Hace exactamente un año estaba yo escribiendo un artículo sobre caos, entropía y otras cosas sobre las que no merece la pena pensar con demasiada frecuencia.
Y aquí estoy yo, unos trescientos sesenta y cinco días despúes (¿o trescientos sesenta y seis? Fue bisiesto 2012?), dándole vueltas al tarro.
Y es que, cuanto más cambian las cosas, más permanece uno en el mismo sitio, sin menearse ni un ápice. Y dices tú, "Lo mismo es que no me he movido lo suficiente". Pues a lo mejor. Pero ya es de estas veces que empiezas a reflexionar: porque total, las ofertas de curro siguen ahí, y uno las echa. BIEN. La pregunta es: si están ahí, lo mínimo sería que te llamasen para una entrevista... pero ni eso. Ya mosquea, qué queréis que os diga. Se puede entender que te echen para atrás cuando te entrevisten por el motivo que sea: que no encajes en el perfil, que no tengas la titulación de moda para ejercer el puesto (aunque sea el más bajo de lo más bajo) o, mi favorita: "No tienes experiencia laboral".
Pues no, tócate los huevos: ningún hijo de puta me ha querido contratar desde que salí de la carrera precisamente por lo mismo. No tengo experiencia, pero a este paso, se ve que no la voy a tener en mi puñetera vida.
No demostrable, claro, porque uno sigue ahí, preparando chavales para que le pierdan el miedo al inglés de una vez. Es como una especie de agujero negro que, pese a no ser el infierno, es algo que sabes que no puedes hacer toda la vida. Algo de lo que esperas salir algún día para proyectarte y optar a un puesto (algo) mejor, aunque sea cobrando la misma miseria. Con que me den de alta en la seguridad social, yo contento, mira tú si pido poco.
Pero se ve que eso no encaja. Mi perfil no encaja en estos tiempos que corren. Soy de una generación obsoleta, esos licenciados a los que nos dijeron de pequeños que una carrera universitaria era una formación decente, superior, que te convertiría en una persona de provecho.
Imagina qué guasa cuando has superado la niñez y la adolescencia y estás ya a la mitad de tu vida de juventud, descubriendo que todas esas ideas, esas promesas silenciosas, todas esas concepciones no han sido más que una patraña. Una mentira con la que nos han dorado la píldora, porque luego te licencias... ¿y qué?
Patada en el culo, a la puñetera calle, gracias por haber pagado las matrículas y propicios días tenga usted, ciudadano.
Pero supongo que esto no es más que un episodio anecdótico. Soy uno de muchos en esta situación, nadie especial. Mi perfil es igual o peor que el de mucha gente que sigue arrastrando los pies en la cola del paro.
Quizás es un todo, un conjunto.
Te pones a pensarlo y te dices a ti mismo: ¿Cuántos años llevas en contra de la corriente? ¿Cuántos años llevas negándote a seguir lo que se supone que tienes que seguir? ¿Cuántos años hace que tienes esas dudas de fe, planteándote si toooodos esos dogmas que te están intentando meter en la tele, en el colegio, en el bareto cuando te tomas algo... y si todo eso no es más que una mentira más, tan gorda como la del futuro postuniversitario? ¿A cuántos has dejado atrás en esa especie de peregrinaje espiritual en el que parece que se ha convertido tu vida? ¿Cuántos te han abandonado a ti?
Sé que muchos pensáis que soy una persona de actitud cínica, o bien escéptica. Y dejadme que os diga que tenéis mucha razón. Lo que quizás no sepáis es que no siempre he sido así. No hasta hace algunos años... llamadlo evolución lógica, tras casi dos décadas de luchas intestinas. Luchas contra uno mismo cuando te ves obligado a reinventarte cada cierto tiempo o acabar mal; luchas contra el exterior, al negarte a ser otro ladrillo en el muro. Al rechazar de pleno formar parte de esa maquinaria de la hipocresía; de agachar la cabeza de forma rastrera para conseguir migajas de favores. De ser otro de esos gusanitos que se arrastran todos los días, diciéndole al objetivo de turno qué fantástico es, qué guapo y qué lustrosa es su entrepata, solo para obtener algo de él.
Llamadme raro, pero yo no puedo ser así. No me sale.
Igual es que soy un inadaptado social, no lo sé.
Y es que algunos parece que hemos nacido para ser plantas sin raíces. Empantanados y estancados, sí, pero sin arraigar. Sin crecer. Flotamos a la deriva mientras el resto del mundo evoluciona, crece o se destruye. Pero nosotros seguimos ahí, como el que ni siente ni padece. Haciendo de testigos, sin poder pisar la arena, porque total... es como si no nos hubieran invitado a la fiesta.
Vemos cómo amigos y conocidos emprenden su rumbo y dejamos de formar parte de sus planes. Porque ya no jugamos en la misma liga, porque poco a poco empiezan a casarse, tener hijos y formar una familia. Los solitarios raramente encajamos en esos cuadros tan bucólicos; somos la variable que no encaja en la ecuación.
Las cosas avanzan y uno se queda atrás; en el mejor de los casos, no avanza con ellas. Y lo peor es que eso fomenta que al final acabes por no entender una mierda. A veces da la impresión de que todo el puñetero mundo está bailando una melodía y tú no te sabes la letra. No te enteras de las reglas del juego, y cuando te las explican, te quedas con cara de póker, porque no te puedes creer que funcionemos de un modo tan asquerosamente absurdo.
— Es que esto es así— te dicen. Y te lo tienes que creer. Tienes que aceptar. Agachar la cabeza y seguir el juego; si no, vete preparando a ser otro puto inadaptado. Uno de esos que viven al margen de lo socialmente aceptado, al margen del contrato social de tal o cual colectivo, da igual porque en esencia todos son humanos y todos tienden a actuar de maneras más o menos similares.
"Sigue esta doctrina, haz caso de tal o cual persona, cree en esto a pie juntillas, ten tal gusto, viste así, no te hables con los de tal tendencia. Nosotros somos los buenos y los que sabemos, y los demás son malos, que no están informados"
Al negarte a la Uniformidad, pasas a formar parte de ninguna cosa en concreto, acumulando polvo en las suelas de las botas. Vete preparando, porque te conviertes en un nómada. En un viajero que visita centenares de puertos, pero que jamás se queda demasiado sitio en ninguna parte.
En situaciones como estas te arriesgas a ser el lobo solitario, aquel al que nadie baila el agua... porque en el fondo la sociedad teme a la gente que no tiene miedo a decir la verdad y la acaba repudiando como a un leproso. A la gente que lo hace, la respuesta es la de siempre: la segregación, el ostracismo, el ataque personal, las risas comedidas y temblorosas, el cuchicheo barato a las espaldas (sin agallas JAMÁS de decir las cosas a la cara)... y la falsedad. La sempiterna falsedad. La de aquellos que buscan ganarse tu favor y, cuando ven que no tienes nada que ofrecer (porque no eres un puñetero supermercado) te dan la espalda. Se buscan a otros a quienes lamer el culo.
La personalidad ha muerto, amiguitos. El lema es "Sacrifícala en aras de un mundo unificado, que espera a que digas lo que ellos quieren escuchar".
Vende tu criterio personal a cambio de elogios.
Eleva a los altares a aquellos que crean que te van a aportar algún beneficio. Escupe sobre el resto.
Comercia.
Compra.
Vende.
Sé un mercenario.
Únete al Pensamiento Único, y aquellos que aman a este Gran Hermano te lo compensarán. Te amarán como tú le amas a Él, y lo seguirán haciendo mientras tengan garantías de tu amor.
Pero también me gusta pensar que en este mundo existe una única cosa que no entiende de modas, dogmas, lemas, panfletos, propagandas o cualquier otra cosa que te obligue a aceptar una norma socialmente establecida. Esa cosa es el caos.
El caos, como decía Heath Ledger, tiene una cosa buena y es que es justo. El caos nos afecta a todos, desde el banquero más supuestamente intocable hasta el pobre que no ha sabido jugar sus cartas y anda buscando comida en el cubo de la basura. No se puede forzar ni domesticar. No va jamás en la dirección que queramos. Casi nunca se ajusta a nuestras predicciones. No se puede comprar con dinero, no se puede destruir ni evaluar de un modo lógico. No podemos cuantificar aquellos puntos de nuestra vida que no podemos controlar.
El caos es lo impredecible, el revés inesperado. La última migaja de improbabilidad que hace que un broker se despeñe desde un rascacielos en 1929 o que una becaria revele haber practicado amor oral del bueno con un presidente y ponerlo contra las cuerdas delante del puñetero planeta. El ser humano no es intocable. Ninguno de ellos, tan solo vive inmerso en una falsa sensación de protección. Una burbuja de cristal que no es más que una pompa de jabón. El día menos pensado un revés le da al más confiado en la boca y la hostia es el doble de grande, precisamente a causa de esa ilusión. De ese engaño.
"¿Por qué tan serios?"
Luchar contra el caos es ilusorio, pero algunos no podemos evitarlo. Está en nuestra naturaleza. Es una lucha perdida desde el principio, pero esas son las cartas que se nos han dado y las jugamos de la mejor manera posible; como mucho, podemos aprender a sobreponernos a los cambios que éste genera tras su paso, y con eso podemos darnos con un canto en los dientes. Felicidades y hasta la próxima vez que se vuelva a poner tu vida patas arriba.
Otros ni siquiera son conscientes de ello, y dirán que no es justo. Que no tenían por qué recibir los embates.
¿No? ¿Ellos no y otros sí?
Ilusión, una vez más.
Mis preguntas de la noche, por tanto, son: ¿en qué lado de este sistema estáis (y no, no me refiero a política, sino a sistema social, humano, antropológico)? ¿Seguís un dogma, doctrina o directrices que determinen vuestra forma de ver la vida? ¿Estáis seguros, al cien por cien y sin reservas, de que vuestros pensamientos realmente os pertenecen?
¿Os ha dado alguna vez el caos una hostia y habéis abierto los ojos?




2 comentarios:
En mi caso, inadaptada total por atreverme a pensar por mí misma. ¿Te parece que hagamos un club?
Lo veo :D
Publicar un comentario