no joderme (más) la espalda, he aprovechado para ir estirando las piernas mientras me agacho. Así me digo a mí mismo que la elasticidad ganada en casi dos años de yoga me está siendo útil.
Sí, a mí también me habría causado escalofríos verme.
"¿Pero qué coño?"
Son casi las seis y he terminado. En casa pasan revista de mi labor y dan el visto bueno, con las palabras "Puto profesional" (sic.), lo que me alivia tras haberme zampado como treinta y dos sesiones de limpieza intensiva de churretes, polvo de la obra de al lado y marcas de lluvia.
Me doy la vuelta.
Los muebles siguen en el salón, mirándome con sorna.
Por suerte, el destino me sonríe (para variar): me informan en casa de que los muebles ya los colocaremos más adelante y que es mucha tarea para que lo lleve una sola persona (en este caso, yo). Con lo cual, mi labor ha terminado bastante antes de lo previsto. Mejor aún, considerando que una de las componentes del grupo de mis amigas, informada de toda la movida, me dice que al final empezarán a tocar a eso de las diez.
Ya con mis tareas realizadas, tiro para la ducha. Tengo el pellejo recubierto de una película de sudor y mugre; mi cara hace juego y está recubierta de mugre y pelo. He visto comandos en mitad de la selva vietnamita con una pinta más decente que la mía.
Oliendo ya a persona con cierto sentido de la higiene, me planto una camiseta del grupo de mis amigas y tiro para allá. En mi mochila, lectura familiar: Las 120 Jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade. Así, mientras tiro para el sitio donde se organiza el evento, me entretengo leyendo una elaboradísima lista en la cual se explica qué personaje tiene estipulado desvirgar a no sé quién.
"A Durcet le gustan los culos".
Ajá, entendido.
La sede del evento solo me sonaba de oídas y de haber pasado una vez en coche. Está situada no demasiado lejos del campus universitario. Según calculo, está cerca de su extremo Oeste.
Y estas son las cosas que pasan cuando has pasado por un sitio UNA vez, en coche y habiéndolo visto solo UN segundo:
Me bajo en la parada que creo que es, subo una calle... y el puto sitio no está ahí.
"Vaya", me digo. "Estará un poco más adelante". Miro a mi izquierda y se extiende una explanada que (esto sí que lo sé con seguridad) me llevaría a un barrio marginal de nula recomendación. A la derecha, volvería en dirección a la zona de la que vengo. Tomando este segundo camino, echo a andar.
Cuarenta metros.
Cincuenta.
Cien.
El puto edificio no aparece por ninguna parte y he llegado a la rotonda de entrada por la que he llegado.
"Va a ser una de las paralelas". Miro la dirección del sitio en el móvil y el nombre de la calle me suena a mierda. Para más inri, el sistema operativo de mi teléfono se puede catalogar de PUTA MIERDA y me cierra la página donde tenía el mapa porque su memoria no da para más. Con lo cual, exploro un poco, subiendo la calle para buscar la avenida paralela a la que estoy y me encuentro la puta nada. El nombre de la calle que encuentro me suena igual de bien que el nombre de la calle que tengo que buscar. Giro sobre mis talones y bajo. La siguiente paralela tampoco es.
Vista aérea de parte del área que estuve recorriendo como un imbécil.
No es coña, acabé por recorrerla de punta a punta.
Tiro de memoria fotográfica, lo cual no es muy útil en esa zona: todas las putas calles de ahí hasta la zona exterior del campus (un área de unos tres kilómetros de punta a punta) tienen la misma pinta. Mucha explanada amplia, mucho recinto de pisos vallado (prácticamente todos pintados con un bonito color crema que hace jodidamente difícil distinguir uno de otro a menos que pases por allí a diario), con su piscina, mucha mediana con sus parquecitos por medio, mucha puta glorieta con fuente.
Sigo explorando la zona, pensando que igual mi objetivo está al otro lado de lo que es el bulevar universitario. Más edificios iguales, todos bloques monolíticos en recintos homogéneos y cerrados a cal y puto canto. Para doblar cualquier puta esquina y mirar el nombre de una calle paralela tienes que recorrer al menos doscientos metros. Llega un momento en que me aburro ya de dar vueltas y le mando un mensaje a mi amiga. Ésta, amablemente, me envía una localización de su móvil para localizar el sitio. Me entra un cabreo de tres pares de cojones al descubrir que, efectivamente, el local del evento estaba en la puta paralela de la primera avenida que recorrí. Sin embargo, se ve que la calle que encontré debía morir en algún sitio o bien cambiaba su nombre.
Así. Así son todas las putas calles allí.
Con la tontería y sintiéndome como un completo imbécil, llego al recinto. No sé ni para qué cojones me habré duchado, porque llevo casi una hora dando vueltas a unos treinta grados (y suerte que el sol se está poniendo ya) y ya vuelvo a estar chorreando. Teniendo en cuenta que no soy de mucho sudar, creo que es más por el encabronamiento y el agobio que llevo encima que por el calor en sí.
Me encuentro con mis amigas y nos ponemos al día de un modo breve, ya que hay mucha gente por allí. Me encuentro con un amigo al que hacía meses (o casi un año) que no veía. También me pongo al día con él, ya que estamos.
Éste y yo decidimos pasar al interior, puesto que hay más grupos tocando. Echo un vistazo a un grupo de música jipjopera (para mí antes eran raperos), el cual no me entusiasma. Me digo que igual es porque no soy un experto en ese tipo de música. En cualquier caso, no me están diciendo absolutamente nada. Mi amigo, algo más puesto que yo, me dice que no, que no está precisamente impresionado, tampoco.
El segundo grupo, amigos, es algo relativamente diferente. Sin ánimo de entrar en juicios de valor, paso a hacer una descripción de lo que vimos y ya vosotros pensáis lo que queráis:
El grupo en sí son básicamente dos tíos, que también le arrean a eso del jisjós. Dos tíos que cantan (o rapean, según se entienda), se ponen en la mesa de mezclas y animan al público, todo a la vez.
Bueno, he dicho "dos". Al menos, dos tíos en lo que se refiere a la faceta artístico-musical, porque en el escenario hay un tipo enorme con una cámara de fotos que baila sus canciones de vez en cuando.
Debe ser por la sordera parcial que sufro, porque no entiendo casi nada de lo que dicen. Me ha parecido oír un "joder" por alguna parte y creo que algún "mierda". Me ha parecido también escuchar que usan la palabra "puto" más que yo, lo que tiene mérito.
Acompañan sus fraseos con un mantra conocido como "Cumón" (quiero entender que es el come on en inglés, pero ya no es que no se pronuncie así, es que ni se parece).
El tío de la cámara, por algún motivo que no entiendo, apunta su objetivo al techo.
Todo muy gangstah, eso sí.
En las canciones, me cuentan que usan bases de canciones de Beyoncé. Yo distingo también una de Eminem; aquella que usaba como ritmos árabes hace la tira de años. Imagino que samplear otros temas será normal en este tipo de música.
En ese momento, se escucha la voz de lo que parece ser una teleoperadora y una especie de diálogo con un cliente de una compañía telefónica, todo en un tono jocoso, casi como de sketch. Los raperos bailan. Mi amigo me dice que el scratching le está haciendo la puñeta en los oídos.
Suena una cisterna y, como el que no quiere la cosa, uno de los raperos se baja los pantalones allí en medio, enseñando al público unos calzones bastante fashion. La cosa no queda aquí, y alguien trae lo que parece ser un váter, sobre el que se sienta. Mientras su compañero está scratcheando en la mesa de mezclas, éste está rapeando sentado sobre la taza, con los pantalones por los tobillos.
El tipo de la cámara está justo tras él.
No pienses en esto.
No pienses en esto.
No pienses en esto.
La actuación sigue. Mi colega me hace notar el detalle de que, por algún motivo que no entendemos, no hacen más que rascarse la entrepierna mientras cantan. Yo ahora mismo los veo saltar y dar la vuelta completa mientras la música (un sample del clásico "I've got the power" de los Snap!) suena. En la primera fila, veo gente que lo vive con la actuación, levantando los brazos, al más puro estilo 8 Millas.
Cumón.
Cumón.
Cumón.
La actuación termina. Salimos a tomar aire y asimilar lo que hemos visto.
Llega la actuación de mis amigas. No entraré en cómo lo hicieron, porque pecaría de falto de objetividad, así que cada uno piense cómo salió la cosa. Como apunte curioso, decir que la cosa empezó con problemas a causa de una guitarra que no parecía funcionar como debería.
Juro por Dios que yo no tuve nada que ver con eso. Os recuerdo que mis poderes afectan a la tecnología electrónica, y no a los cacharros que no llevan software. Prueba de ello es que grabé un par de vídeos con mi (puto) móvil prehistórico y, cuando se los quise enviar a una de las componentes del grupo por Whatsapp, me petó el programa y no había quien lo pusiera en funcionamiento. No fue hasta que llegué a mi casa y lo instalé de nuevo que volviera a funcionar.
Y así, amigos, es como termina el que, sin duda, ha sido uno de los fines de semana más extraños y accidentados del mes. Accidentes, sangre, caos, mucha improvisación y momentos realmente alucinantes.Y yo que pensaba que mi vida se estaba volviendo aburrida.







2 comentarios:
¿Tu vida aburrida, Puti? Eso no te lo crees ni tú, lo que pasa es que a veces se para un poco para sorprenderte en la siguiente tirada. Casi que pasa turno :D
Sí, así, tan friki como suena.
Eso explica muchas cosas, ahora que lo mencionas :D
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