Esta historia, tan verídica como la anterior en esta sección, tuvo lugar hará por 2002 o tal vez 2003. Corrían tiempos diferentes, en un mundo algo menos encabronado por la crisis financiera mundial y esas mierdas que parecen haber convertido nuestras vidas en una miseria.
Por aquel entonces, yo todavía no había ingresado en las filas de aquella banda de rock (¿rock?) en la que estuve tocando durante casi cuatro años; sin embargo, mi contacto con el mundo de la música ya venía siendo constante desde hacía bastante tiempo. Prueba de ello era el detalle de que, desde los veinte hasta los veinticuatro formé parte del staff del grupo de mi viejo. Fueron años bastante alegres, cargados de anécdotas y experiencias como para detener un carro.
Una de ellas es la que paso a relatar por aquí.
Antes de que cualquier persona nacida en un entorno no urbano se me cabree y empiece a hablarme de las interminables ventajas de la vida rural por encima de la vida en la ciudad, quiero que quede muy claro que este post no es en caso alguno un ataque a la gente de provincias, sino una descripción acerca del modus vivendi en una localidad en concreto, donde reinaba el bizarrismo y la falta de la hospitalidad que sí recibimos en otros pueblos. En resumidas cuentas, esta historia lo que cuenta es las vivencias en un pueblo en el que, casualmente, había mucho cretino junto.
Vamos allá:
Si el mundo de las letras os parece duro, queridos Distópicos entregados en cuerpo y alma a eso de la escritura, probad con eso de sacar adelante vuestro propio grupo musical: pensad en la pasta que os cuesta el equipo, más el alquiler de un local de ensayo. Imaginad la de horas de discusiones con otros miembros del grupo por eso de venir a ensayar o por miles de asuntos más. Intentad haceros una idea de lo que es mover lo que hacéis en un mundo jodidamente competitivo, donde la empresa discográfica, en cuanto a eso de ignorar al prójimo, hace que el mundo editorial parezca una niñita con trenzas. Pensad, aquellos amigos escritores, que si las relaciones humanas no son vuestro fuerte, siempre podéis no presentar públicamente vuestro libro, o bien podéis pasar el trago de vez en cuando; con un grupo lo suyo es que, una vez tengáis un repertorio medio decente, estéis dando bolos en bares, baretos, tugurios, antros de mala muerte, tascas, barbacoas, alguna que otra boda o incluso verbenas de pueblo.
Centrémonos en esto último.
Cuando curras para la Diputación, como el caso que estoy mencionando aquí, los señores encargados de la parte de festejos y demás aseguran haber oído tu maqueta y, en base al estilo que tocas (desde polka hasta death metal) aseguran mover tus eventos en sitios donde la acogida sea, como mínimo, aceptada. Dicho de otro modo, tienen sus informes de población y demás y no colocan a un DJ de música house en una localidad cuya edad media ronda los cincuenta años.
Eso, la teoría.
En la práctica os digo lo que pienso.
Una mierda.
En una de estas llamadas Rondas de Conciertos, nos tocó desplazarnos a una localidad situada en plena serranía de Ronda. No mencionaré explícitamente su nombre, pero me limitaré a decir que cierto beato nació allí.
Pues nada, allá que fuimos.
Cargamos los bártulos (batería, amplificadores, instrumentos y bocatas) en la furgoneta y nos pusimos a tomar la carretera. Olvidaos de esa imagen pintoresca y romántica en plan road movie del músico en la carretera. En realidad es un puto coñazo; especialmente cuando la carretera tiene más curvas que la anatomía de Power Girl y eso de la vía asfaltada con dos carriles parece convertirse en una puta utopía.
Otra excusa para poner un dibujo de Power Girl.
Debilidades que tiene uno.
Según el mapa, el pueblo debía encontrarse a unos 130 kilómetros de mi ciudad natal. Eso, traducido en carreteras tipo "Camino de cabras de la tercera edad", se traducía en interminables horas de meneos por la montaña. Meneos y más baches que la economía nacional. Eso sí, en contacto con la naturaleza, oiga. Tan en contacto que no veías NADA alrededor que no fueran piedras, árboles, matojos y las montañas alrededor. Que sí, que muy bonito, pero cuando llevabas hora y pico en ese plan estabas ya hasta los cojones de todo.
Y nada, por fin llegamos al lugar.
Lo llamo lugar por llamarlo de alguna manera.
Imaginad una colina. No un monte ni una montaña. Una puta colina.
Ahora imaginad que en la ladera de esa colina a alguien se le ocurre levantar allí cuatro casitas.
Una vez situadas esas cuatro casitas, alguien con mucho aprecio por los lugareños decide llamarla "pueblo". No aldea, ni pedanía, ni agujero perdido de la mano de Dios. Pueblo.
Con dos cojones, y de los gordos.
Así de grandes, por lo menos.
El "pueblo" como tal consistía en UNA calle que bajaba en pendiente (pronunciada de cojones, eso sí) hasta lo que debía ser la plaza central. Si la calle era tan estrecha que hubo que doblar los retrovisores de la furgoneta para poder entrar (y os juro que no exagero, por un momento nos vimos teniendo que bajar los bártulos a pie desde la entrada), la plaza no es que fuera un ejemplo de ostentación en lo que a planificación urbanística se refiere. Para que os hagáis una idea, podía tener el tamaño de un McDonald's de estos de carretera por dentro. De la zona para críos o los aledaños por donde pasa el McAuto, iros olvidando.
Llegamos, vemos el plan y lo primero que pensamos es: "¿De verdad la Diputación ha considerado que la música del grupo encaja con este pueblo?" Un vistazo rápido al personal, sin necesidad de forjarse demasiados prejuicios (cualquiera que tuviésemos se vio confirmado o desmentido a toda velocidad), despejó cualquier duda: unos viejos conocidos de la orquesta comarcal estaban dándole al pasodoble cosa mala mientras los viandantes estaban dándolo todo a ritmo de Paquito Chocolatero, subidos en una especie de construcción hecha de obra que formaba parte de la misma plaza. Por encima de nuestras cabezas, farolillos y banderitas. A nuestra izquierda, la barra.
Es preciso que describa un poco más del lugar, ya que tuvimos ocasión de verlo por fuera cuando nos enseñaron nuestras "dependencias" para pasar la noche allí (esas dependencias eran un cobertizo que se usaba para guardar leña y algunas herramientas y, a juzgar por el plan que nos encontramos nada más llegar, el que usaban algunos miembros selectos del pueblo como picadero). Desde allí, había una visión clara de nuestro objetivo musical.
De hecho, la "visión clara" la podíamos tener incluso a menos distancia.
Según mis cálculos, aquello debía tener unos 200 habitantes (en la Wikipedia descubro que son 278; lo que me sorprende es que aparezca en Internet): apenas cuarenta casas (encaladas al más puro estilo rústico, pero no en plan bonito como Frigiliana. Cuando digo "rústico", digo "RÚSTICO". A lo bestia), una iglesia, algo que parecía ser un colegio, la plaza... y ya está. ¿Habéis visto Bienvenido, Mr. Marshall? Pues como eso, pero décadas después y sin ningún aditivo artificial.
No es que uno sea tan subnormal como para esperarse un Telepizza en cualquier rincón del mundo, pero creo que entre ser un urbanita y adorar un agujero excavado en la ladera de una colina hay un término medio.
Un término medio del tamaño del puto Empire State, si os digo.
Os juro que entre estoy y lo que viví las diferencias eran escasas.
Jodidamente escasas.
Volvamos a ese momento en que pisamos la plaza del pueblo. Nada más bajar de la furgoneta, el cantante del grupo pega un salto sobre el adoquinado local (literalmente, adoquinado. Estos tíos parece que el asfalto, el hormigón y el cemento todavía no habían pillado lo que era). Justo en ese momento, es interceptado por un ser (me niego a llamarlo humano) que se llamaba a sí mismo Lloni. Este criaturo se fue para nuestro colega y lo primero que le soltó fue algo así como "Ehiótoi'nkargaod'ejto", lo que traducido a una lengua humana se podría entender como "Perdonad, amigos, me han dejado al cargo de esto, ¿puedo ayudaros en algo?"
Teniendo en cuenta que, probablemente ese argumento era mentira (o bien que la autoridad competente era tan suicida como para dejar a cargo de algo a un tío cuyo cociente intelectual debía ser el mismo que el de una lata de anchoas), el cantante del grupo hizo lo que cualquier persona medianamente normal hace cuando se encuentra un ser de estas características por la calle: pasó de él y se fue directo a los de la orquesta, que acababan de hacer un descanso.
Al rato apareció un fulano, que debía ser el encargado de cultura de la zona. Eso o "Maestro de Festejos"; creo que el Renacimiento Europeo, de haber pasado por allí, lo había hecho de puntillas. Este tipo, que guardaba un siniestro parecido con Ron Perlman (y muy especialmente, en su papel como Salvatore en El Nombre de la Rosa, al muy cabrón le faltó saludarnos diciendo "Penitenciagite"), se puso a hablar con los del grupo, mientras los demás echamos un vistazo al plan que nos rodeaba: en esos momentos, los chavales del pueblo estaban representando una obra de teatro (algo así como un sainete cómico), rodeados del personal, que se descojonaba allí sentado en sillas de madera y mimbre.
Quitadle la sotana y la roña. Ponedlle una camisa y unos pantalones y lo tenéis.
Montamos el equipo, pasando un poco de todo, y centrándonos en lo importante: tocar.
Cuando se preguntó por la hora en la que mi gente se subiría al escenario, Ron Perlman no dijo gran cosa; al parecer había un programa más o menos fijo y los invitados tocarían los últimos. "Bueno", dijimos. No parecía haber demasiada gente en el pueblo, así que el festejo no debía durar demasiado.
Nuestras putas ganas.
La pesadilla no había hecho más que comenzar.
Fueron al menos dos horas más de pasodobles continuos por parte de la orquesta. Se debieron tocar los grandes éxitos de hace más de sesenta años al menos tres veces. Perdonad mi falta de rigor al respecto, pero mi resistencia al pasodoble se viene abajo cuando han pasado más de cuarenta minutos. A partir de ahí, todo es difuso.
Lo más acojonante fue el momento en que la orquesta se bajó del escenario, porque fue dejar de tocar y, de buenas a primeras, TODO EL PUTO PUEBLO desapareció en un margen de unos diez minutos.
Olvidaos de Stephen King.
Olvidaos de cualquier leyenda que hayáis oído acerca de desapariciones en masa.
Esto fue jodidamente real y lo vivimos en nuestras carnes: allí no quedaba ni Dios. En una peli de nazis ves a la gente evacuando más despacio ante un bombardeo.
Así quedó aquello, salvo nosotros y el tío de la barra.
Tras unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos de la más pura desolación, la orquesta dio un segundo pase (o segundo desde que estábamos allí; a veces pienso que estaban allí desde por la mañana tocando el mismo repertorio una y otra vez) y, mágicamente, los lugareños salieron de sus casas y, como si fueran autómatas movidos por mecanismos de relojería, se agarraron a la cintura de sus señoras y prosiguieron el pasodoble.
Yo no sé cuánto tiempo más tarde, la orquesta volvió a bajarse y los lugareños, una vez más, desaparecieron. Lo que pensábamos que había sido algo casual, descubrimos, debía ser la costumbre local. Hospitalarios de cojones, los tíos.
En una de éstas, sometido por el aburrimiento más bestial (como digo, la resistencia mental al pasodoble de un servidor tiene un límite, y lo había sobrepasado con creces hacía horas), fui a buscar a alguno de los míos: allí estaba el cantante del grupo hablando con alguien, cuya edad parecía ser inferior a los sesenta años, y superior a los trece. Esa extraña franja de edad que, por algún motivo, escasea en lugares así.
Fui a sumarme a la conversación, justo mi colega coge y suelta "Bueno, adiós", dejándome con el tipo al que acababa de ver por primera vez. Diez segundos de cháchara y entendí por qué.
El fulano en cuestión parecía ser una especie de versión más joven del Lloni que he mencionado antes. En esta nueva encarnación de la Entidad Lloni, parece ser que había un componente más subversivo y rebelde: el tipo vivía fuera, en un pueblo costero (y, por ende, civilizado) y tenía un grupo. Hasta aquí, bien.
Si os digo que el grupo atendía al curioso nombre de Amputación Social, entenderéis por qué el cantante de mi grupo había salido por patas en el momento en que tuvo la menor oportunidad de quitarse de en medio.
Al parecer, ni siquiera contempló la posibilidad de que esa oportunidad fuese yo.
Hay que ser cabrón.
"¡Esto no quedará así! ¡ME VENGARÉEEEE!"
El tío estuvo dándome la murga un buen rato hasta que, por algún motivo, me soltó que quería ir a cambiarse de ropa, que no estaba cómodo con lo que llevaba (supongo que unos pantacas cortos y una camiseta debían parecerle demasiado formales, no sé); sin más historias, desapareció y yo ya andaba buscando una caja de paracetamol. Una entera para mí solo. Mi segundo objetivo era buscar al cantante del grupo y convencerle para que se subiese al escenario en algún momentillo en que no hubiese nadie tocando. La caída libre de unos veinte metros, sobre un redil de ovejas que había allí abajo, se antojaba como la justa venganza por definición.
Una media hora después o así, estaba yo sentado en una de las sillas de madera junto a mis viejos, cuando aparece el de Amputación Social con otros pantalones cortos y otra camiseta. Un cambio radical de imagen, dónde va a parar.
- Ya me'éh cammbiao- rezuma su garganta, mientras el nota se agarra el paquete, espero que para colocárselo.
Mis viejos me miran con los ojos como dos platos, como preguntando de qué conozco yo a ese. Yo me sumerjo en el mimbre de la silla, como pidiendo que por favor no me pregunten.
Mucho después, tras más pasodobles, se nos acerca una niña con el traje típico andaluz, una banda con la bandera española colgando del costado que la identifica como la Miss local de ese año y una ristra de papeles.
- ¿Queréis participar en la rifa?
- ¿Qué se rifa?- pregunto yo, pensando que aquello no puede ir a peor.
- Un pavo y un chivo- responde la niña, demostrando cuán equivocado estaba.
La cara que puse fue más o menos como esta.
Tras la rifa (todo un acontecimiento social, como pudimos comprobar), tuvo lugar un bingo.
Sí, amigos Distópicos.
Un bingo. Doscientas almas a las tantas de la madrugada con su cartoncito.
Tras la rifa, nueva desaparición y nueva resurrección colectiva tras una última ronda de pasodobles. Al terminar, comienza el apoteosis: los fuegos artificiales.
Volvemos al concepto de término medio que mencioné arriba: al saber que no se trata de la capital, uno es consciente de que no va a ver el despiporre pirotécnico de media hora al que estamos acostumbrados en la urbe. Algo más modestro era lo que entraba en la mente de cualquiera.
Definimos "modesto" aquí.
PUM.
Dos minutos.
PAM.
Dos minutos.
PUM PUM.
Otros dos minutos.
ZIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII, piruleta giratoria de fuegos artificiales, de estas de peli rancia.
Aplausos.
Como esto, pero del tamaño de un molinillo de viento de estos que se compran los niños y unas veinte veces menos espectacular.
Te compras un par de cohetes en los chinos y le metes en la boca a lo que tenían estos tíos.
Casi a las cinco de la mañana, se sube mi gente a tocar.
Tampoco hablamos de los Metallica, sino de un grupo de tendencias algo mas light, entre el pop y el rock, que en otros pueblos no había sido mal acogido del todo; como mucho, la gente a la que no le gustaba la actuación torcía un poco la boca, pero ya está, sin más incidentes. Pues no terminan de tocar la primera canción cuando, desde lo alto de la calle, a la altura del único bar del pueblo, empiezan a escucharse silbidos. Ni uno a menos de veinte metros.
Repertorio a la mitad. Algo rueda calle abajo. Imaginaos mi cara cuando veo que ese objeto es un tomate. Los lugareños, cual fundamentalistas del pasodoble y mostrando toda su educación y respeto, se tomaron como algo personal boicotear el concierto de apenas tres cuartos de hora que nos habían mandado llevar. Según entendimos, en SU pueblo NO se tocaba otra cosa que no fuera pasodoble. Y AY de aquel que se atreviese a llevar la contra al Pensamiento Único. Y la manera que tenían de demostrarlo era esa, por medio de la increpación y el cachondeo masivo, al que sólo ellos parecían verle puta gracia (me pregunto si estos seres se tomarían las cosas con tanto sentido del humor si no jugasen en casa y les lanzasen un tomatazo en el centro de la ciudad. Igual se sentirían discriminados por sus orígenes o vendrían con cualquier zarandaja del tipo "yo también merezco un respeto... aunque no lo demuestre con nadie que no sea de mi pueblo").
Para mí, más bien, se comportaron como estos. La única diferencia es que los lugareños que yo vi tenían el pelo de la cabeza más corto, más largo el de la cara y vestían trajes con chaqueta y florecillas en la solapa.
Uno de los que venía con nosotros casi se fue para aquella masa de Neandertales para preguntarles cuál era su puto problema y por las razones acerca de las cuales consideraban divertido lanzarle fruta a alguien. Por suerte, le dije yo que ni se le ocurriese. Solo faltaba salir de allí expulsados por un frente de linchamiento popular.
Así acabó la cosa en aquel lugar; ya cerca del amanecer, recogimos, nos fuimos a sobar y, a la mañana siguiente, abandonamos aquel puto pueblo de mala muerte. Ahora entendíamos por qué el beato aquel se largó de aquel lugar para no volver en su puta vida. Y si no era por eso, nos jugamos el cuello a que debía ser por algo similar a lo que vivimos nosotros. No es de extrañar que pusiésemos pies en polvorosa al día siguiente con una promesa en mente: el día que volviésemos allí, sería para reducirlo a cenizas y pasar a cuchillo a todo bicho viviente.
Y ni que decir tiene que, como cogiésemos al cabrón de la Diputación que nos mandó allí, se enteraría de lo que es el dolor.
Y ni que decir tiene que, como cogiésemos al cabrón de la Diputación que nos mandó allí, se enteraría de lo que es el dolor.









8 comentarios:
Ese pueblucho será un lugar que no visite cuando vuelva a España. A menos que vayas conmigo y lo hagamos desaparecer del mapa con una bomba, claro :-P
Me apunto a lo del exterminio masivo. Aunque bueno, con 200 personajes que viven allí, muy masivo no será...
Y lo que nos reimos con tus andanzas... Si es que eres muy grande Javi, ya lo sabes.
Me dan ganas de ir al pueblo y todo.
Os tendríais que haber disfrazado de "Lordi" a ver si se acojonaban un poco XD
Aquella noche fue un episodio bastante oscuro en mi vida, créeme, Deivi... ahora que han pasado varios años lo cuento y nos reímos todos, pero en su momento fue bastante traumático. Estuve sufriendo horribles pesadillas durante mucho tiempo!
Hola!!! Tienes un premio :) Pásate aquí para recogerlo ^^
Un beso!!
¿No podrías decirme, aunque fuera por privado, el nombre del pueblo? jajaja... Bonitos pueblos de la geografía española :P
Por cierto, no esperaba tu pasado como músico. Te vas a reír si te digo que inicialmente "no te pega". Tocar en una banda joven es "guay" mientras que ser escritor es "antiguay".
PD: Véanse estos términos con tono de sorna, burlándome de este modo de las películas adolescentes de corte estadounidense.
Me ha encantado el relato.
¡Saludos! :D
Jajajajajajaja sobre lo de mi pasado, bueno... supongo que siempre puedo decir que era joven e inexperto. En mi defensa diré que el sonido del grupo en el que tocaba era de todo menos "guai" (nos parecíamos bastante a una batidora a toda potencia dentro de una lavadora en pleno centrifugado)...
Jajajajajaja Isi!
"Un blog con entradas largas y lleno de crítica ácida"! Creo que yo mismo no habría sido capaz de describirlo mejor. No,al menos, con menos palabras :D
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