domingo, 28 de agosto de 2011

Mis Truños Favoritos: Razones por las que pienso que el cine moderno (generalmente) es una santísima mierda



Hoy la Distopía se pone purista. Porque sí. Porque ya andamos un poco hartos de timos, estafas y truños cada vez que nos gastamos los cuartos en meternos en una taquilla (sí, me gusta pagar de vez en cuando por ver una peli en pantalla grande, soy así de raro). Porque está la cosa muy mala y no es plan de ir con ganas de echar un buen rato para meterse en una bacalada, el post de hoy va dedicado a desglosar cuáles son algunos de los conceptos e ideas del cine moderno que hacen que a un servidor se le revuelvan las tripas por los casi siete pavos que cuesta una entrada y el magnífico bocata que podía haberse metido por el pescuezo por ese mismo precio.

Ni que decir tiene, como siempre, que estas son valoraciones personales y en ningún caso se refieren a todo cuanto se estrena, y a lo largo de este post iremos viendo excepciones a estas normas. Este blog, como ya sabéis, se caracteriza por el libre ejercicio del espíritu crítico personal y por fomentar que sus lectores piensen por sí mismos. Aquel que quiera ver algo más que lo que aquí se cuenta, ve sólo aquello que quiere ver y no aquello que un servidor pretende expresar en estas líneas.
Dicho esto, empezamos a diseccionar y analizar algunos conceptos fashion del cine contemporáneo.

Concepto número uno: El CGIPH (CGI Por Huevos): Elemento bastante presente en casi todo lo que tiene un cierto tufillo a ciencia-ficción, terror, historicismo y demás cosas. El CGI Por Huevos es la idea de que todo, absolutamente todo aquello que sea medianamente complicado de mostrar, o bien que implique que el director tenga que usar más de dos neuronas a la vez, sea digitalizado y puesto por delante del espectador en una peli. No hablamos ya de marcianos (ojalá); hoy en día se digitaliza cualquier chorrada, usando además unos programas PENOSOS, de manera que destilan artificialidad por los cuatro costados.


En 1992 estrenaron Terminator 2. En su momento, nos dijimos: "Joder, si esto lo hacen ahora, en 15 o 20 años el cine va a ser una pasada".
Cómo nos equivocamos...


Os pongo algunos ejemplos:

Daredevil- Hacia el final de la película, una rosa cae desde un edificio. Ya me contaréis lo complicado que habría resultado filmar la rosa cayendo con una simple cámara, o si se quiere ser más preciosista, usar un chroma para filmarla en primer plano y añadir luego el fondo. Pues no: la puta flor hecha por ordenador, peor hecha que los efectos especiales de Barbarella, se estampa contra el suelo rebotando de una manera tan sumamente CUTRE que cualquier espectador que tenga un par de neuronas más que el director (cosa fácil, viendo la trayectoria de semejante genio) se da cuenta de que en el decorado no hay ni flor ni leches.

Catwoman- Al principio de la película salen como treinta o cuarenta gatos que rodean a Halle Berry y dan su fuerza para que se convierta en Catwoman (de los grandes guiones hablaré luego). Pues bien, NI UNO de esos gatos es de verdad. Joder, que no estamos hablando de dinosaurios como en Parque Jurásico, hablamos de gatos. Pues nada, lo mismo: los bichos peor hechos no podían estar, de manera que te daba la impresión de que la actriz estaba tirada en el suelo mirando a la nada (porque sabías que no había gatos ahí)

Gladiator, Espartacus y otras producciones historicistas- Si os vais a pelis antiguas, podréis comprobar que la recreación de masas se hacía de forma artesanal. Dicho con otras palabras, se contrataba a un puñado de extras que, por un módico precio y gracias a unas ganas tremendas de formar parte de la historia del cine, se apuntaban a un bombardeo y te llenaban un estudio con la misma facilidad que un puñado de peludos se meten a ver a los Judas Priest. Hoy en día la tacañería ha invadido el mundo del cine (que siempre se ha destacado por ser un mundo artístico que invierte muchísimo) y pasa de eso: ahora se lleva el rollito copy-paste de señores, de manera que te recrean un circo romano con diez extras a los que multiplican hasta petar un coliseo. ¿El problema? Pues que puede ser muy espectacular, pero el CGI no es una técnica tan desarrollada como nos creíamos en su día cuando veíamos Terminator 2 y esas cosas, si las miras sólo un segundo o dos, CANTAN a lo bestia. Te da la impresión de que, más que ver una película, estás dentro de un puto videojuego de la PlayStation.
Los fondos de estas películas eran creados de la nada, con un puñado de operarios currando a lo bestia para montar decorados más o menos creíbles. La idea era recrear una ambientación que trasladase al espectador a otra época u otro mundo (véase cualquier peli de romanos hasta antes de los años 90, cualquier western, por ejemplo de Sergio Leone o cualquier película de fantasía de la factoría Henson). Hoy en día el asunto es 3D, con la consiguiente falta de solidez, credibilidad e incluso realismo. Algunas de las pocas excepciones que me vienen a la cabeza en los últimos años son Ágora  (o, al menos, lo poco que he visto de ella; los que lo hayais hecho, corregidme, por favor), La Lista de Schindler y poco más. Seguramente hay más, pero si tengo que hacer uso de memoria para ver cuál, creo que con eso ya demuestro (aparte de una cabeza malísima) parte del teorema...


Un animatrónico sacado de la película Cristal Oscuro. Para mi gusto, mucho más realistas y con muchísima más credibilidad y solidez que el 90% de la bazofia digital que nos meten con cucharones hoy en día. Al menos sabes que el bicho está ahí...

Concepto número dos: La Cámara Zas-Zas: Antes de entrar en materia con este concepto quiero preguntaros si habéis visto La Naranja Mecánica. Probablemente una de las películas más desagradables que me he echado a la cara (no por violenta, sino por la idea en sí de la película), donde hacia eso de la mitad se bombardea a un chaval con imágenes a toda hostia con la idea de echarle abajo el cerebro.
El cine moderno mama mucho del señor Kubrick... únicamente en ese aspecto: hoy en día no ves películas, sino una sucesión salvaje y desmesurada de fotogramas que duran un segundo y pico, llegando casi al punto de provocar una epilepsia al pobre que se despatarra delante de ellas. Grandes "genios" cinematográficos como Michael Bay (al que sus técnicos de montaje le deben temer más que a una vara verde cada vez que se mete en el laboratorio y empieza a decir "corta aquí" y "corta allá") parecen considerar que la sucesión rápida de fotogramas equivale a acción desmesurada y trepidante.
Tal vez alguien debería explicarle a este hombre cómo determinados estímulos visuales  acaban por generar Síndrome de Falta de Atención; o igual es que Bay, así como muchos otros, es un genio que lo que pretende es aleccionarnos y decirnos que la ultraviolencia es mala... sin embargo, algo debe fallar en su idea, ya que todavía no he visto a los canis de mi barrio hechos un ovillo en el suelo y con ganas de vomitar cada vez que se presenta la ocasión de liarse a hostias.
Y es que el cine no debería ser una consecución de fotogramas. No debería ser una carrera de Fórmula 1 para ver quién llega más rápido al final. Una cámara de cine no es una puta Polaroid y no es más artista el que más imágenes sueltas (y a veces, inconexas) te plantifica en un plano. El manejo del plano-secuencia, por ejemplo (es decir, el plano que hace una cámara antes de un corte) puede demostrar mucha más habilidad que el corta-corta-pega-corta de turno. No os voy a decir que os metais a ver el Hamlet de Laurence Olivier, porque igual os resulta un cine muy rancio (aunque el manejo de la cámara en esa película es impecable; pongo como ejemplo la de la representación de la obra teatral por parte de los cómicos). Simplemente echad un vistazo a películas como Hijos de los Hombres, donde, rondando el final de la película, encontramos un plano-secuencia de casi un minuto y medio de largo, que muestra todo un travelling , hacia atrás, mientras Clive Owen avanza por un pasillo (y sin música). No es interrumpido hasta un disparo de francotirador que rompe el silencio y hace que nos levantemos de un bote del asiento. Sólo pensad en lo jodido que habría sido repetir esa escena si hubiese habido algún error. Eso es arte, señores. Pegar fotogramas lo puede hacer cualquiera.


"Hola, buenas. Vengo a ver Transformers 3".

Concepto número tres: la Pelea Zas-Zas o el Factor Revoltijo: Este concepto viene derivado del anterior. El cine moderno, tal y como puede comprobarse sin mucha complicación, parece obsesionarse por ganar espectacularidad en detrimento de la credibilidad. Por supuesto, es cine y tampoco esperamos que nos tengamos que creer que alguien muere de verdad en una peli (a menos que estemos viendo El Cuervo, claro); pero la idea es que al menos sepamos qué estamos viendo. El Factor Revoltijo echa toda esa idea por tierra y convierte cualquier pelea en una especie de ensaladilla rusa de puños y patadas, donde virtualmente (digo virtualmente porque el factor CGI Por Huevos también suele ser responsable de esto) no ves una mierda. Algunos ejemplos de esto pueden ser Transformers 2 (Michael Bay contraataca) o Matrix Reloaded. Si bien en la primera parte a mí no me quedó claro que aspecto tenía realmente un Transformer (yo sólo veía cosas de metal que daban vueltas), en la segunda la pelea de Neo contra el Agente Smith me recordaba a aquellos tebeos de Mortadelo y Filemón donde, para ilustrar una tangana el gran Ibáñez dibujaba una nube de polvo de la que salían puños y pies, más alguna palabrota. Igual los Wachowski quisieron hacer un homenaje al cómic español y yo no me he enterado...
Comparad este concepto con peleas mostradas tan sólo una década o dos atrás: un amigo siempre ponía como ejemplo aquella pelea en un aeródromo en En Busca del Arca Perdida, donde Indy se las veía con un piloto nazi condenadamente grande. Joder, ahí te dolía ver cada puñetazo que se daban en la boca. Ahí veías puñetazos. En lo otro no ves nada.


ESTO es una hostia.

Concepto número cuatro: El caracartón y la tía buena: Este concepto es un poco la degeneración de ciertas ideas que ya llevan algunas décadas pululando por Hollywood, sólo que llevadas a su extremo absurdo. Que no todos los actores del cine americano han destacado por ser el cúlmen de la expresividad es un hecho. Ya conocemos a algunas estrellas como Charlton Heston o John Wayne que no pasaban de la jeta mal encarada o los ojillos de "Me está dando el sol". Y sin embargo, tenían algo de lo que carecen los actorcetes de medio pelo sobaquero que están inundando las pelis de hoy en día. Ese algo se llama carisma.
Os pongo un ejemplo claro: a mí Clint Eastwood es un actor que me encanta, pero no dejo de reconocer que no es un tío que facialmente tenga demasiados registros. Pero es un señor con una presencia que es capaz de llenarte una habitación. Si te hace de Harry el Sucio, con sólo mirarlo ves que sería el primer tío en tu lista al que querrías que te protegiese de un asesino en serie. Si estás viendo un western querrías tener a ese tío cubriéndote, porque sabes que a su lado no tienes nada de que preocuparte. Si es el Sargento de Hierro, sabes que con él, gilipolleces las mínimas y cualquiera le tose.
Ahora mirad a estrellitas más modernas como Keanu Reeves, cuyo mejor papel podría ser el que hizo en Drácula, básicamente porque el papel de Jonathan Harker era el de tío anodino sin gracia. Al lado de pedazos de monstruos de la pantalla como Anthony Hopkins o Gary Oldman, quedó claro quién era quién.

Aquí, Keanu matándonos a todos con su mirada.

Pues esto se ha llevado al extremo hoy en día: ahora ya da igual que el actor o actriz en sí tenga las mismas habilidades interpretativas que una lata de guisantes del Mercadona. Si el tío está cachas y es capaz de memorizar un par de frases guais, contratado. No es de extrañar que salgan de ahí mastuerzos tipo Sam Worthington, bocabiertas como Shia LaBoeuf, que cohabiten con residuos de generaciones anteriores como Keanu Reeves, primos de Pepe el Sonrisas como Tom Cruise o cantantes de poca monta metidos a "actores" como Mark Wahlberg.
Lo bueno (o lo malo, según se mire) es que aquí no hay machismos que valgan: las actrices también se llevan lo suyo y ahora la mitad de las veces la chavala de la peli no es más que un adorno bonito para que el espectador diga "Mira, una tia buena", sin echar cuentas en mucho más. De ahí salen señoritas como Megan Fox, que se esfuerza en hacernos creer que es una pedazo de actriz, pero que la mayor parte de las ocasiones se limita a poner cara de "te seduzco con mi mirada digna de Playboy" o Lindsay Lohan, más conocida por sus monumentales cogorzas que por sus habilidades interpretativas en cualquier bodrio parido por Disney.


Megan Fox en una de sus mejores interpretaciones. Obsérvese lo mucho que transmite y lo mucho que expresa con sólo una postura.

Concepto número cinco: el Arte del Refrito, o como tener una diarrea mental sin una sola idea en la cabeza: Esto está particularmente de moda en los últimos cinco o seis años. No hace demasiado, ya se habló de una crisis de guiones en el cine estadounidense, con una huelga de guionistas (o dos) por medio. Parece ser que esa idea se ha solventado empleando el método George Bush: "Para que no haya incendios, talamos los bosques"; dicho de otra manera, se solventa una crisis de guiones haciendo películas sin guión. Para ello, la solución más sencilla es dedicarse a hacer remakes constantemente. Esto sigue meneando la industria del cine, pero pensando lo justito en lo que se va a contar. La fórmula es sencillísima:

1- Cójase una película que triunfase hace veinte años, o bien una película que venga de fuera de las fronteras (no vaya a ser que al espectador americano le dé una embolia al ver actores extranjeros en una película, por Dios Bendito). Resúmase el guión original, limitándose a lo más efectivo.

2- Póngase a los actores caracartón/tía buena del momento.

3- Métale una promoción y/o merchandising de la hostia. A ser posible, ponga el logo de la película original para atraer el público puretilla que se acuerde de la versión antigua.

4- Olvídese de todo lo demás.

Felicidades, ya tiene usted su remake. Ahora, a ganar pasta.
Debemos decir que, a veces, sólo a veces, algún remake llega a lo decente. Cuando vea la adaptación americana de Déjame Entrar, de la que he oído buenas críticas, os comento. Si no fuera por el hecho de que la versión sueca original ya me parecía muy buena, no me estaría preguntando por la necesidad de hacer una versión en Hollywood.


Cartel de la peli original.


Cartel del remake. Mismo título, más pasta y menos sentido. Así se hace.

La segunda opción es la de precuelizar lo imprecuelizable. Esto consiste en que si uno tiene una historia ya conocida, ahora toca contar el origen de ésta. Da igual que eso no calze ni con cola, que contradiga a la versión antigua. Que absolutamente todo en la precuela parezca más moderno que en la versión antigua (joder, es una precuela, no una secuela), desde el estilismo hasta los decorados. Es como hacer la precuela de Napoleón y darte cuenta de que los soldados llevan ametralladoras automáticas.
Grandes ejemplos se pueden ver con lo que hicieron con La Matanza de Texas. Si la versión original era brutal y desagradable, parte de su encanto residía precisamente en la falta de medios y en la habilidad del director para ponernos de los nervios con una manada de pirados caníbales que iban por ahí comiéndose al primer hippy que se les colaba en el terruño. Ahora que alguien me cuente la necesidad que había de hacer un remake en 2004 con el doble de presupuesto (y la mitad de gracia) y una precuela donde nos cuentan que Caracuero era un discapacitado mental que curraba en un matadero.
Por supuesto, no es que esté en contra de todo remake: sólo lo estoy de aquellos que, lejos de igualar versiones anteriores, directamente las destrozan.

La tercera versión es adaptar una historia original, pero sin tener ni puta idea de qué va. Esto es bastante fácil: coges una novela o un cómic (esto último está de moda a lo basto) y te fijas en el título. Miras en la Wikipedia por encima, a ver de qué va. Y luego cuando lo adaptas, en vez de mantener la idea y darle tu estilo, coges y cuentas la idea contraria, tergiversando por completo la historia original, hasta llegar al extremo de que eso se parezca a lo que estás adaptando como un melocotón a un testículo: ambos son más o menos redondos y peludos, pero cualquier parecido más allá de eso roza lo meramente accidental. Ver Constantine, Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton o Harry Potter y el Misterio del Príncipe para más señas, o el petardazo aquel de Liv Tyler, Los Extraños, que está supuestamente basada en un asesinato real... del que no se llegó a saber un carajo. Y así pasó: que cuando te tragas la peli y escuchas la (medio) explicación que te sueltan los propios asesinos (libertad creativa porque nunca se les pudo identificar) es tan salchichera que uno pone cara de "Perdona, ¿esta gilipollez de película está hecha en serio?" (Que sí, que vale que no tenían muchas opciones con la historia que tenían sobre el papel, pero ¿Quién le puso una pistola en la cabeza al director para hacer una película inspirada en un crimen de mierda de los mil que pueden pasar en los Estados Unidos, basándose en nada mínimamente concreto?)


Keanu forever.

Concepto número seis: el adorable sistema educativo estadounidense: Este concepto se aplica básicamente a películas de terror, aunque también se aplica con (excesiva) frecuencia a las comedias y a algún que otro drama.
Es terriblemente irónico pensar que un país que no destaca por tener un sistema educativo que se cuente siquiera entre los cien mejores del planeta nos meta en película sí y película también un instituto o universidad, llegando a hacernos pensar que no queda un sólo centro educativo en Estados Unidos que no haya sido representado en la gran pantalla.
Y todo para hacernos creer que el adolescente americano medio es gilipollas perdido (algo que me niego a creer por eso de que no me gusta generalizar, pero oye, me cuesta tela, visto lo visto). Sólo tenemos que meternos en cualquier slasher parido desde los años 90 hasta la fecha actual, donde el 90% son adolescentes pegando carreras mientras un psicópata con cuchillo les persigue hasta la saciedad. O bien clasicazos como Jeepers Creepers, donde podemos explorar los insondables límites de la estupidez humana por parte de dos hermanos universitarios que llegan a ser tan rematadamente imbéciles que deseas que el bicho mutante se los cargue de una puta vez.
Quizás la mejor excepción que he podido encontrar a esta regla viene de American History X, básicamente porque la película me parece todo un alegato en contra de la ignorancia y el racismo; y, para variar, la ambientación en un instituto está más que justificada (sólo pensad en los últimos diez o quince minutos de la película y entendereis a lo que me refiero)


En serio, ¿por qué aguantamos a estos pringaos?

Concepto número siete: Los WTF (What The Fuck? o ¿Pero qué coño es esto?, dicho en cristiano): La quintaesencia de toda timada cinematográfica. Cualquiera de los conceptos previamente establecidos pueden empañar la calidad de una película y ésta, a veces, puede salvarse (más por potra que por habilidad, pero hay posibilidades). Sin embargo, el Concepto Número Siete evita que cualquier ocasión de que una película llegue a buen puerto se convierta directamente en una putísima mierda.
El WTF consiste básicamente en presuponer que el espectador es, o bien un imbécil, o bien una ameba que come de lo que le echan; de ahí que nos encontremos giros argumentales sin sentido, guiones absurdos, desapariciones de líneas argumentales y explicaciones a historias enteras que no pasan de ser una gilipollez como un triceratops.

Uno de mis WTF favoritos proviene de la película Van Helsing, dirigida por otro genio moderno que es Stephen Sommers, (ir)responsable de otras joyitas como El Regreso de la Momia o G.I.Joe. En dicha película hay WTF's hasta en la sopa, pero quizás el más sonoro es en un momento en que el hombre lobo muerde a Hugh Jackman. Su subalterno, al suceder esto, le dice: "Te queda hasta la próxima Luna Llena para convertirte en hombre-lobo" (si uno echa cuentas, tenemos un tiempo máximo de unas 27 noches). Hugh Jackman asiente y deciden ponerse en camino hacia Roma. Llegan hasta Praga desde Transilvania y el subalterno le dice: "Mañana será la próxima Luna Llena". Tú echas el cálculo y dices "Vale, pues han pasado unas 26 noches de viaje". Se encuentran con una de las novias de Drácula, que les dice: "El Conde quiere que volváis a Transilvania". Se dan media vuelta. Llegan a Transilvania. Hugh NO se ha convertido en hombre lobo.
SENCILLAMENTE GENIAL.


"El tiempo y el espacio son abstracciones mentales, producidas por la ilusión de una mente no preparara para concebir el continuo espacio-temporal como un todo, donde todo converge en el mismo momento y en el mismo sitio".
Gracias, Hugh. De no ser por ti, no lo habría descubierto.

En películas de terror los WTF suelen ser también la solución más alucinante para explicar algo que, hasta la resolución final, parece inexplicable. Seres como Shayamalan son expertos en sacarse ideas tan rebuscadas y rocambolescas de la manga que te dejan con la cara partida, sintiéndote un poco insultado a nivel de lo que es guión (siempre lo he dicho, Shayamalan dirige bien, pero debería buscarse un guionista decente). Sólo pensad en explicaciones como la de El Bosque (que no reproduciré aquí para no hacer spoiler) que, si bien puede ser una bonita metáfora de lo que queráis, y visualmente puede ser incluso interesante... tiene una resolución final que no pasa de la chorrada monumental.
Hay guiones que incluso engañan deliberadamente al espectador. Ojo, esto no es siempre malo, siempre y cuando se sepa hacer (véase Hitchock, que fue el primero en introducir secuencias de flashback falsas en sus películas); en el resto de casos, no se sale del timo barato, pretendiendo contar al espectador una cosa para, en un volantazo argumental cutre, contarnos justo la contraria sin absolutamente nada que lo justifique, llegando a contradecir la misma historia por la santísima cara. Pelis como la francesa Alta Tensión son una muestra del salchicherismo argumental (traperamente justificado con lo de "Esto es cine de género, así que vale todo") que prolifera en nuestros cines.
El efecto más destacado del WTF consiste básicamente en el hecho de que el espectador llega un punto en que se pierde, si comete el terrible error de pensar que se ha metido en una película a que le cuenten una historia. No, amiguitos: resulta que el cine, por lo visto, ya no es eso. Ahora el cine es espectáculo sin nada detrás. Hostias, tiros, explosiones y tías buenas insinuando las tetas (cuidado, que eso del topless es inmoral) para que no te des cuenta de que es que es lo único que hay que ver. Tras la ensalada de mamporros, o bien después de ver como una ola gigante arrasa el Himalaya en 2012 no esperes ver nada más. Las historias de amor que te puedas encontrar van metidas con calzador (tío ve tía, salva el planeta y se morrea con ella, y punto en boca). Cualquier medio-mensaje que te puedan contar (joder, una película de catástrofes, desde El Coloso en Llamas hasta Terremoto pasando por la saga Aeropuerto si nos contaban algo era lo frágil que podía ser el ser humano en situaciones de pánico. La catástrofe es caos, y el caos aterra al ser humano) queda empañado por mucho ruído y pocas nueces. En un genio incomprendido que salva el día porque es más listo (y más gracioso) que los demás, aunque la idea que se le ocurra sea una soberbia gilipollez que, si te la cuentan en la barra de un bareto, empiezas a pensar que tu interlocutor necesita un buen café y al menos ocho horas de sueño.


Lamas y tsunamis. Pues vale.

En el cine de catástrofes moderno, poca cosa he visto que se salve, exceptuando Monstruoso, que es una especie de versión libre de Godzilla. Bicho arrasa Nueva York, una idea más vieja que el mear; y, sin embargo, funciona: ¿Por qué? Pues para empezar porque al bicho apenas lo ves; la historia se centra en lo que he mencionado arriba. En el miedo y la sensación de falta de control por parte de los protagonsitas. En la paranoia tras el 11-S. En el realismo y la credibilidad a la hora de contarte algo increíble. El cine no es contar fantasías; al igual que el teatro o la literatura, consiste en que por unas horas, te creas lo increíble. Y ahora los directores y productores se han convertido en una panda de vagos que ni se molestan en eso.

Concepto número ocho: los chistecitos: Un factor añadido por parte de los directores del cine fantástico y de terror modernos, que si bien parecen tener buena intención en hacer que el espectador disfrute (gracias), pecan por exceso a la hora de hacerlo, llegando al punto en que la obsesiva repetición de retruécanos y caras chistosas hace que parezca que uno está viendo más una parodia que una película hecha en serio. Me viene a la cabeza el ejemplo más flagrante con la sobrevalorada Serenity, de Joss Whedon. Vale, no vi la serie original en que estaba basada, Firefly. Sin embargo, más o menos pude seguir la película sin demasiados problemas... salvando por el hecho de que todos, absolutamente todos los personajes, parecían estar participando en un duelo de ingenio para ver quién era el que soltaba el comentario más agudo. Tras la frase del consolador del principio (la única que medio me hizo gracia), el resto de chascarrillos me parecieron forzados y repetidos, de manera que disfruté más con las pocas escenas en que los personajes tenían el pico cerrado que con el resto de la película. Si hay algo que me revienta no son los personajes graciosos (de hecho me encantan), sino los que pretenden serlo a toda costa.
Por mucho que me duela admitirlo, esas cosas las he visto en películas que me gustan bastante (y que critico igualmente), como las dos primeras partes de Spiderman , donde hay personajes cuya única función en la vida es que el espectador se ría (véase J.Jonah Jameson, que en el cómic era un tacaño irascible, pero en absoluto un imbécil; sólo leed el Daredevil de Frank Miller y veréis un hombre con las ideas muy claras acerca de lo que publicar en su periódico) o la serie Harry Potter , donde Ron Weasley parece un comparsa idiota de Harry Potter que se limita a poner caritas cada vez que algo raro sucede (leed los libros y vereis que Ron puede ser todo lo torpe que queráis, pero tiene un trasfondo serio como es el de la pobreza de su familia que a mí al menos no me resulta gracioso. Y sin embargo, me parece bastante importante para definir el personaje). O bien echad un vistazo al papel de Owen Wilson en The Haunting. Secundario gracioso en una peli de terror.
Pero nada, parece ser que tenemos que reirnos por cojones, veamos lo que veamos.


Aunque  no os lo creais, esto no es Scooby Doo. Es The Haunting. Como puede verse, aquí no hay perro.

Concepto número nueve: los diálogos a presión: Es cierto que el cine no siempre se ha caracterizado por unos diálogos brillantes; sólo tenemos que meternos en el cine de los años 80 para comprobarlo (por ejemplo, Cobra, con frases tan memorables como "El crimen es una plaga y yo soy el remedio" o "Aquí es donde termina la ley y empiezo yo"). También es cierto que el diálogo no va a hacer que una peli sea automáticamente buena o rematadamente mala por sistema. Hay películas donde los diálogos son escasos, o directamente no hay y pueden ser verdaderas joyas (una vez más, me remito a la versión sueca de Déjame Entrar, donde se habla bien poquito). En el primer caso, sólo habría que decir que los diálogos de las películas de esa época quedan perfectamente enmarcados en su contexto (la era Reagan) y no dejan de ser más que un ejemplo (más o menos acertado) de la filosofía de esa época.
Lo que tenemos hoy en día no tiene perdón de Dios. Porque si bien en los años 80 los diálogos eran burdos, todavía tenían una pizca de ingenio que hacía que nos partiésemos el pecho viendo lo DUROS que podían ser fulanos como Bruce Willis ("Yipiyaiyí, hijoputa" en La Jungla de Cristal), Stallone ("Soy tu peor pesadilla" en Rambo: Acorralado II) o Schwartzenegger ("Volveré" en mil películas). No es que fuese un ingenio shakespeariano, pero tampoco lo necesitábamos. Era cuestión de ver a un tío con dos cojones pasarse la ley por el forro de los idems y hacer justicia. Ea.


"El crimen es una plaga y yo soy el remedio".
Frase para la posteridad.

¿Qué tenemos hoy en día? Lo que tenemos hoy en día se parece, pero no deja de ser una especie de intento desmedido y descarado de soltar frases que queden para la posteridad, inscritas con letras de oro en la historia del cine, quedándose en una sosería detrás de otra. Bien por la incompetencia de los actores, bien por los guiones sin pies ni cabeza. Hoy en día los diálogos, salvando excepciones como Tarantino (director que no me entusiasma, pero sí merece una defensa a la hora de hacer un cine sui generis, huyendo de la simpleza del CGI, buscando actores decentes de ayer y de hoy, y por llenar sus películas con elaborados monólogos que rozan lo teatral) son plexiglás, clichés repetidos hasta el exceso. Fórmulas manidas y refritas de los últimos veinte años, que se asemejan más en ingenio a los telefilmes de sobremesa que a producciones hechas en serio. Los tíos ya no nos parecen duros, sino que nos parecen tíos que intentan convencernos de lo duros que son (véase por ejemplo al pobre Jason Statham, al que le cae cada frasecita de juzgado de guardia; hasta que no le vi en Snatch, Cerdos y Diamentes no cambió mi opinión sobre él). Cualquier cosa medianamente profunda que nos quieran soltar pierde fuelle, oliendo a pretencioso (véase aquella interminable conversación con el Arquitecto de Matrix Reloaded), salvando algunas excepciones (muy de agradecer, por cierto) como en El Caballero Oscuro, donde tenemos a un soberbio Heath Ledger hablando sobre la naturaleza del caos con un Aaron Eckhart medio achurrascado en la cama de un hospital, o el impresionante Cazador de Judíos cada vez que abre esa boquita que tiene en Malditos Bastardos.


Es verle la cara y ya da mal rollo. Imaginaos cuando habla.

Concepto número diez: el Paletismo, o la Exhaltación de la Ignorancia: Este último punto se aplica principalmente a películas históricas, aunque también se extiende a aquellas en que el escenario se traslada a un lugar allende las fronteras estadounidenses. Este concepto radica en la falta total de conocimiento alguno de lo que se está contando, llegando a patones hasta el sobaco. Ante esto seguramente alguno de vosotros me dirá que el que quiera ver cultura que se meta a ver un documental. Vale, bien; pero por favor, que alguien tenga los cojones de explicarme (y convencerme) de que por qué no es una mierda cataclísmica ver cómo se queman santos en la feria de Sevilla, al tiempo que se corren San Fermines en Misión Imposible 2.
Muchos argumentan que es que la función principal del cine es entretener. Guai. Pero eso en ningún caso debe (o debería justificar) que se cuenten verdaderas chorradas que, además de no ser ciertas, son ridículas. Ya he hablado de la versión moderna de Troya, donde Menelao pasa a mejor vida a eso de la mitad de la peli, haciendo que toda la guerra de Troya pierda sentido y veas a un montón de Espartanos dándose de hostias con los troyanos por la santísima cara (ellos argumentan que era por el control del Mediterráneo, pero ese guión es más propio de la Guerra del Golfo que de la Guerra de Troya). ¿Era necesaria una exhaustiva documentación para hacer la película? Probablemente no; creo que con mirar la Wikipedia y saber de qué coño iba aquello habría bastado.
Otras joyas aparecen con El Rey Arturo, donde encima te plantifican un cartel al principio de la peli diciéndote que hay estudios recientes que respaldan la sarta de gilipolleces que te cuentan a lo largo de dos horas y algo.
Además de ser de la opinión de que lo que se cuenta contradice todos y cada uno de los escritos que he leído acerca del tema (por deformación profesional puedo decir que son unos cuantos), siento decir que esos estudios no han tenido lugar jamás. Lo sé de primera mano, gracias a que he conocido auténticos expertos en literatura artúrica e historia medieval que lo han confirmado. De ser así, ellos mismos los habrían leído y nos lo habrían dicho a los que hemos estudiado bajo su tutela.


Bullshit (Rollo patatero).

Quizás el problema está en que hay que darse cuenta de las cosas (por ejemplo, si nos vamos a los libros, veremos patones de ese calibre con la descripción de Sevilla que hace el listo de Dan Brown en La Fortaleza Digital) y no todos lo hacemos, o no queremos hacerlo. Pero cuando nos da por ver las cosas como son (ya no con la precisión de un documental, que para algo está, sino con los ojos de una persona que ve que se están contando verdaderas estupideces), ya nos damos cuenta de que un palurdo que no ha leído un puto libro en su vida (y es más, parece estar orgulloso de ello) nos intenta meter una bacalada con un embudo. Que sí, que la ciencia-ficción es ciencia-ficción, pero lo dicho: se trata de hacer creíble lo increíble, no de justificar la primera chorrada que se le pase a un cretino por el melón con la todopoderosa frase "Es que es ficción". Esa concepción es la que diferencia al contador de historias del juntaletras. Al verdadero artista del mediocre que se cree artista.


Y luego están los colgaos que hacen pelis cutres adrede, simplemente porque les sale de las pelotas. Lo mejor es que esas películas están bastante mejor que muchas hechas supuestamente en serio. Curiosidades de la vida...

Con este decálogo lo que quiero decir no es que todo sea una mierda, ni mucho menos. Ya habéis visto que hay muchas películas modernas que, aparte de salvarse, pueden ir entrando en el panteón de las obras maestras. Lo que vengo a decir es que el conformismo, el comer de lo que nos hechan, simplemente porque no nos apetece pensar, es lo que nos convierte a cada paso en ovejitas. Animalitos de rebaño a los que llevan de la mano como si fueran idiotas. Puede que aplicarlo a algo tan banal como el cine os parezca descabellado, y que el cine no sea más que cine...

Pero pensad en cómo nace el Arte.
El Arte nace para narrar a la gente iletrada aquello que no pueden aprender por sí mismos debido a que no saben leer. Así surge el teatro, al principio para adoctrinar a la gente sobre la Biblia (en las obras morales medievales), pero no sólo para eso: sirvió también para narrar historias sobre la ambición, los celos, las dudas y otras cuestiones humanas que llevan junto a nosotros desde la Noche de los Tiempos. El Arte no es sólo entretenimiento. Nos dice: "Pensad por vosotros mismos". Es contar la verdad por medio de mentiras. De ahí que el teatro evolucionase, primero hacia la novela escrita, que sirvió entre otras cosas para denunciar una sociedad moralmente corrupta (Dickens), y algo después, en el cine, donde se convirtió en verdadera magia visual. Donde el espectador podía ver con sus propios ojos cómo Moisés abría el Mar Rojo con su vara, cómo Norman Bates hablaba con su madre o cómo los hombres perdían cada vez más su humanidad en Metrópolis.


Si es que no hace falta nada más que un poquito de ganas de hacer las coas medio bien. Mirad a Anthony Perkins en Psicosis. Sin presupuestos desorbitados. Sin efectos digitales. Sin complicadísimas tramas que no llevan a ninguna parte. Sin giros argumentales sacados de la manga. Incluso sin tener que abrir la boca, como en la foto, el cabrito ya acojonaba sólo mirando a la cámara.

Ahora podréis justificarme el cine de tiros, palomitas y castañazos uno detrás de otro si queréis. Podeis decir que mi concepto del Arte está obsoleto, que el entretenimiento sólo es entretenimiento y que no hace falta nada más. Que el cerebro se lo deja uno en casa cuando se mete a ver una película y que lo único que importa para que una peli esté bien son los efectos especiales.
Ante esto yo os diré esto:
A mí me gusta entretenerme, pero no que me tomen por idiota, del mismo modo que si pedimos un bocadillo de jamón en un bar y nos ponen sólo el pan lo normal es preguntarle al camarero qué coño pasa, que dónde está el contenido de nuestro bocadillo. Que para lo caro que está el cine, lo mínimo que cabe esperar es ver una película, ya no genial (porque los genios nunca han abundado, ojalá), sino decente, donde no tengamos la impresión de que nos están tomando el pelo y, para que estemos contentitos, nos metan tías buenas y explosiones sin sentido.
Porque, por esa regla de tres, el cine porno es una maravilla por definición (básicamente entretiene y poco más) y el cine documental es una putísima mierda sin excepciones.
Igual es que pienso demasiado.

Pero igual es que me gusta pensar. O ver las cosas en conjunto, aun no lo he decidido.

2 comentarios:

Gissel Escudero dijo...

Pobre y sufrido Javi que no ha aprendido a dejar de pensar cuando va al cine. (Gissel da palmaditas en cabeza de Javi y promete recomendarle alguna película buena, si llega a toparse con una.)

Rumbo a la Distopía dijo...

Jajajajaaj, pues mira, la otra noche vi Moon y me gustó. Una peli de ciencia ficción sin efectazos especiales, centrada en la historia y contando con menos de seis actores en todo el reparto. Un soplo de aire fresco...