Sucedió hace siglos, a mediados de la década de 2000. Estábamos nosotros tan felices y alegres estudiando la carrera que nos gustaba (o al menos, nos gustaba a aquellos que nos gustaba, que había mucho filólogo que la estudiaba por inercia, en plan zombi-robot-autómata, reconocido por él mismo) y nos llegaron un día diciéndonos que los listos del Ministerio, con la excusa de Bolonia (subrayo excusa porque cuando te codeas con compañeros Erasmus te das cuenta de que lo que te cuentan que se hace en Europa es una chufla de cojones), se iban a cepillar los estudios literarios de nuestra carrera, entre otras cosas. De estas cosas que a un listo desde un despacho se le pone en los huevos que TODO tiene que ser empresarial, vendible y oler a nuevecito. Lo demás caca, no vale, por tanto, se borra del mapa y a tomar por culo.
Así que ante semejante aberración que hacía que la cultura desapareciese de un centro de formación que precisamente estaba destinado a estudiarla (Filosofía y Letras), unos cuantos soplap.... digoooo, valientes nos unimos y nos pusimos a reunir firmas, a intentar concienciar a la gente de que la cosa pintaba más fea que el prepucio de un leproso y que, si nos poníamos así, el poco nivel cultural que se está adquiriendo en centros formativos se iría por el retrete.
No fue fácil, ni mucho menos: nosotros teníamos al enemigo en casa, por partida doble. La rectora, en su Infinita e Inmensa Sabiduría, llegó a decir con todos sus ovarios que el que quisiese estudiar a Shakespeare ya se podía buscar otro sitio, muy democrática ella. Algunos profesores de literatura de nuestra carrera, de una manera tan incomprensible como coherente (algunos de ellos también hacían el Juego de Tronos que se vive en despachos y demás puestos de relativo poder) hasta la apoyaron incondicionalmente.
Poca gente nos escuchó, para qué decir lo contrario. De hecho, hasta pocos alumnos de nuestra propia titulación nos escucharon; muchos de ellos se lavaron las manos porque "estaban en el último curso y que se mojasen el culo los que estaban entrando ahora". Esas actitudes solidarias que tanto me gustan de mis compañeros. Los mismos que, mientras miraban para otro lado cuando se amenazaba con cerrar (sí, cerrar) Historia del Arte no se unían a apoyarlos para "No perder clase". Los mismos que, escaso mes y medio después, lloraban a moco tendido cuando se hizo una reunión (la cuarta o quinta, creo), diciendo que la cosa pintaba muy mal.
Entretanto, peleábamos como leones: empapelamos el ministerio de firmas que servirían para decir que al menos no nos habíamos quedado de brazos cruzados. Vivimos la censura en el foro de cierto periódico local que borró dos veces el hilo que habíamos abierto allí para informar a la gente. A un servidor incluso llegaron a bloquearlo para que no pudiese volver a escribir nada más allí. Se ve que éstos estaban más interesados en mantener abiertos los hilos que fomentaban el racismo hacia la gente de etnia árabe (con posts de lo más xenófobos, lo que me dejó flipando en colores) o cosas tan "importantes" como criticar lo despreciable que es la subraza Sevillita en comparación con la Malaguita, claramente superior en todos los aspectos.
En este convulso despliegue de iniciativas, la directora de mi carrera se puso en contacto conmigo, no porque yo fuera mejor que nadie, ni más inteligente ni porque tuviera una foto de perfil de Facebook en que pareciese un chulazo pidiendo guerra. Simplemente yo era uno más de los que se preocupaban porque los que viniesen detrás no se encontrasen una puta mierda en lugar de una titulación que, si bien no tiene muchas salidas laborales (cosa que reconozco por activa y por pasiva) es digna de tanto respeto como esas otras titulaciones que "molan" (o molaban, porque ya se está demostrando la salida laboral que en general están teniendo los estudios universitarios). La propuesta de la directora era sencilla: me pidió que escribiese un artículo para el periódico universitario, explicando un poco lo que pasaba y lo que nos esperaba.
Y nada, allá que se lanza uno. Intenta explicar las cosas lo mejor que puede y al final se da cuenta de que las grandes palabras no son siempre las que tiene uno en la cabeza; que a veces, para demostrar lo que has aprendido en esa carrera que estás defendiendo, puede ser mejor dejar que otros que llevan cientos de años muertos hablen por ti, y tú convertirte en un simple intérprete.
Eso fue un poco lo que hice, no sin miedo a que aquel que me leyese pensase que todo aquello era un ejercicio de pedantería. Puede que lo fuese, pero es más importante lo que la directora me dijo cuando le confesé este miedo: "Si a alguien esto le parece pedante, es problema de los demás y no tuyo". Una frase sencilla, pero que en su momento me sirvió de mucho y que hoy en día atesoro como algo muy valioso y que me ayuda, no sin cierta dificultad, a enfrentarme a este mundo de rastreros y víboras que viven para dañar a los demás.
"¡Úsalo como una armadura!"
Dejo aquí abajo el artículo. Algo muy primitivo, considerando que por aquella época fue cuando empecé a tomarme en serio eso de la escritura y apenas tenía experiencia. Si hoy en día no me considero un fuera de serie escribiendo, imaginad por aquel entonces. No es más que un esfuerzo por hilvanar referencias intertextuales de modo constante para ilustrar lo que quería decir. Mientras escribo estas líneas, casi no me atrevo a leerlo... supongo que porque hoy en día soy algo diferente de la persona que escribió aquello, y porque lo escribí en un momento determinado y bajo unas circunstancias muy concretas.
Me quedo con el recuerdo de que lo hice de corazón y usando, por primera vez, las tripas en ello.
“El Inglés es
una lengua comercial, pero no una lengua cultural”. Con esta frase lapidaria
que se enarbola desde ciertas posiciones, parece resumirse la política que se
planea llevar a cabo con la titulación de Filología Inglesa.
Ante cosas
así, no puedo evitar pensar en Orwell, que hace ya varias décadas habló de un
estado en el que el librepensador era un criminal (además de inventar al Gran Hermano, nada más lejos del show televisivo que conocemos hoy en
día), o en Ray Bradbury, que nos mostró un mundo en el que los libros eran algo
que debía ser quemado.
¿Exagero? Es
muy posible, no digo que no… pero no deja de darme miedo.
Cada vez se
lee menos en un país en el que se proclama a los cuatro vientos el aniversario
de El Quijote de Cervantes; cada vez,
con mayor frecuencia, veo campañas de animación a la lectura… Pero, ¿qué se
hace para solucionarlo? Eliminar titulaciones enteras donde se dan a viejos
amigos (para algunos) como Shakespeare, Oscar Wilde, James Joyce o William
Faulkner.
Sí, parece que
ahora eso de leer y estudiar a los clásicos de la literatura se ha convertido
en una materia destinada a pedantes, o tal vez gente que no tiene nada mejor
que hacer en la vida. Ahora lo que se lleva es usar todo lo que se sabe para
sacar el mayor rendimiento económico posible: adiós, Septimus Hodge, adiós Don
Juan; hola, Barrabas, hola Shylock.
Cada vez con
mayor tristeza, veo como la literatura o la historia, que tal vez no nos salven
la vida, pero desde luego que la hacen mucho mas amena y entretenida, vienen reemplazadas
por aquel Poderoso Caballero al que aludía Don Francisco; apenas podemos hacer
nada, ya que el paso de la Reforma (y me refiero a ella con mayúsculas, ya que
mayúsculo es el daño que va a hacer al nivel cultural de este país en menos
años de los que nos gustaría imaginar) es inexorable.
Ya no se
piensa en la gente que se ha matriculado en la carrera para enriquecer su
cultura, o la gente que tiene otras inquietudes aparte de ganar dinero (dinero, dinero, dinero) con su
licenciatura.
Filología Inglesa
se muere. Es una frase terrible, pero cada vez más cierta. Se muere, apuñalada
como Julio César, desangrada como Horacio, decapitada como Macbeth, por un
Cromwell que se anuncia como nuestro salvador, que dice “oír” las protestas de
alumnos y profesores (filólogos potenciales o reales, según se mire), pero que
en el fondo lo único que pretende es ahorrarse un puñado de Euros para crear
licenciados como si salieran de una cadena de montaje.
Cadenas de montaje… El espíritu de
Orwell me visita al pensar esto último. Trato de pensar en otra cosa, pero sólo
me viene a la mente una frase: La
ignorancia es la fuerza.
Algunos de
nosotros hemos protestado; pero las protestas suelen durar poco. Al igual que a
Lavinia, nos cortan la lengua y las manos para que no se oiga lo que tenemos
que decir. Nuestra lucha se esta convirtiendo en una causa perdida, y no por
falta de ganas, sino por falta de oídos que nos escuchen. Trabajos de amor
perdidos.
Conviértete o arde. Vuelve el viejo lema
de María la Sanguinaria: forma parte de la Empresa, o desaparece. No hay medias
tintas. Filología Inglesa está condenada a arder, a la extinción. Y por el mero
hecho de que “no vende”.
Y es que se
lleva lo comercial. No importa que tengamos más matriculados que cualquier otra
titulación de Filosofía y Letras (lo cual ya debería de dar dinero, dinero, dinero). No. Ahora
tenemos que ser una titulación dinámica y
atractiva (¿Dinámica? ¿Para movernos hacia dónde? ¿Atractiva? ¿Para
quién?). Y al escuchar estas ideas, oigo la risa del Judío de Malta (sin ánimo
de parecer antisemita, que conste) frotándose las manos y pensando en el brillo
del oro.
Bien está lo
que bien acaba. Esta vez, me parece que no, amigo William. Esta vez, harán que
caigas junto con otros viejos amigos en el Olvido.
Adiós, Jane
Eyre, Beowulf, Arturo, Gawain, Ernest… algunos no nos olvidamos de vosotros. Lástima
que otros muchos jamás lleguen a conoceros… ¡Nunca
Más!


2 comentarios:
"La ignorancia es la fuerza, la libertad es la esclavitud, la guerra es la paz". Oye, muy bueno, cuanto guiñito literario insertado con sutileza :) ¡Lo he disfrutao!
Muchas gracias, Ernie! Y yo pensando que era un truño por ser de lo primero que escribí :D
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