Llegas a los treinta y tres.
Edad simbólica, dicen.
Esa edad que, si has nacido en una cultura occidental, se identifica con la que tenía cierto señor que, según la leyenda, fue fustigado, apedreado, apaleado, escupido y crucificado hasta la muerte.
Si además te has criado un poco en un contexto en que te enseñan el ejemplo del amigo de Nazaret, tiende a ser inevitable que le des vueltas a la cabeza. Lógicamente, no voy a entrar en compararme a mí mismo (de lo que rápidamente me acusarían ciertos personajes de cierta página web al leer este post) con la figura de Jesucristo. No he llegado aún a ese complejo de Mesías que caracteriza a los aspirantes a conquistadores mundiales, a los tiranos y a más de un presidente de comunidad de vecinos. Nada más lejos de mi intención.
Me refería más bien a lo que es el ejemplo de una figura histórica o cultural; antes de que los ateos radicales y aquellos que tenéis fobia a todo sentimiento religioso empecéis a echar espuma por la boca, no voy a entrar en el factor divinidad. Para mí la figura de Jesus de Nazaret ha contado mucho más como figura filosófica que como Hijo de Dios. De hecho, creo que si no hubiese tenido esa historia de "Mira Quién es su Padre" detrás incluso me habría resultado todavía más interesante. Porque resultaría que uno de nosotros, un simple humano, nacido de padre y madre (y sin palomas esotéricas por medio) podría ser capaz de mucho bien. De pensar que, joder, ya está bien de tocarnos los cojones los unos a los otros y dejar de hacer el gilipollas, para variar. Conceptos religiosos aparte, a mí esa idea me parece de puta madre (otra cosa, claro está, es la tajada que los listos de sus seguidores quisieran sacar de ella y el negocio que montasen a su costa).
Volvamos a lo poco que sabemos de ese Jesús humano.
De su vida personal se sabe más bien poco; la leyenda dice que vivió en la zona de Galilea, que se crió como el hijo de un carpintero y que probablemente él mismo siguió esa profesión hasta que empezó a predicar. Según esa leyenda y algunos datos históricos, se sabe que lo que predicaba tenía un cierto carácter revolucionario. Que desafiaba al pensamiento regente, de un modo (que sepamos) pacífico y predicando precisamente el buen rollito entre las personas.
Hablamos de un tipo que parecía no tener ningún problema en predicar (o sanar) en Sábado, pese a que los judíos, su cultura natal, lo prohibían expresamente. Quizás porque para él importaban más los actos que los cánones establecidos. Especialmente cuando esos cánones son básicamente absurdos y están más basados en la tradición que en algo lógico.
Era un tío que llegó con la idea (o La Palabra, si sois muy creyentes) de que ya estaba bien de vivir temerosos de un Dios racista de venganza y odio. Que el Amor era lo que debía mover el mundo.
Era un tío que te decía que las posesiones no servían de nada en un mundo espiritual, aunque también decía que pobres habría siempre; lejos de ser antinómico, a mí me gusta traducirlo como "a la mierda lo de 'Tanto tienes, tanto vales'". Que una cosa es que seas rico o pobre, y otra permitir que midan tu dignidad o tu moral en base a eso (de hecho, Jesús tuvo amigos ricos, como José de Arimatea, que fue quien supuestamente pagó su entierro).
Puede que no seáis religiosos, lo que me parece bien. Cada uno con sus creencias y con lo que quiera pensar acerca de la divinidad, la vida ultraterrena o el tamaño del fistro de Nacho Vidal. Pero creo que estaréis de acuerdo conmigo, desde el punto de vista filosófico o social, en que estas ideas arriba expuestas están de puta madre.
Jesús de Nazaret fue el primer puto hippy.
El Jesucristo Colega. No tan desencaminado del mensaje original, si lo pensamos...
Pero no todo fue guai en su vida. Ni siquiera en la de alguien que ha sido divinizado por la tradición. Pese a que el amigo Jesús se convirtió en leyenda, no se llevó pocos disgustos: sus mejores amigos fueron de esos que, no solo yo, sino TODOS hemos conocido. De esos que te llegan diciendo que te van a seguir a cualquier parte, que jamás te abandonarán. De esos que te alaban, que te dicen que les encantas, de los que te prometen el oro y el moro... y en cuestión de un año, o puede que menos, te abandonan en el peor de los momentos. En el momento en que las cosas se ponen difíciles, te niegan tres veces, te venden por treinta monedas de plata o se esconden en unas catacumbas para salvar el pellejo mientras a ti te dan de hostias.
Este amigo, pobre hombre, tuvo que ver cómo lo que predicaba se convertía en mierda cuando uno de sus propios discípulos, en el momento en que le echaron el guante, le rebanó la oreja a la autoridad. Predica la paz y el buen rollo para ver como un subnormal que se supone que te sigue se mea en ella ejerciendo el uso de la violencia más salvaje. Eso sería para decir "Macho, ¿y para esto os digo que perdonéis a vuestros enemigos? ¿Para eso me he pateado todo este puñetero territorio? ¿Para que a las primeras de cambio mis propios seguidores se conviertan en la gente a la que yo mismo critico?"
Lejos de compararme con Cristo (una vez más, sí, me repito, lo sé, ¿qué pasa? Que luego siempre hay alguno que no termina de entender las intenciones de lo que digo), tengo que decir que para mí que todos hemos pasado por esto.
Y si no todos, los suficientes como para decir "esto no es un hecho aislado".
Todos los que hemos intentado rebelarnos con las formas de pensar impuestas, con eso de aceptar dogmas establecidos y lo hemos dicho abiertamente, nos hemos llevado hostias dialécticas. A muchos la misma gente que hace algún tiempo nos adoraba y nos comía el rabo (literal o metafóricamente) pasa a sumarse a la masa que te ataca, te desprecia y te pone la zancadilla cuando estás cargando tu propia cruz. Cuando tú mismo estás subiendo a tu Calvario personal, aquellos que te daban palmaditas en la espalda son de esos hijos de puta que te la apuñalan. Y una vez en la cruz, sólo quedan unos pocos que realmente te apoyan o se compadecen de tu suerte.
Y si no todos, los suficientes como para decir "esto no es un hecho aislado".
Todos los que hemos intentado rebelarnos con las formas de pensar impuestas, con eso de aceptar dogmas establecidos y lo hemos dicho abiertamente, nos hemos llevado hostias dialécticas. A muchos la misma gente que hace algún tiempo nos adoraba y nos comía el rabo (literal o metafóricamente) pasa a sumarse a la masa que te ataca, te desprecia y te pone la zancadilla cuando estás cargando tu propia cruz. Cuando tú mismo estás subiendo a tu Calvario personal, aquellos que te daban palmaditas en la espalda son de esos hijos de puta que te la apuñalan. Y una vez en la cruz, sólo quedan unos pocos que realmente te apoyan o se compadecen de tu suerte.
Todo porque igual has dicho algo que ellos mismos piensan, pero que no han tenido los cojones de expresar abiertamente.
O porque has dicho algo que no mola. Que les rompe los esquemas. Que desafía a ese Pensamiento Único contra el que llevo luchando casi toda mi puta vida.
En ese momento es cuando te conviertes en un ser decepcionante, que no está a la altura de las expectativas creadas. De ahí pasas a ser ignorado, a no importar una puta mierda. A la invisibilidad.
Mundo bipolar.
En ese momento es cuando te conviertes en un ser decepcionante, que no está a la altura de las expectativas creadas. De ahí pasas a ser ignorado, a no importar una puta mierda. A la invisibilidad.
Mundo bipolar.
Bueno, creo que "Luchar contra el mundo" no es exactamente esto...
Y es que esto de ir contra corriente no es una cosa nueva, amigos Distópicos. Son más de quince años negándome a ser uno más, no porque así sintiese que molase (jamás molas siendo un bicho raro, os lo aseguro), sino porque no me sentía como uno más. Porque cuando tanta gente iba en una dirección, yo siempre me preguntaba "por qué". Y como nadie me respondía, ya tenía un motivo de sobra para explorar otros territorios.
Son más de quince años luchando contra propios y extraños, recibiendo no pocas puñaladas entre las costillas de gente que aseguraba, juraba y perjuraba que siempre estaría de mi lado. Que jamás me vendería o me traicionaría. Que jamás me dejaría en la estacada. Quince años en los que he visto cómo esa mentira se repite una y otra vez; de diferentes labios, con diferentes palabras... pero al final, las palabras se las lleva el viento y lo que permanecen son las acciones.
Yo, por mi parte, ni he sido nunca ningún santo ni estoy libre de pecado. Preguntad por ahí, y más de uno os lo puede corroborar. Yo me he visto obligado a ejercer el papel de Judas en más de una ocasión. Nunca por gusto ni disfrutando, eso sí... pero eso no me exime. Muchos también se han sentido traicionados por mí: porque no les he defendido ciegamente, porque les he retirado mi apoyo, o sencillamente porque he pasado de ellos como de la mismísima mierda cuando me necesitaban. Quizás porque, como he mencionado alguna vez, mi concepto de la lealtad no es para con la persona. Yo no creo en la defensa a ultranza de alguien haga lo que haga, porque me parecería parcial y maniqueo. Incluso falso, ya que partiendo de esta base podría encontrarme defendiendo a alguien que hace exactamente lo mismo que otra persona que no es amiga mía. ¿Debería, por tanto, defender a uno y atacar al otro, por razones de lealtad? Y de hacerlo, ¿estaría siendo justo?
Más bien puede decirse que mi lealtad es para con sus ideales: soy leal a mis ideales y a los de los demás, siempre y cuando coincidan con los míos; pero, si esa persona se mea en sus propios valores, o bien resulta haber estado predicando unos valores que no tiene, yo siento que ya no tengo nada que me vincule con esa persona.
¿A qué me ha llevado eso? Pues a que mi lealtad o mi fiabilidad a menudo se han puesto en entredicho. A dejar de ser lo más molón a convertirme en alguien que levanta ciertas suspicacias porque no doy la razón como a los tontos... o no la doy a la ligera, o simplemente no la doy porque no creo que la tenga; porque no sigo la teoría de la "víctima". Es el caso de un gilipollas al que conocí en mi época del instituto, que tenía cierta tendencia a insinuar que las tías que le rechazaban eran de las de calentarle para luego largarse; hasta que una de ellas resultó ser amiga mía. Hasta le dolió al muy subnormal que no le diese la razón a él, como el resto de nuestros amigos comunes.
"¿Perdona? ¿Que te dé la razón en QUÉ?"
Pero no importa, amigos Distópicos.
No importa lo cansado que estés de estas cosas. No importa lo terriblemente cansado que estés de que la gente que tienes a tu alrededor pase de ti como de la mierda por no ponerle buena cara cuando te cuentan verdaderas barbaridades. Y creedme, he conocido a unos cuantos que me han contado cosas que me han dejado flipando. Te pongas como te pongas, en el momento en que dices lo que piensas, tarde o temprano dejas de molar. De ser guai.
Igual porque no tienes esa dispensa moral que tienen muchos Nacidos Con Estrella. Esos seres que brillan con luz propia, y al que todo Cristo les justifica lo que hagan. La clase de pavos que podrían tirarle los tejos a una chica a la que intentas conocer mejor, sin importarles que estés tú delante. Esos tíos siempre cuentan con gente que les defenderá a capa y espada y con la que harán camarilla para hacerte el vacío.
Prueba a ser tú el que cuenta esas barbaridades a las que hago referencia arriba y ya me dirás si tus amigos te censuran/alaban exactamente del mismo modo que a cualquier otro.
Prueba a ser tú el que cuenta esas barbaridades a las que hago referencia arriba y ya me dirás si tus amigos te censuran/alaban exactamente del mismo modo que a cualquier otro.
Da igual que estés cansado de eso, porque nuestra voluntad aquí importa una puta mierda. Esta guerra, pienso a veces, es eterna. Una lucha sin cuartel ni tregua, donde el enemigo, ese Caos reptante, te asedia por todas partes.
En ese aspecto, somos como Troya.
Somos los espartanos en las Termópilas.
Somos Verdún en la Primera Guerra Mundial.
Que caigamos es cuestión de tiempo. Que el Caos, que el desorden vuelva a adueñarse de nuestras vidas, poniendo todo nuestro entorno del revés no siempre depende de nosotros. No totalmente, al menos. Hoy tenemos unos amigos, y una gente que nos quiere y al año siguiente la gente es totalmente diferente. Algunos de los que ya no están a tu alrededor no lo están por cuestión de distancia, trabajo o familia. Lo están porque te ignoran totalmente, bien porque no les bailes el agua o bien porque tengan con quien acostarse y tú dejes de formar parte de los primeros siete mil doscientos primeros puntos de su lista de prioridades en la vida.
Admitámoslo, todos hemos conocido a ese o a esa que, en el momento en que tiene donde meter la churra/quien les rellene el agujerito pasan de ser nuestros amigos amiguísimos de toda la vida o nuestras amigas (de cualquier grado) a gente totalmente ajena a nuestras vidas.
Alzheimer selectivo a base de intercambio de fluidos.
O bien son de los que te odian. Te desprecian. Quieren verte destruido, o, en el mejor de los casos, si estás hecho una puta mierda no es que les dé igual: es que les parece cojonudo. Es que los muy desgraciados aprovechan esos momentos en que no te encuentras el culo ni con un mapa para ponerte el pie en la nuca y seguir machacando. Seguir hundiéndote.
Admitámoslo, todos hemos conocido a ese o a esa que, en el momento en que tiene donde meter la churra/quien les rellene el agujerito pasan de ser nuestros amigos amiguísimos de toda la vida o nuestras amigas (de cualquier grado) a gente totalmente ajena a nuestras vidas.
Alzheimer selectivo a base de intercambio de fluidos.
O bien son de los que te odian. Te desprecian. Quieren verte destruido, o, en el mejor de los casos, si estás hecho una puta mierda no es que les dé igual: es que les parece cojonudo. Es que los muy desgraciados aprovechan esos momentos en que no te encuentras el culo ni con un mapa para ponerte el pie en la nuca y seguir machacando. Seguir hundiéndote.
Y ante eso tienes dos opciones: rendirte o pelear por sobrevivir.
Yo, en momentos así de jodidos, tuve muy clara mi elección.
Yo, en momentos así de jodidos, tuve muy clara mi elección.
No es que nos guste luchar, no nos confundamos.
A nadie le gusta tener que ser la aldea gala que desafía a los romanos, como sucedía en Astérix. Pero cuando te das cuenta de que el mundo, por lo general, no soporta a las minorías, resulta que no hay más cojones. Niégate a participar en cualquier lucha abierta, o bien niégate a que te envenenen. Puedes intentar pasar de todo y recluirte en una cueva, pero siempre vendrá alguien a buscarte para que participes en una Ilíada; no importa que te hagas el loco y te pongas a arar un campo sin arado, porque siempre se las apañará alguien para presionarte y lanzarte al campo de batalla.
No nos gusta luchar, pero tenemos que hacerlo. No es algo que elijamos. No es un puto hobby.
Llamadlo supervivencia.
Llamadlo supervivencia.
Porque el Caos está ahí. Las cosas cambian, pero no nosotros. Y esa, quizás, es la desgracia más grande que tiene el ser humano. Que tiene que soportar los cambios que se producen a su alrededor.
El Caos no son sólo riñas personales, no nos quedemos en lo superficial. No es simplemente la puñalada trapera o el fulano que no para de meterle a la chavala a la que intentabas conocer hasta acabar metiéndole el pito, por encima de tu amistad con él.
El Caos es desorden. Poner las cosas del revés. Cuando aquello en lo que crees (familia, amigos, carrera, etcétera) se pone patas arriba, luego patas abajo y da tres vueltas de campana. Es levantarte un buen día y no tener ni puta idea de qué coño ha pasado con tu vida y con el Universo personal que te rodeaba. Cuando ves que, no es que las cosas cambien... es que da la impresión de que se han ido todas a la mierda, una detrás de otra.
Cuando empiezas a pensar que no hay nada lo bastante estable, lo bastante sólido, en lo que depositar tu fe.
Algo así como una puta colchoneta, para qué nos vamos a engañar.
Por eso quizás lo único que queda, una vez visto que no existe nada a lo que agarrarse en esta borrasca que parece durar casi toda una vida, es en aquello en lo que crees. Puede que no sea gran cosa; de hecho, las creencias de uno generalmente sólo tienen cabida y validez en el reino interno de uno. Más allá de esas fronteras es internarse en países desconocidos y tierras pantanosas... pero es lo que tenemos. Eso o entrar en el talibanismo, en imponer nuestro criterio sobre otros. En decirle a la gente exactamente qué es lo que tiene que pensar. En persuadirles de que su modo de vida era una puta mierda hasta que llegamos nosotros y les iluminamos. En hacer que otros agachen la cabeza y pasen al vasallaje puro y duro.
Hay quien lo ha intentado conmigo.
Al final, todos se han dado cuenta de que han estado perdiendo el tiempo. Si ya me aburren los mensajes de las teleoperadoras para que me cambie a sus compañías de teléfono, imaginad cuando me dicen lo que tengo que pensar de la vida, el universo y todo lo demás.
"Me abuuuuuuuuuuuurrrooooo..."
Yo no soy de creer que nuestras creencias (sean cuales sean) no nos convierten en mejores personas que a los demás. No hacen que seamos más guapos, más listos o que nuestra picha sea más grande. Creemos lo que queremos, y son nuestros actos los que ponen en evidencia lo que somos, nada más. El chovinismo ideológico no casa conmigo.
Sin embargo y pese a todo esto, me gusta pensar que es mejor morir según tus creencias que vivir según las de otros. No por sentirte superior, no porque moles más.
Joder, básicamente porque es lo único que tenemos: nacemos solos, morimos solos. La familia está ahí, pero no eternamente. Los amigos, bueno... te los encuentras por la vida y, como ya he expresado, a menudo desaparecen. Nuestras posesiones son algo temporal.
No somos nuestro equipo de fútbol.
No somos la música que escuchamos, ni el movimiento al que pertenecemos.
Somos, o deberíamos ser algo que va mucho más allá. Y ese algo está dentro de nuestras cabezas.
O debería estarlo, siempre y cuando decidamos cuánto queremos seguir, y cuanto queremos ser.
Quizás eso es lo que el amiguete Jess pensó en su momento. Quizás, con su mejor intención, creyó que el mundo podría ir a mejor si todo el mundo tuviese ese concepto de hermandad. Esa idea de no intentar imponernos los unos sobre los otros. De no jodernos.
A veces creo que es mejor que palmase, porque si viera la que se lió en su nombre, probablemente se habría arrepentido de haber abierto la boca y habría preferido dedicarse a lijar mesas el resto de su vida.
Y esta, amigos Distópicos, es la clase de reflexiones a las que se dedica uno cuando llega a los treinta y tres y hace balance de la cantidad de cosas por las que ha pasado.





3 comentarios:
Te veo optimista xDDD Es cierto que a los 33 te planteas un poco como ha sido tu vida, es un año de inflexión yo diría que más que el cambio de década, aunque en mi caso iba más por "Joer, a los 33 Alejandro Magno ya había conquistado el mundo" lo que era un poco deprimente.
Con la gente que te encuentras están los que intentan imponerte sus creencias y los que las tienen pero no lo hacen, pero tampoco me aparto de los que lo hacen, es decir, yo sé que van a aprovechar cualquier oportunidad para adoctrinar, cuando lo hacen los corto y hasta el momento no he tenido problemas. Con los teleoperadores sí que me pongo borde, ni te imaginas la que le lié ayer a una de jazztel...
Joder, tío, cómo te complicas. Para tu cumpleaños 34 te organizaré una fiesta como la que yo me hice. Con mi dragón, algunos zombis y fantasmas, un duende irlandés y mucho alcohol. :-) Besotes.
Jjajajjajajajaja lo de que Alejandro Magno había conquistado el mundo a esa edad no me lo había planteado, principalmente porque desconocía el dato... pero sí, también me hace pensar. Mucha gente ha conseguido algo grande antes de los 33 y aquí uno no echa ni huevos para terminar de reescribir la segunda novela de los huevos (qué coño, ni para empezarla)!
De todos modos, no me siento tan pesimista como suena. Es más bien escepticismo, ya que si el principio de la ciencia es precisamente extrapolar lo que (parece que) es cierto por medio de la repetición constante de un hecho, en mi caso ese hecho es el que ha sido constante. No digo que no vaya a cambiar (eso sí sería pesimismo); tan sólo que es lo que ha venido sucediendo...
Publicar un comentario