lunes, 10 de diciembre de 2012

Angst- Sobre el concepto de búsqueda espiritual, cambio y otras chorradas



Hará algunos años, durante un curso de formación tuve, junto a algunos compañeros, la oportunidad de poner a prueba algunas terapias de psicología de grupo. Lo que en la jerga se llaman "Dinámicas de grupo". La profesora que teníamos por aquel entonces, una docente de lo más apañada, era muy aficionada a eso de usar técnicas de autoconocimiento, quizás no muy "ortodoxas" si nos ponemos ultracientíficos, pero en caso alguno carentes de interés.

Una de ellas consistía en dividir un folio en cuatro partes, dejando una sección circular en el centro, de manera que te configurabas el folio para hacer cinco dibujos en cada una de las casillas que había. Con ese papel delante, hacíamos un ejercicio de visualización, consistente en visitar algunas secciones de tu vida: recordar un momento agradable de tu niñez, otro en tu adolescencia, verte a ti mismo dentro de un tiempo y demás. Hace ya algunos años de eso y no recuerdo del todo bien los detalles.

Sin embargo, lo que sí recuerdo fue la parte tocante al pasado, en la que se supone que tenías que recrear un momento agradable.
Yo dibujé algo parecido a un príncipe de cuento con una espada en alto: no dibujé un "hecho" en sí de mi vida, pero sí una forma de plantear la visión del mundo que tenía por aquel entonces.
Sí, supongo que os resultará muy gracioso si me conocéis, pero de pequeño creía en el heroísmo. Me habría gustado ser la clase de personas que pueden hacer algo inusual para ayudar a otros.
Sueños de niño.

Me ha costado lo mío encontrarlo, pero lo tengo: mi dibujo era una cosa similar a esto.

Luego creces y te das cuenta de que, puede que gracias a varias décadas chupando cómics, tengas unos valores de integridad que suenan muy bien, pero que en esta sociedad de puñalada trapera no hay Dios que tenga huevos de mantener. O puedes mantenerlos porque crees en ellos y eres de esa manera y morirte de asco, que para el caso es lo mismo.

El caso es que, volviendo al ejercicio en sí, mi profesora hizo una especie de análisis de la clase de chorradas que había dibujado sobre el papel (la mitad de ellas algo abstractas) y llegó a la conclusión de que me encontraba en plena fase de una búsqueda espiritual. Supongo que, teniendo en cuenta que por aquella época no tenía muy claro qué coño hacer con mi vida, no era un diagnóstico descabellado en absoluto. Puede que esta mujer tuviese muy buen ojo. O puede que, realmente, sea una persona bastante transparente, si quien quiere conocerme no se queda en lo meramente superficial.

Lo gracioso es que han pasado tres años o así de aquello y es ahora cuando me acuerdo.
Este fin de semana pasado he tenido la ocasión de volver a ver a viejos amigos a los que hacía un siglo que no veía. Básicamente provenían de otros países y no es tan fácil retomar el contacto personal con alguien que vive a más de cinco mil kilómetros de tu casa...
... Y sin embargo, llamadlo casualidad, han confluido unos pocos durante los mismos días. Sin conocerse entre sí y, en algún caso, sin haber planeado apenas pasarse a ver a un humilde servidor.
Cosas que surgen espontáneamente.

Así de espontáneamente surgen conversaciones que acaban por resultar trascendentales: empiezas poniendo al día a esas antiguas amistades y al final surgen conversaciones acerca del futuro.
Es en ese momento cuando una buena amiga me hace una pregunta que no sé responder.

- ¿No tienes ningún sueño en tu vida?

Pensadlo.
Puede parecer una pregunta gilipollas, pero cuando pasas por una etapa en que no sabes qué coño hacer con tu vida, no es tan raro acabar por darte cuenta de que lo mismo no llevas una meta. No una clara, al menos: has terminado tu carrera y se supone que tienes que trabajar.
"Haz oposiciones", te dicen, pero resulta que han cerrado la oferta pública.
Buscas curro de alguna otra cosa y no te llaman ni para una entrevista de trabajo. Lejos de desanimarte, lo entiendes (o simplemente te jodes y asumes lo que hay). No está la cosa para coñas.
El caso es que no tienes ni puta idea de para dónde tirar. He ahí el quid de la cuestión.
Puede que la pregunta me pareciese demasiado importante como para responderla a la ligera, también.
El caso es que, fíjate, que el recuerdo de aquel dibujo del muñeco con la espada acabaría por aparecerse en mi mente cuando me despidiese de esta amiga y me pusiese a darle vueltas al tema de camino a casa.
Fuese como fuese, me dí cuenta de que, desde la última vez que esta amiga y yo nos vimos, mi vida no era especial. No en el sentido de que fuese estable o que pudiese tener algo a lo que medio aferrarme. Que sí, que tienes tu familia y todo eso, pero algunos sentimos ese impulso que nos lleva a pensar en levantar el vuelo y salir del nido, especialmente cuando, de vez en cuando, te sientes con las alas cortadas.
En según qué situaciones, no puedes ni planteártelo.
O puede ser que ni siquiera hayas caído en ello. La infancia hace tiempo que quedó atrás y ahora estás en una dinámica completamente diferente.

"¿Ni te lo habías planteado, so mamón?"
Pues no, Sueño, para qué te voy a engañar.


Pero este artículo no es tanto una queja por mi situación (paso de ponerme a lloriquear) como del concepto de búsqueda espiritual en sí. Hay gente que, por el motivo que sea, parece tener las cosas claras en su vida desde el principio. Se las apañan para tomar una dirección encaminada que, puede retrasarse más o menos, pero al menos tienen unas directrices que seguir.
Otros no seguimos una partitura, sino que por el motivo que sea, parece que tocamos de oído. De un lado para otro, buscando nuestro sitio. Laboral, social, sentimentalmente, algunos no somos más que un puñado de nómadas. Gente solitaria, sin patria, que vaga de un lugar a otro.

Es curioso, si se parte del concepto de que (según mi visión del mundo), el ser humano lleva eso de los cambios como el puto culo.
Siguiendo con las conversaciones filosóficas con mi amiga extranjera, llegamos a la conclusión de que existen dos tipos de cambios en nuestra vida: los que acabamos por asumir voluntariamente, con cierto tiempo de preparación (véase para un proyecto o similares) y aquellos que vienen de improviso, que son los que desestabilizan tu vida.
Lo que viene a ser el Caos que pone nuestra existencia patas arriba y a los que tenemos que adaptarnos como podamos, si es que podemos.

"Hola, soy tu Caos"
Mmmm vale, pero ¿tienes que ser así de feo, joder?

Ante ese concepto que me planteó mi amiga, yo parto de la idea de que el ser humano no cambia. No, al menos, en lo importante: puedes modificar ciertas conductas de tu vida ante ciertos estímulos (si nos ponemos conductistas), pero nunca dejas de ser tú. No, insisto, en lo importante, ni en la mayoría de los casos.
Nosotros no cambiamos, pero las circunstancias sí.
Como digo muchas veces, eso es lo que suele suponer lo más miserable de nuestras vidas.

Nos resistimos al cambio, porque somos una especie de costumbres. Somos virtualmente incapaces (a menos que entremos en situaciones relativamente extremas) de cambiar nuestros esquemas o nuestro concepto de vida, lo que nos lleva a menudo a no entendernos con otros, o simplemente a no entender el mundo que nos rodea. La Teoría del Surco, de la que creo haber hablado alguna vez: nos imponemos rutinas, diciéndonos a nosotros mismos que hacen más cómoda nuestra vida, pero en el fondo, no es más que una excusa para no explorar otra forma de hacer las cosas. Porque una única vía de pensamiento es más fácil de soportar. Especialmente si no supone tener que revisar demasiado tus creencias.

Esto, en mi caso, no deja de ser una contradicción que no me voy a molestar en explicar... principalmente porque yo mismo no sé hacerlo: desde hace ya varios lustros me las he visto y me las he deseado para adaptarme a los cambios que se me plantan por delante de los morros (y no, yo no soy de esas personas que se adaptan fácilmente a las cosas, pero ni de lejos); por otra parte, ando dando tumbos de un lado para otro, sin plantar el huevo por ninguna parte y sin poder echar raíces.
Quizás la única explicación que encuentre es que una cosa es que quiera estabilizarme y otra que haya encontrado el modo de hacerlo; puede que el concepto mismo de Cambio, a la hora de pensar en UN sitio en el que enraizarme (y pensar que ahí empezará el resto de tu vida), cause tanto vértigo (o quizás más) como el estar dando palos de ciego. Por un lado, no encontrar un futuro; por otro, temer que el futuro que te espera hasta el fin de tus días no es gran cosa. Ni agradable siquiera.
¿Qué haríais vosotros, entre caminar errantes y dirigiros a cualquier sitio de mierda?
Ese, posiblemente, sea el tipo de terror que anida en el fondo de la mente de la gente que vive en la misma situación que yo.
Puede.
Tal vez.
Quizás.
Para qué os voy a engañar, no tengo ni puta idea.

"Ni puta idea, pasando"


En cualquier caso, quizás el concepto de la búsqueda espiritual, de esa búsqueda de ti mismo, del Santo Grial o como quieras llamarla, resida justo ahí: en esa lucha contra el Caos que se levanta a nuestro alrededor día a día. En afrontar que, van pasando los años, y ves que tu situación sigue tan estancada como hace siglos y que tu vida no ha parecido avanzar ni un solo paso. Que el universo que te rodea, tu microcosmos personal, no te dice gran cosa. Viéndote como te ves, con grilletes en los pies que te lastrn en todo momento, sabes que te gustaría aspirar a más, pero ni sabes lo que es, ni dónde coño está.
El Caos te da hostias por los cuatro costados, pero tú sigues ahí, flotando en mitad de la tormenta, preguntándote si vas a seguir a la deriva mucho más tiempo o vas a acabar en una isla llena de caníbales.
Tal vez esa búsqueda consista en decidir: en decidir si vas a hacer lo que la sociedad, el mundo, espera que hagas, o bien vas a seguir a tu instinto o tu corazón. Esa búsqueda, tarde o temprano, te lleva a enfrentarte a tus propios demonios.

Sigo recordando esas conversaciones este fin de semana: mi amiga sostiene que, pese a haberse pegado años saltando de un lugar del mundo al otro (cosa que hace que me sienta muy orgulloso de ella, ya que yo soy totalmente incapaz de embarcarme en aventuras así), no es valiente.
No comparto esa idea: el valiente no es aquel que no tiene miedo, porque miedo tenemos todos, lo admitamos o no. Para mí el valiente es aquel que se planta delante de sus demonios interiores más fieros, del Caos y de cualquier obstáculo que se ponga por delante y, siendo plenamente consciente de su miedo, lucha con todas sus fuerzas hasta superarlo.
Pero para eso hay que valer.
No, no me vengáis con lo de "En situaciones de necesidad sí que lo haces". Mentira. En situaciones así, los que no tenemos ese valor dentro del pecho, nos arrugamos, nos venimos abajo y, muertos de rabia (porque sabemos que no damos para más), aquí nos quedamos. Y es que no podemos hacer nada más. Entendedlo, porque es algo irracional, que no se puede controlar.
Pensad en alguien que teme a las cucarachas y convencedle, si tenéis cojones, de que no se va a morir por tener una a menos de tres metros. Puede que con un ejemplo así lo entendáis.

"¡Cagonlaputaaaa qué pedazo de cucarachaaaaaa! ¡Jackson, Jackson, ¿dónde coño te has metido?!"


El caso es ese, y con esto concluyo: existe mucha gente que consigue verlo todo (o al menos, la mayoría de las cosas) de una manera sencilla, que han sabido desde el principio lo que quieren hacer. Que han tenido unas metas muy claras, unas ambiciones que cumplir. Unos sueños que ven factibles. Gente que, gracias a eso (o puede que a alguna otra cosa que desconozco, que todo puede ser) sale adelante. Evoluciona lo justo como para no romper sus propios esquemas, pero lo suficiente como para salir adelante. Esa gente tiene la suerte de solo tener que enfrentarse al Caos, a esos cambios imprevistos que se cruzan en la vida y ante los que es complicado estar preparado de antemano.
Lamentablemente, no todos somos así.
Otros, todavía estamos intentando pillar las notas de la canción. Buscándonos a nosotros mismos, intentando entendernos o a la sociedad que nos rodea... o puede que directamente perdidos.
El día que tenga respuestas a todo este despliegue de incógnitas que me he dedicado a plantear, me encantaría poder contároslas.
De momento, sigo con mi búsqueda.

4 comentarios:

Nieves Delgado dijo...

Yo parto de un supuesto un poco diferente; el cambio es vida. Nos resistimos a los cambios por puro instinto, pero para crecer, para CRECER, hay que salir del círculo de seguridad en el que vivimos habitualmente. Aunque luego regresemos a él.

Tener una meta no es señal de estar centrado, ni de ser feliz, ni siquiera de no tener dudas. De hecho, hay mucha gente que se pierde muchas cosas a su alrededor por tener la vista puesta en una meta fija. Yo me identifico más con los exploradores del camino que con aquellos que solo miran al horizonte.

Y por último, anque no por ello menos importante, lo de "yo no puedo, porque yo no soy así", no es más que una excusa barata. Pues claro que puedes, tú y todo el mundo. Quien tiene pánico a las cucarachas debe asumir que puede morir al tocar a una de ellas. No, qué coño, debe asumir que VA a morir al hacerlo. Y aun así, hacerlo. Eso es enfrentarse con los miedos, es la única manera de derrotarlos de verdad.

Raelana dijo...

Hay cosas peores que no saber hacia dónde ir y es tener una dirección, seguirla y estrellarte, decidirte por otra y volver a estrellarte, acomodarte y olvidarte de tus sueños y volver a estrellarte, hasta que llega un momento en el que no tienes sueños, ni seguridad, ni futuro ni nada. A veces es mejor no plantearse las cosas e ir dando tumbos.

Rumbo a la Distopía dijo...

Como siempre, interesantes aportaciones ambas, señoritas. Cierto es que no me había planteado lo que mencionáis... lo que amplía el debate todavía más :)

Raelana dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.