lunes, 11 de noviembre de 2013

Angst- Grandes Expectativas



Las cosas en que piensa uno cuando va en el tren y ve a una familia comprobando, con orgullo, que su pequeño, de apenas tres años, es capaz de memorizar todos y cada uno de los bichos que aparecen en sus cromos.
A veces creo que cuando nacemos, en gran parte, no somos más que un cúmulo de expectativas: expectativas por parte de nuestros padres, de nuestros familiares o, en general, de la gente cercana.
Cuando crecemos, esto no desaparece, sino que evoluciona: generamos expectativas en la gente que nos rodea conforme vamos construyendo nuestra personalidad y nos relacionamos con nuestro entorno. Con respecto a nuestros padres, casi todos pasamos por la etapa de la adolescencia en la que descubrimos que lo que somos, a menudo, choca con las expectativas que habíamos generado. Eso, sin contar toda una etapa de niñez hasta entonces, en la que hemos intentado estar a la altura de ellas, intentando ganarnos el favor de la gente a la que debemos la vida, o bien intentando dar fe de la reputación que nos hemos labrado... o huyendo de ella, dependiendo de cómo nos hayan ido tratando a nuestro alrededor.

Es la eterna lucha de nosotros contra el entorno. Generar expectativas a menudo es una cruz, que cargamos sobre nuestros hombros durante media vida: forjamos una imagen de nosotros mismos que, en muchas, muchísimas ocasiones no tiene nada que ver con cómo somos en realidad. Y lo que es peor, nos convertimos en esclavos de ella. Sufrimos cuando, por culpa de esa imagen, decepcionamos a la gente que nos importa. No, no somos tan inteligentes como se esperaba cuando éramos pequeños; no siempre somos tan adorables, ya que como humanos, tenemos malos días. Cometemos errores, como cualquier hijo de vecino. En otros casos, intentamos deshacernos de la imagen que hemos creado para ganarnos el favor de nuestro entorno y demostrar que valemos más de lo que creen, para darnos cuenta de que da igual lo que hagamos: ya tenemos esa imagen creada y ni Dios nos saca de ella, a menos que esa imagen sea utópica y decepcionemos al prójimo.
Somos esclavos.

Asumámoslo: somos humanos y nos da miedo cagarla.


Pero volvamos al concepto de la decepción: cada vez que la generamos, a menudo, duele. No es solo demostrar tus limitaciones (lo que de por sí ya cuesta aceptar), sino es también sentirte como un fraude por no estar a la altura de ellas. Y lo que es peor, no saber cómo repararlo, o cómo corregirlo en vistas al futuro.
Generamos esas expectativas, casi siempre sin darnos cuenta, de forma involuntaria: actuamos de una manera, pero nos ven de otra y casi nunca podemos evitarlo. Queremos hacer algo sublime y caemos en el ridículo; creemos que hacemos el ridículo y al final resulta que hemos conseguido algo sublime. Intentamos actuar del modo correcto y se nos ve como traidores; hacemos lo que nos da la gana sin pensar en las consecuencias y resulta que la impresión general es la de un acto noble.

En mi caso particular, puede decirse que el asunto siempre ha rondado de forma mayoritaria con respecto a la inteligencia o las notas: aquellos que me conocéis, sabéis que mi inteligencia no pasa de algo normal y mi nota media ronda más o menos el seis (lo que viene siendo algo que no destaca ni por bueno ni por malo). No os podéis ni imaginar la cantidad de veces que he tenido que oír que soy super-inteligente, super-culto y demás hostias en vinagre... Para luego ver la cara de los demás al descubrir que no soy más inteligente que ellos o, ya puestos, que cualquiera.
Otros me han visto como un líder en alguna ocasión, o bien alguien a quien seguir. Alguien que tiene respuestas para vete a saber qué preguntas. Algo que no me puede causar más risa: soy la clase de persona que no sabe qué hacer con su vida y con más dudas hacia sí mismo en el cuerpo que el puto Hamlet. No deja de resultarme curioso ver cómo he podido generar, no algo distorsionado de la realidad, sino totalmente opuesto. Resulta abrumador a la vez que alucinante pensar que puedo solucionar la vida de nadie, cuando la mía, aunque no una miseria completa, tampoco creo que sea precisamente un ejemplo a seguir.
Otros han resaltado lo buen amigo que soy. Si lo fuese, no tendría el reguero de ex-amistades que tengo (superior al de la mayoría de gente a la que he preguntado, todo hay que decirlo), a las que yo mismo he abandonado a su suerte y, lo que es peor, sin cargo alguno de conciencia. Eso, de por sí solo, ya debería decir de mí mucho más que cualquier otra cosa, por mucho que intente justificarlo con mis valores personales y con eso que suelo decir de que, en el momento en que alguien deja de comportarse como creo que es correcto, ya ha perdido mi lealtad.
Lo único que quizás (y subrayo la palabra "quizás") ha podido medio diferenciarme de los demás (y tampoco) es que he tenido siempre una imaginación más o menos vívida... Y últimamente ésta anda en horas bajas, con lo que no creo que haya gran cosa que me haga sentirme especial o diferente a cualquier otro humano de los que se arrastran por este mundo de asco.
Me duele en el alma decirlo, pero hay que asumirlo: no soy especial. Ya me gustaría. No soy mejor o peor que cualquiera de vosotros. Qué cojones, ni siquiera creo que sea diferente en realidad, por ajeno a este mundo que me sienta casi todo el tiempo.
Soy falible.
Imperfecto.
Y sin embargo, sigo generando expectativas, como si no lo fuese. Y, cómo no, sigo generando decepciones.

Una y otra vez.
Y otra, y otra.


A muchos es posible que no os importe hacerlo, pero para mí es duro. Muy duro. Me resulta muy duro no estar a la altura de lo que espera de mí la gente que me importa (a los demás, ya lo sabéis, por mi parte que les den). Muy duro es eso de decir "Lo siento, si esperabas que fuese alguien especial, pues va a ser que no; no soy más que otra criaturilla mediocre de las muchas que abundan por ahí". Es duro mostrar que, si bien esperaban de ti que fueses una persona cabal, con la cabeza amueblada y que sabe qué hacer en todo momento, resultes ser un desastre que no sabe qué hacer con su vida ni en qué dirección ir. Es, de alguna manera, pegar un mazazo a las creencias de los demás y hacer -sin quererlo- que se sientan defraudados. Y la cosa no cesa: por cada persona nueva que vas conociendo, descubres que ya estás generando de nuevo ese cúmulo de expectativas. El pánico que empiezas a sufrir al pensar que no vas a estar a la altura de ellas, lo quieras o no, es inevitable. Tanto como preguntarte cuándo acabarás por cagarla, o de qué modo. Incluso si esa decepción que vas a causar por no estar a la altura de lo que se espera de ti va a suponer consecuencias graves. Si va a suponer dolor, bien para ti mismo, bien para gente a la que quieres y aprecias, que viene a ser tres cuartos de lo mismo.

Yo lo único que puedo decir es que intento ser lo mejor persona posible (lo consiga o no) y procuro portarme lo mejor que puedo con la gente que me importa. Intento ser mejor de lo que soy, con todo el esfuerzo, las dudas y los temores que ello supone, que no son pocos, creedme. Peleo a diario conmigo mismo, acallando todas y cada una de las voces que tengo en mi interior, que me dicen que no valgo para nada, que me ponen en duda ante todo cuanto intento hacer. Procuro perdonarme a mí mismo por cada error cometido. Y no os imagináis lo jodido que es eso.
Hago lo que está en mi mano por estar siempre preparado para soportar las adversidades que se me ponen por delante; a veces lo consigo a la primera, a veces tardo un poco más. Otras veces, como cualquier otro ser humano, fracaso miserablemente.
Pero me temo que no, que yo no estoy capacitado para tener las respuestas de nada. Seamos honestos, ni siquiera tengo las preguntas que quiero hacerme.

4 comentarios:

Isi G. dijo...

Tus intentos de ser buena persona es algo que te honra, hay mucho bicho suelto cuya meta vital es todo lo contrario. Así que, bueno, las expectativas son imaginaciones de los demás sobre ti, lo que importa es que tú estés contento y orgulloso de lo que haces. O al menos no excesivamente disgustado. Que aprendas de tus errores. Que dentro de tu desastre personal sepas moverte para, al menos, no pasar de mediocre (como tú te defines) a puta mierda. Algo tienes, al menos el interior no está completamente podrido, pues tienes esa intención de esforzarte por ti y por los que quieres. Y ya te digo que es mucho más de lo que cualquier puta mierda de las que habitan este mundo hacen o aspiran a hacer.

Besos.

Rumbo a la Distopía dijo...

Tu comentario me ha hecho pensar un poco, Isita. Como siempre, muchas gracias por el aporte :)

Jose Invi dijo...

La decepción de los más queridos pesa. Como un puñetero yunque al cuello.
Entiendo muy pero que muy bien lo que comentas en esta entrada. Y no puedo estar más de acuerdo con lo dicho por Isi.

Rumbo a la Distopía dijo...

Y yo no puedo agradecerte más lo que dices, Invi. Supongo que todos la hemos vivido, en mayor o menor medida...