Me gusta hablar con la gente que trabaja en la tienda de cómics donde compro el material que habitualmente puebla mi biblioteca. No solo cómics, sino libros y alguna que otra miniatura de aspecto sugerente.
Esta es la clase de gente que, gracias al trato de unos pocos de años dejándote los cuartos, ya te ve como a un viejo conocido, más que como a un cliente. Un colega con el que se permiten echarse unos minutos de descanso para entablar una conversación acerca de cómo están las cosas en el mundillo. De lo que es la inmensa mierda en la que se ha convertido esto que hacen llamar la industria del libro.
Sí, señores, he dicho inmensa mierda. Vamos a dejarnos ya de gilipolleces políticamente correctas y de chuparle el cimbrel a los cuatro súpers de arriba que se creen que por editar (o hacer como el que edita, que no siempre viene a ser lo mismo) andan con la potestad de decirnos a los de abajo, pobres mortales, lo que tenemos que pensar al respecto.
Y es que me descojono de la risa cuando el personal que se dedica a esto de la escritura (y sus satélites vivientes, que no son ni dos ni tres, y que tienen como único objetivo en la vida tocar palmas ante tal o cual manifiesto superguai) me viene despotricando contra los políticos, contra la burbuja inmobiliaria, contra la banca y cualquier día hasta contra los masones... y luego mira para otro lado de la forma más flagrante cuando se dice que la especulación también se da en la literatura (y en el cine, y ya puestos en cualquier cosa que genere un mínimo de pasta). Me río por no llorar cuando algunos se suben al púlpito y me dicen con condescendencia y desprecio que no sé de lo que hablo, que eso es mentira. Que las editoriales tienen que ganar dinero.
Tócate los cojones con el doble rasero.
Es posible que yo a lo mejor no sea precisamente un experto en finanzas. Que mi alma de empresario se pueda contabilizar en términos negativos. Que igual no conozca todos los entresijos del mundillo de primera mano. Sea. Pero da la puta casualidad de que conozco a unos cuantos que sí lo hacen y que, a diferencia de ese otro mundillo de corrección política y de felaciones de puertas para afuera, han tenido los huevos de reconocerlo. De admitir que la industria literaria está podrida, politizada (no por partidos políticos como tales, sino por facciones de tales o cuales individuos y sus camarillas de chupapollas, que viene a ser lo mismo si nos dejamos de siglas y mierdas) y vendida... ya no al mejor postor, sino al primer postor que pasa.
No puedo sino acordarme del cachondeo-indignación que sufrí ayer cuando vi el cipote que están montando con los entresijos pre-venta de la última payasada de Dambraun (lo llamo payaso, sí, porque si un autor escribe literatura medio histórica y me habla sobre acontecimientos históricos, lo mínimo que se le exige es que se documente aunque sea un poco. Me suda el rabo si es ficción o si me está contando un puto documental, pero a mí siempre me han dicho que jamás escriba sobre algo de lo que no tengo ni puta idea, y este fulano, se llame Dan, se llame Don o se llame Paco, no tiene por qué ser más que nadie ni tiene dispensa moral alguna). El caso es que aquí la editorial de turno es de las de bajarse el bragamen ante cualquier desgraciado que ha pegado el pelotazo en Yankilandia y monta un operativo de seguridad que es, a todas luces, una puta ridiculez: para evitar el pirateo, los traductores y correctores tienen que firmar una declaración jurada, dejar los móviles aparte, y dejar el manuscrito en una caja fuerte. La gilipollez del siglo, considerando que con otros autores de pelotazos la gente lo que ha hecho ha sido pillarse el libro en su idioma original y hacer rular traducciones amateur para que el lector-yonki de toda la vida se chupe el libro antes que el vecino del cuarto. O de coger, pillárselo en inglés, echarle dos cojones para leerse el tocho y así estar más feliz que una perdiz. Más ridículo aún resulta cuando sabemos que ese tipo de políticas no se hace con autores que son menos "guais". Mi primo Marcial escribe una novela que igual está de puta madre y la publica con una editorial gorda y lo de la caja fuerte es que ni de coña. Ya tenga publicado un libro, dos o tres. Y si pasa, esas payasadas no trascienden a los medios, porque no se llama Dambraun y no escribe sobre lo malo malísimo que es el Opus y sobre la culpa que tiene la Iglesia Católica de que no seamos una sociedad matriarcal (por favor, que alguien le pase al tonto de los cojones este un libro de historia, que lo va a flipar con eso desde mucho antes que apareciese el cristianismo).
Ya mismo tendremos cosas como estas para la última novela de moda: Yo me enamoré de un zombi templario sadomasoquista durante la Guerra Civil Española.
Pero antes de terminar de salirnos del tema, la cuestión es justo esa: el boom mediático.
Hoy en día no vendes porque seas bueno, amigo escritor. De eso te puedes ir olvidando. Hoy en día ni siquiera publicas porque tu libro haya pasado por un filtro editorial o porque alguien con un cierto criterio analice tu obra con seriedad y diga "Pues oye, este chaval promete y parece que podemos sacar beneficio de su trabajo".
No.
La Literatura ha pasado de ser una industria que ofrece un producto (lo que, no nos engañemos, amigos, es algo más que respetable) a convertirse en unos camellos de poca monta que ofrecen al viandante material adulterado, de baja calidad, pero eso sí, manteniendo (o subiendo) los precios. Porque aquí la cosa ya no es no perder pasta, sino no dejar de ganar la que se gana. Para que luego se nos quede la cara de gilipollas cuando, al año o así aparezcan los saldos. Las ediciones de bolsillo y todas esas cosas, que te demuestran que puedes comprar el mismo contenido por bastante menos precio.
Creedme cuando os digo que esas cosas no las hacen por amor al lector ni mucho menos: a un libro de siete pavos ya le sacan beneficio o no llegaría a una tienda. Solo que igual no tanto que cuando el libro cuesta 24 boniatos.
Dejemos el tema de los precios, porque siempre habrá alguno que me dé lecciones de economía y tampoco es plan de que me calienten la cabeza con tanto número. Hablemos de lo que es el material en sí. Esta misma mañana, en una de esas reuniones acerca del mundillo, me han comentado cómo funciona la compra de material en el caso del cómic. No lo sabía, pero siempre hay gente que te orienta y te lo explica, en vez del consabido "No sabes nada, Jon Nieve, ahora chúpame el cipote y reconoce que soy un Dios y tú un mierdecilla": resulta que una editorial compra por lotes. Dicho de otro modo, en vez de una colección, compras varias y ya a ver cuál te aporta más ganancias.
Hasta aquí, comprensible. Quizás lo que descojona es el hecho de que el editor a veces es de comprar sin ton ni son, con unos estudios de mercado de lo más cuestionables, y tiende a pillar material básicamente por la portada... y poco más. Es un poco lo que ha pasado, me han contado, con el caso del manga. Editoriales que han comprado lotes con un par de títulos que podían dar juego y que medio se vendían, y con un excedente de verdaderos truños que no había ni Cristo que se tragase. Títulos que, a la larga (y no me lo invento, esta mañana he visto con estos dos ojitos decenas de packs de ofertas de colecciones íntegras) no se han vendido. Dicho de otro modo, el 90% del lote que has comprado es morralla, y dependes de que el 10% restante aguante.
Imaginad qué risas cuando el público, por el motivo que sea, deja de comprar ese 10%.
Podemos decir entonces que es un riesgo asumido por parte de la editorial. Que las empresas tienen que arriesgar y que es parte del negocio. Sí, yo estoy de acuerdo con eso.
De ahí lo incoherente que resulta que luego, cuando un género (el que sea, no voy a entrar en tal o en cual que luego los fans y los autores me crucifican) se pone de moda, la oferta es unas veinte veces superior a la demanda: si un buen día se pone de moda, no sé... la literatura del oeste, lo normal es que el mercado responda a esa demanda y oferte literatura del oeste. Hasta ahí bien, todos contentos. Atender al público es algo esencial y, cómo no, respetable.
La cosa te inflama la bolsa escrotal cuando la demanda se responde con una saturación que ríete tú de la Blaxploitation de los 70. Cuando el argumento de "Es que es lo que el público quiere" y "La industria quiere ganar dinero" se dan de la manita y se convierten en el baluarte de una política de especulación masiva, donde el producto se masifica, al público le sale el volumen de publicación hasta por las orejas y la calidad del producto en sí se empieza a diluir como el que mete una gota de whisky en un vaso de agua. Que sí, que hay whisky por alguna parte no se niega, pero para dar con el ligero saborcillo te has chupado medio litro de agua del grifo y lo que te dan es unas ganas de cagar que flipas. Más aún cuando lo que te encuentras es un producto mediocre, mal montado, con una corrección ortográfica testimonial y con chapuzas argumentales que han llegado (tampoco me lo invento, sino que lo he visto de primera mano) a hacer que chavales de quince años (lo que no quiere decir "idiota", ojo, sino con menos años de lectura a las espaldas que un servidor) se queden como pasta de boniato cuando ven una situación argumental mal resuelta o algo que directamente es ridículo.
"Pero esto, ¿qué forma es de resolver una trama? ¿Me han tomado por imbécil o qué?"
Con esto no quiero decir, claro está, que toda literatura deba ser culta, elevada y de alto contenido existencial. En mil y una ocasiones me habréis visto defender a la literatura de entretenimiento como se merece, al mismo tiempo que he atacado la pedantería que circula por este mundillo. Pero por otra parte también digo que no todo el monte es orégano y que no todo lo que tiene plumas es un pato: se puede ofrecer literatura de entretenimiento bien hecha. Puedes encontrarte autores que igual no tienen la prosa más culta y elevada del planeta (pasaos por cualquier autor pulp, por ejemplo), pero que lo compensan creando historias con una solidez narrativa. Con un trasfondo. Con un mundo propio, qué cojones. Nada de fotocopias de fotocopias de fotocopias, imitando a autores baratos y chapuceros. Que de esos hay muchos y fíjate tú, que la defensa más acérrima que he escuchado es que cómo me atrevo a criticar su Literatura (sí, en mayúsculas) porque "ha llegado a mucha gente".
Lo digo una y mil veces: a mí el que me venga con ese argumento y luego me diga que Bisbal es una puta mierda no me puede convencer.
Y quizás ahí es donde radica un poco el objetivo de este post, en lo hipócritas que somos a la hora de hablar de literatura. En esa especie de halo con que recubrimos el mundillo, pensando que porque sea un formato impreso, que esté adornado en bonitas cubiertas de cuero y acumule polvo en una biblioteca es imposible que sea basura.
Vamos a quitarnos ya la venda de los ojos, colegas: por muy bien puestos que nos pongamos, una gran parte de lo que se publica hoy en día es literatura basura. Literatura, como digo, ya no orientada al entretenimiento (que es lo respetable y donde yo ahí me quedo más callado que una puta en cuaresma), sino literatura de baja calidad. De consumo rápido, olvidable, barata no en precio, sino en contenido. Esto es un hecho y lo más brutal no es el hecho en sí. Es el descaro y la desfachatez con la que lo negamos. Lo negamos y mentimos como bellacos, dedicándonos a chupar pollas a diestro y siniestro, encumbrando obras escritas (a algunas me niego a llamarlas literarias) como "Lo más de lo más" aunque nuestro bagaje cultural se limite a eso y a dos o tres sucedáneos del estilo. Que oiga, no todo tiene por qué tener un supernivel literario de los de mearnos en los pantalones, porque no todo autor llega a ello y no pasa nada. No todo el mundo puede aspirar a ser un genio. Es algo asumido...
... Pero eso no quiere decir que cualquier juntaletras de poca monta ahora, de la noche a la mañana, pueda coger, publicar su mierda bajo un sello editorial por el simple hecho de que lo que escribe está de moda y que se pueda permitir el lujo de ver sus libros, con faltas de ortografía (no hablo de erratas, sino faltas de ortografía, continuas y recurrentes), errores de sintaxis y hasta con pifias monumentales al lado de gente que sí ha estado trabajando como una cabrona para sacar una novela adelante.
Llamadme elitista, pero yo eso no lo veo. Yo a eso no lo puedo llamar literatura, por muy editado que esté el material. No puedo llamar genio a un tío que escribe chapuzas y que ha tenido la potra de vender mucho o tener muchos amigos o fans que le bailan el agua. No puedo decir que una obra es un clásico cuando no tiene ni diez años de vida y porque es lo que se espera que diga.
Y sin embargo, amigos Distópicos, es lo que se hace a diario: mientras escribo estas líneas, habrán nacido ya como diez clásicos. Unos veinte genios literarios, con carreras artísticas que sumarán dos o tres libros como mucho, ya se habrán consagrado definitivamente. Unos cuarenta chavales que no han pasado de leerse los cuatro best-sellers habrán tenido un debut arrollador que les lanzará al firmamento de las letras.
Ensalzamiento.
Exageración.
Un poco más y los ponemos como los putos Nuevos Dioses de las Letras. Bájate, Quevedo, que aquí vienen estos.
Sin contar el hecho de que aquí, si tienes una imagen pública, ya puedes sacar un libro, sepas escribir o no, tengas algo que contar o no. Mientras el autor patrio de a pie se tiene que hacer la promoción el solo y comerse el marrón de ver el índice de ventas de su libro, aquí otros vienen con la promoción ya hecha, con una editorial comiéndoles todo lo comible y poniendo la jeta solo para ir a firmar libros.
"Pero es que esto es así", tiene la gente los cojones de decirme.
Y así pasa un poco, que luego se va uno a comprarle a una amiga algún buen libro por su cumpleaños y se las ve y se las desea para encontrar algo medio decente. Algo que no sea la típica moda. Pasa de preguntarle al dependiente (no librero, no confundir) porque al final lo que te va a intentar colar es la mierda de turno porque tiene el aliento del jefe soplándole en el cogote para vender lo que se supone que tienen que estar vendiendo. ¿Que quieres regalarle a tu colega las obras completas de Poe? Anda, por favor, no me toques los cojones, que eso no mola. Es como cuando vas a una tienda de discos, preguntas por el último de Van Halen y te intentan colar el Caribe Mix de este año. "Porque se está vendiendo mucho".
Es aquí cuando yo digo lo de siempre: esto es una industria, sí, y la industria tiene que comer. Cojonudo. Pero no olvidemos que también es algo que tiene que ver con el arte y que lo bueno consiste en el perfecto equilibrio. Dejémonos ya de moñeces de cara a la galería. Dejémonos ya de la puta demagogia de "El público quier esto, así que se lo metemos con calzador". Porque la mitad de estas mierdas son modas impuestas desde un despachito. Un tío que igual se ha follado a la mujer de un autor de Wakilimockee, Arkansas, ha decidido que éste va a ser un pelotazo. Lo ha publicitado a lo bestia. Ha hecho hype a más no poder. Te convence por activa y por pasiva de que esto es lo que hay que leer, del mismo modo que nos dijeron en los noventa que a Kurt Cobain o lo escuchabas o eras un mierda. Porque claro, está Dios y luego está Kurt Cobain, y te callas, tonto de los cojones, que no tienes ni puta idea de música.
Y así es como los grandes venden; y es así como las editoriales pequeñas venden, ya que la mitad de las veces lo que hacen es copiar la fórmula de las grandes: ¿Que está de moda un autor que escribe novelas de supermachos de pechera aceitada que se trajinan a mozas en la cubierta de un galeón? Pues si quieres arroz, toma cuarenta tazas, que te vas a cagar con la que te espera. Sacamos la mitad de nuestro fondo literario con eso y nos da igual que la novela esté bien terminada. Como si la ha escrito un puto orangután con déficit neuronal, eso va a tienda por mis santos cojones.
Pero claro, aquí no se puede decir nada. Porque a la más mínima te dicen que esto es así, que lo suyo es que hay que ganar dinero y tal. La política del todo vale, todos de rodillas y a sacar el Licor del Polo, ya mismo.
Luego los mismos que decimos esos somos los primeros en quejarnos de la especulación inmobiliaria, caballeros.
Coherencia a más no poder.




4 comentarios:
Plas, plas, plas (son aplausos, no bofetadas).
Pilar Alonso Márquez, aquí el anonimato no vale.
Gracias, Pilar! Se agradece que des tu nombre, así siempre sé a quién me dirijo ^_^
Pues yo ya he encontrado a montones de lectores que están cabreados con las editoriales justamente por lo que dices, Javi. Y me incluyo. Así que no sufras, que no estás solito :-)
Por tu parte sabía que no lo estaría, Gissel! Mola no ser la voz que predica en el desierto... o bien serlo y tener con quién compartir la cantimplora :D
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