miércoles, 23 de mayo de 2012

Spanish Bizarro- Expedición a la oficina de Registro de la Propiedad Intelectual



Cosas de las prisas. Resulta que un buen día, a uno se le ocurre enviar a una editorial el manuscrito de la novela más descabellada que ha escrito hasta la fecha (no daré más detalles al respecto de esta, por el momento) pensando que le van a mandar a hacer puñetas. Por si no resultase sorprendente el resultado contrario, resulta que además me piden que les envíe el material CUANTO ANTES.

Existe una máxima entre escritores, escritorzuelos y cagamandurrias de aquí al Lejano Oriente, consistente en no enviar JAMÁS un manuscrito no registrado. Tampoco es que vayamos de paranoicos por la vida, pero nunca se sabe hasta que rincones ocultos y siniestros del Multiverso pueden acabar llegando nuestras obras; y también es evidente que en nuestra sociedad prima la gañanería y el traperío. Por tanto, nunca está de más registrar SIEMPRE tu obra cada vez que vayas, ya no a enviarla a una editorial, sino a sacarla de casa. Di tú que te dejas el manuscrito en el bus y algún hijoputa se adueña de él. Pues para eso están estas cosas.

Para aquellos que no conozcáis de qué va el asunto, el procedimiento de registro en la Oficina de la Propiedad Intelectual es bastante sencillo. Relato aquí los pasos, en forma resumida, para que los Distópicos que acabéis de sintonizar este blog o que acabéis de poner los pinreles en este mundo sepáis como se hace:

Paso 1: Necesitas una Oficina. Sin una, el proceso de registro no tiene la misma gracia. Están los Creative Commons, pero qué queréis que os diga; llamadme rancio o arcaico, pero donde estén los procesos administrativos del Estado/Comunidad Autónoma/cualquier organismo (in)competente, que se quiten las tonterías...

Paso 2: Una vez tenemos localizada la Oficina, tenemos que pasarnos por allí en persona (o autorizando a algún esbirro en su defecto) con nuestra copia impresa, encuadernada, paginada y firmada tanto en su primera como su última página.

Paso 3: Fotocopia del DNI (en la misma Oficina, si tienen el día enrollado o si han visto tu mejor foto de perfil en Facebook te la pueden hacer)

Paso 4: Se rellena un impreso

Paso 5: Se paga una tasa (¡Fundamental!) que asciende a poco más de 12 pavos.

Listo, ya tiene usted su obra registrada.


Fuck yeah!


Pues nada, allí que estaba yo esta mañana: para evitar cualquier posible historia o accidente, el plan era salir de casa antes de las nueve para pillar la Oficina de registro recién abierta. Como ya había tenido previamente algún problemilla con el tipo de la papelería de mi barrio (no os confundáis, es un tipo fenomenal, pero su ordenador siempre anda con algún virus que se acaba contagiando a mi USB portátil), decidí imprimir y encuadernar las trescientas y pico páginas en el centro, a escasos cien metros de la Oficina.

Llegas a la copistería, situada en plena Alameda Principal, en un edificio señorial de estos, tela de bonito. Hay hasta un patio de entrada que conecta con una tienda de pastelitos vintage de esos que están tan de moda y que tienen pinta de ser un clavo de cojones (cupcakes, que los llaman). Una vez en el interior del establecimiento (la copistería, no tenía ganas de que me sablearan la cartera a esas horas), descubres que no hay NADIE tras el mostrador.
Yuju, bizarrismo a las nueve de la mañana, piensas.

Echas un vistazo a tu alrededor y descubres que el fulano encargado del garito no está tras el mostrador, pero anda por ahí. Una tienda en la que, generalmente, hay casi media docena de personas currando (no bromeo, he estado allí cada vez que he ido a registrar un manuscrito), se encuentra con un sólo señor, con más cara de estar capeando la adversidad que Gary Cooper en Solo ante el peligro.
El tipo en cuestión se encontraba explicando a una señora de mediana edad, cara de despistada y acento de la Europa del Este, cómo se manejaba un cacharro que tenían ahí para visualizar e imprimir fotos. La señora, que bien podría haber sido extraída directamente del s.XIX, o bien tener una mentalidad tan afín a las máquinas como la mía, se las estaba viendo y deseando para entender el trasto. En ocasiones como esa, lamento que la cámara de mi móvil no sea del todo buena, porque verla enfrentándose al terrible ratón del aparato estaba alcanzando tintes épicos.

Cosa de casi diez minutos después, me atiende Gary. Me pregunta que qué deseo, le enseño el USB y le digo que es para imprimir. El tío coge la memoria portátil y la coloca en uno de los chorrocientos ordenadores que tienen (mientras me aburría esperando, llegué a contar unos seis monitores, sólo en el mostrador en el que estaba yo). El tío se plantifica delante de uno de los equipos, y se pone a cerrar ventanas de error que había en el escritorio.
Me digo que no tiene por qué ser nada malo, pese al hecho de que algunos de los mensajes dicen que no se encuentra una .dll.

Que no cunda el pánico.


Más de un minuto después, compruebo que el colega está teniendo unos problemones de órdago para elegir la impresora que va a utilizar. Lo único que ha podido conseguir, de momento, es saber el número de páginas que ocupa mi manuscrito.

-Trescientas sesenta y siete-dice; pronuncia el número como una letanía. Yo me pregunto qué pasaría si hubiesen sido seiscientas sesenta y seis.

Una vez pronunciado El Número, se levanta y me dice que tiene que "Hablar con Personal" para preguntar por el precio. Coge el teléfono y llama a una Entidad Desconocida que debe hallarse, bien fuera del edificio, bien en otra planta, bien en algún Plano Paralelo.
Y esto para preguntar por el precio de una puta copia.
Personal (a quien me imagino como una especie de criatura como un Cenobita de Hellraiser o algo así) informa del precio y el tío me lo comunica. A mí me parece todo lo bien que me puede parecer gastarme la mitad de la paga de una tarde de curro en darle al botón de una impresora.

Después de mi conformidad, el tío se pone manos a la obra.
O lo intenta.
Parece ser que no termina de aclararse con el ordenador y empieza a darle vueltas al programa. Hay que joderse, yo pensando que sólo había que darle al botón donde pone Imprimir y resulta que hay que hacer más cosas. Lo mismo Personal le está vigilando y amenaza desde El Otro Lado con despellejarlo a ganchazos limpios si no cumple el Protocolo.

- Voy a cambiar de ordenador- me dice. La segunda técnica más empleada del mundo cuando un ordenador se te pone chulo, después de reiniciar. Imagino que como tenían montones de equipos conectados, no querría perder tiempo arrancando aquel en el que estaba.

Estaba de espaldas a mí, pero imagino que su cara, si no era como esta, debía ser algo parecido.
También podía estar fingiendo para mantener una sensación de orden ante el caos informático más absoluto.


Entretanto, la señora del Este sigue peleándose con el aparato de las fotos.
El resto de pantallas también tienen sus curiosas ventanitas que informan de la carencia de algún archivo de biblioteca virtual. Valientemente, el copistero las cierra, ignorándolas como si fueran mosquitos.
Han pasado casi quince minutos desde que plantifiqué el pie en la tienda y todavía no le ha dado al puñetero botón de Imprimir.
Por fin, después de un par de murmuraciones que bien podrían ser invocaciones a Cthulhu por lo bajinis, parece ser que el equipo se pone en marcha. Me voy para el mostrador donde se encuentra la impresora que está utilizando y empleo los casi diez minutos en ver cómo los folios impresos van saliendo de la máquina a un ritmo que me suena a tema de los Nine Inch Nails, o bien de los Tool. Algún grupo de esos.

La mujer del Este ahora mismo se encuentra levantando el ratón en el aire y usando su mano como alfombrilla; al parecer, no confía en la solidez y la horizontalidad del mostrador. El copistero se acerca a ella, ganándose mi admiración. Ha estado peleando con valentía en varios frentes a la vez: mientras estaba intentando entender cómo funcionaba la lista de impresoras a elegir, se ha levantado al menos dos veces para atender a la señora, que parece estar a punto de descubrir el Misterio de la Santísima Trinidad en los botones de la pantalla táctil del cacharro.

- Ochenta fotos van, por el momento- le dice el tipo. La señora sonríe y yo tengo mis dudas de que se haya enterado bien de lo que le ha dicho.
Cachúm-Cata-Chum, hace la impresora a mi lado.

Alrededor de diez minutos después, el copistero se materializa ante mis narices y me dice una frase, que no sé si espera mi opinión o mi aprobación:

- Esto debería haber terminado ya, ¿no?
- Supongo- respondo. La verdad es que no estoy al corriente de la velocidad de esos trastos. De hecho, ni siquiera estoy al corriente de la velocidad la impresora de mi casa.
- ¿No habrá hecho dos copias?

Y yo mirándole con esta cara.


Llegados a este punto empiezo a plantearme buscar la grapadora que tenga más a mano. Como pretenda cobrarme el doble por una impresión que ya sale por una pasta, se la carga.
Los Hados me escuchan (o igual sienten compasión por el copistero) y unos segundos después, la impresora cesa su cacharreo. Echo un vistazo al manuscrito mientras el hombre intenta resolver el desaguisado con la mujer, que creo que ha conseguido contactar con su familia desde el visualizador de fotos. Me descojono con las más de trescientas páginas que he vomitado a lo largo de los últimos cuatro meses. Cuando el tío vuelve, le pido que me encuaderne el mamotreto. Hago una fotocopia de mi DNI, pago y me largo, pensando qué clase de copistería cuenta con gente que tiene menos idea de ordenadores que yo (lo cual es muchísimo decir).
Sigo preguntándome por el aspecto de Personal.

Avanzo unos metros y me meto en la Oficina de Registro de la Propiedad Intelectual.
Para los que no conozcáis la de mi ciudad, os diré que se encuentra en un callejón en pleno centro. Hasta aquí, nada especial; lo más inusual es el hecho de que se encuentra en una tercera planta y que, en la planta baja del edificio hay una fonda.
En la puerta pone "Pensión".
Para mí es una fonda.

Por fuera el edificio no resulta ni la mitad de siniestro de lo que es por dentro.
Creedme.


Entras en el vestíbulo, agradeciendo que hayan quitado de una vez los andamios que hacían que el cartel de la Junta de Andalucía fuese invisible. Pese a ello, todavía ves algunos escombros y manchas de pintura en el portal. Al fondo, la fonda. La distingues por la puerta de madera, cortada por la mitad, de modo que aunque esté cerrada, ves el interior.
Al más puro estilo años cincuenta.
Conforme te acercas, puedes ver que la fonda es una casa antigua, del tipo que puedes ver en algunas pelis de Almodóvar: con muebles antiguos, fotos antiguas y una señora antigua que ejerce como bonito elemento decorativo. De todas las veces que he ido, he podido ver que la señora jamás se mueve de su puesto en un sofá orejudo; es más, no se mueve, a secas. Hoy, sin embargo, me ha parecido advertir que la buena mujer ha levantado un poco la cabeza cuando he entrado.
También puede haberse debido a un efecto de la luz.
Es posible incluso que se haya movido un poco a causa de alguna ventosidad o estertor.

No me he fiado nunca de los ascensores. Menos de aquellos que parecen un portón metálico que sobresale de entre una pared llena de desconchones, y de la que brotan algunos tubos-tráquea de aspecto cochambroso. Si hay que palmar, por favor, que sea en campo abierto, armado y con tus enemigos a la vista, si es posible.
Las escaleras, pues.
¿Cómo definir las escaleras del edificio de la Oficina? Sencillo: la construcción es bastante señorial, y puedes ver hermosas vidrieras de colores en los rellanos. Los suelos son de mármol. Y los pasamanos, de madera.
Hasta aquí, la parte bonita.
Si a esto añadimos el hecho de que los desconchones abundan más que las ladillas en un burdel, que los pasamanos están gastados, que las vidrieras están rotas y que a través de ellas ves un patio a pique de derribarse, o que las puertas que te encuentras a tu paso están ajadas, astilladas y probablemente conduzcan a algún submundo lleno de oscuridad y tinieblas, tienes el decorado perfecto para una peli de terror. Y de las que acojonan.
Almodovar se encuentra con Balagueró.


Siniestro, pero siniestro de verdad.

La puerta del penúltimo piso es el final del viaje; más arriba, el decorado se vuelve aún más siniestro: desde el rellano, puedes ver una puerta hecha pedazos salpicada de pintura. Podrías subir a echar un vistazo, pero no quieres hacerlo. No sabes por qué, simplemente tu instinto te dice que mejor te ciñas a lo que has venido a hacer.
El interior de la oficina es el de un antiguo apartamento del edificio. En el rellano de entrada hay algunas mesas, en las que se encuentran los impresos que tienes que rellenar. Aparentemente, algo medianamente normal, a menos que mires hacia la mesa que hay al fondo del vestíbulo: justo por encima de ésta, en la pared, se encuentra un cajetín en el que se supone que está el cuadro eléctrico. Alguien, en un arranque de siniestra devoción, lo ha adornado colocando estampas de santos. Encima de éste, además, hay una planta, semejante a una enredadera, junto a una pequeña botella.
La etiqueta reza que se trata de alguna especie de aceite. No me fijo de qué clase, pero parece que se trata de algún tipo de linimento natural aromático. No resulta nada tranquilizador, al lado de las postales con la jeta de San Antonio y sus colegas.
¿Habéis visto REC?
Sólo deciros que, si en un momento dado, me sale la Niña Medeiros de alguna habitación, me lo creo.

"Hola buenas, vengo a registrar mi manuscrito yo también"
Y, aunque no os lo creáis, las escaleras se parecen bastante.


Una vez allí, me instalo en una de las sillas. Con las prisas por imprimir y registrar a toda velocidad, me he olvidado del minúsculo detalle de que las páginas tienen que ir numeradas. Por tanto, ya os podéis imaginar la tarea que me toca.
Exacto.
Tengo que coger un boli y ponerme a escribir el numerito, a mano, de las trescientas sesenta y siete páginas del manuscrito.

Una vez realizada la operación, relleno el impreso. Firmo por duplicado.
Me presento en el interior de la oficina, donde la funcionaria me atiende, seria pero amable.
Me pregunta si he registrado alguna vez antes.

- Claro- respondo.

He estado allí al menos media docena de veces, registrando cuatro novelas; una de ellas, dos veces. También, un pequeño cómic que presenté a un concurso hace eones. Sí, más o menos me suena cómo va el proceso.
La funcionaria me pregunta si he cambiado de teléfono. Respondo que no; no, al menos, después de empezar a registrar mis obras. Ante eso ella me pregunta si mi número termina en una cifra concreta. Le digo que no; al parecer ha habido un error.
He estado allí media docena de veces y nadie lo había notado.


Un Fantasma en la Máquina.
O bien, otra prueba de que la tecnología me odia.


En cuanto la mujer introduce los datos en el ordenador, me pasa las tasas que tengo que pagar en el banco. Amablemente, me despido y bajo hacia la calle principal del centro. Me meto en la sucursal y, para mi sorpresa, descubro que está prácticamente vacía. La primera vez que sucede esto en todas las veces que he ido a pagar la tasa de registro: hasta entonces, había montones de señores en traje haciendo gestiones de vete a saber qué tipo y un sinfín de jubilados que se pasan por allí para echar las horas muertas y ver que, efectivamente, la crisis no se ha llevado su dinero hacia algún paraíso fiscal.
En menos de dos minutos, estoy pagando la tasa. La otra mitad de mi sueldo de ayer se termina de ir por el retrete. Acabo de gastar exactamente la misma cantidad de dinero que gané ayer, y me digo a mí mismo que es conveniente. Una medida de seguridad. No tiene por qué pasar nada, pero mejor ir sobre seguro.

Vuelvo a la oficina, y presento el resguardo con el sello del banco que demuestra que, efectivamente, he pagado. La funcionaria termina de introducir los datos y saca de la impresora los resguardos definitivos, que indican que la novela ha sido registrada.
Dicen que la peor burocracia de Europa se encuentra en Francia; por lo visto, allí los trámites administrativos son infumables.
Yo firmo el impreso por sixtuplicado.

Salgo de la oficina, rumbo a la parada de autobús que me lleve a casa. Son casi las once y todavía me queda prepararme para un examen que tengo mañana. Paso por delante de la copistería y me sigo preguntando si la señora del Este seguirá ahí, peleándose con el visualizador de fotos.

12 comentarios:

Raelana dijo...

¡¡¡Grande, muy grande!!! :D Yo me arriesgué por el ascensor. Subí las escaleras pero a la hora de bajarla... decidí arriesgarme. La verdad es que no sé qué es peor. El ascensor hace unos ruiditos extraños y tiene un cartel que te asegura que, si presionas el botón de alarma, te ponen en contacto automáticamente con alguien... lo que da una gran tranquilidad, por supuesto xDDDD

Rumbo a la Distopía dijo...

Tranquilizador, sin duda; la pregunta es CON QUIÉN te pondrá en contacto y CUÁNDO.

En ocasiones como esta, me alegro de no ser un entusiasta de los ascensores jajajajajaaj

Isi G. dijo...

Tres pisos andando no es tanto... xDDD

Lo que no te pase a ti no le pasa a nadie jajajaja :)

Rumbo a la Distopía dijo...

De hecho, estoy acostumbrado a subir escaleras ;)

De todos modos, cuanto te toque a ti registrar algo, Isi... ya te acordarás de mí :D

Sara dijo...

Pues yo subo siempre por el ascensor, y después de la imagen que has puesto de la escalera, veremos si la próxima vez no envío a alguien a registrar jajaja.

Un saludo!

J.J.Hernández dijo...

Yo he inscrito hasta ahora 3 novelas (de casi 17 que tengo escritas, pero nadie me las puede copiar, a menos que vengan a mi casa y me cojan la carpeta con los folios escritos a máquina). Dos de esas novelas fueron en Andalucía, en uno de esos edificios que parecen no servir para nada y por eso meten a cuatro inútiles para que hagan el trabajo. Pero la tercera novela la registré en tierras catalanas, en Tarragona más concretamente, y además de que era barato (a 5 euros no me llegó)la tasa la pagaba en el mismo registro, un edificio antiguo restaurado acertadamente, todo muy bonito.
Por cierto, si tienes problemas con los virus vía USB me lo dices en un privado y te paso un truco sencillísimo para evitar los virus de esa clase.

Ilógico dijo...

Muy bueno.

Lo curioso es que conozco bastante bien la copistería esa, e incluso he visto en un par de ocasiones a Personal. Por lo visto hay que pedirle siempre los precios de todo a él en persona porque no se fía de nadie.

Rumbo a la Distopía dijo...

Lo que me demuestra, Eloy, que si Personal no se fía de nadie en un trabajo de cara al público, y además él no está de cara al público, dejando que sus lacayos hagan el trabajo (consultándole absolutamente todo), me da que pensar en la capacidad cerebral de ese ser...

Por mi parte, pienso que no trabajan mal, pero tengo que admitir que el trato al público (más de cuarenta minutos, mínimo, para cualquier cosa, aunque la puta tienda esté vacía) deja bastante que desear. De hecho me estoy planteando buscarme otra copistería, porque mi paciencia tiene un límite.

Bueno, lo de los virus no es complicado solucionarlo, J J... yo mismo lo he solucionado alguna vez en casa pasándole el antivirus al USB. Es más la pereza de andar limpiando el cacharro cada vez que voy a imprimir algo...

Sara, alguna vez he comentado que suelo tener libres las mañanas; si alguno necesita que vaya yo a registrar algo por él (por razones de trabajo o enfermedad), sólo tiene que decírmelo. El edificio es siniestro, pero estoy más que acostumbrado a ir!

Raelana dijo...

Te he dado el premio Liebster blog ¿qué que eso? Te copio:


Son una iniciativa destinada a promocionar pequeños blogs, en cuanto al número de visitas se refiere, a través de una cadena de premios simbólicos que los propios bloggers otorgan. Es decir, cada blogger que recibe el premio en reconocimiento a su blog debe, a su vez, otorgar u nombramiento igual a otros cinco blogs de su elección.


Sólo debe cumplir unas simples normas:


1. Copiar y pegar el premio en el blog enlazándolo con el blogger que te lo ha otorgado.


2. Premiar a tus cinco blogs favoritos con la condición de que tengan menos de 200 seguidores y dejarles un comentario en sus entradas para notificarles que han ganado el premio.


3. Confiar en que continúen la cadena premiando a su vez a sus cinco blogs preferidos.

Rumbo a la Distopía dijo...

Jajajaaj gracias, y Rumbo a la Distopía en qué categoría se encuentra? En la de Menos Leído? :P

Raelana dijo...

No hay categorías :s Solo elegí los blogs que me parecieron más interesantes de los que leo.

Marta Glez. dijo...

Menuda odisea!!

Nota mental 1: No ir a las copisterías del centro, por si hay alguna mujer del Este en las máquinas de imprimir fotos.

Nota mental 2. No ir nunca sola al registro por si me aparece la zombie de REC.